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The Elder Scrolls - Orígenes Saga (Fanfic) - Capítulo 10

Fanfic basado en la gran saga de Bethesda Softworks








Capítulo 10



Montañas al sudeste de Falkreath
Skyrim, Provincia imperial,
Tirdas, 21 de Estrella Vespertina, Año 173 4E.



La armoniosa melodía le trajo recuerdos de su niñez. El olor del mar, la voz de las gaviotas, la brisa marina acariciándole el rostro... Era como estar allí otra vez, viendo el cabello caoba de su madre flotando en el viento mientras cantaba con su dulce voz.


“Va laloria, varlolatta, shantavoy!

Emero merya, Arpenaran

Av ceyi, latta.

Naga ne rahtan nou Aran

As Aldmerisbala, Sunnaran shantavoy!”
1





¿Cuánto hacía de esos tiempos felices? Siglos habían pasado ya...

El frío real, fue más fuerte que la calidez espiritual. El viento gélido y cortante era lo que le acariciaba el rostro ahora. No la brisa marina, no la mano de su madre. El frío filo de las cuchillas del viento... y de su alma.

Abrió los ojos a la realidad, los recuerdos se disiparon con demasiada facilidad. Casi como si una parte de él los hubiese desterrado. Otra vez, como lo había hecho tanto tiempo atrás. El rostro de agradables facciones que lo observaba, con sus ojos almendrados, no tenía expresión alguna. No era como lo recordaba, pero... ¿Lo recordaba en realidad? ¿O tal vez sólo era una ilusión? El encierro en las cárceles imperiales tal vez le había jugado una mala pasada, dándole recuerdos trastocados de lo que podía ser y lo que había sido. En cualquier caso, de lo que ya nunca serían. Tanto su hermana como él estaban rotos. No eran los mismos y tampoco querrían serlo.

-Esa es la canción que madre nos cantaba cuando éramos pequeños -le dijo al fin a su hermana.

-Te cantaba -respondió ella.

La voz sonó hueca y sin emoción. Sin embargo, a él le pareció ver un destello en los ojos de ella.

-Esas estrofas siempre fueron para ti, Sunnaran -dijo al tiempo que levantaba su espada y se ponía de pie.

En medio de ellos, Yglar la miraba hechizado. No podía apartar la vista de ella, desde que había empezado a entonar la canción. Había visto elfos antes. Altmer, Bosmer, Dunmer... pero esta elfa era diferente... había algo que no podía precisar... le parecía muy... ¿humana? No era el único que no podía quitar los ojos de Valarian. Kalalas no daba crédito a lo que veía.

-Pero... el Consejo... la magia... -balbuceó. Sintió que la sangre le hervía. Fue eso lo que lo sacó de su aturdimiento-. ¡Esto es traición! -gritó impotente.

Valarian lo miró.

-¿Traición? -dijo sin alterar el tono de voz-. Traición habría sido atentar contra mi propia sangre, contra mi Rey.

-¿Tu Rey? -espetó Kalalas con desprecio-. ¡Esa basura no puede ser Rey de nada! No sé cómo evitaste el adoctrinamiento del Consejo, ¡pero vas a pagar por esto! ¡Lo juro!

-¿Como lo evité? -dijo Valarian, mirándolo con ojos inexpresivos-. No puede ser evitado. Por cuatro años fui sometida a toda clase de humillaciones. Para demostrar mi lealtad, debía esconder mis sentimientos, mis pensamientos. Y eso no es posible con los miembros del Alto Consejo. Así que sacrifique mis emociones. Las “amputé” de mi ser. No dejé nada que pudiese ser usado por el Consejo para descubrir mi engaño. Sí, fue un duro sacrificio, logrado con magia que ni siquiera imaginas. Pero cualquier sacrificio es mínimo en comparación de lo que se obtendrá cuando los Ayleid recuperen su antiguo esplendor.

-¿Ves, Altmer? -intervino Sunnaran ante la mirada atónita de Kalalas-. La magia de tus amos está muy sobrevalorada. Los métodos Arcanos de los Ayleid son más poderosos porque provienen de las Antiguas Runas y de la Magia del Amanecer que practicaban nuestros ancestros en la Antigua Ehlnofey. ¿Te gustaría servir a un poder superior? ¿Ser partícipe del nacimiento del Nuevo Imperio Ayleid?

-¿Nuevo Imperio Ayleid? -dijo Kalalas aún más enojado-. ¿Acaso se escuchan ustedes dos? ¿Con qué piensan hacerlo, eh? ¿Con las ruinas de sus ciudades y los cadáveres reanimados que los recorren? -Escupió el suelo antes de seguir-. No existe un “pueblo Ayleid” sobre el que puedan gobernar. No hay “tierras Ayleid” que puedan reclamar. No hay forma de que alcancen su utopía. Su visión está condenada al fracaso desde el mismo momento en que se instaló en sus mentes.

-Lástima que seas tan corto de miras -dijo Sunnaran, condescendiente-. Pese a la exhaustiva campaña que con bastante éxito llevó adelante la autoproclamada Santa Alessia 2 para eliminarnos, la sangre de los Ayleid aún corre por las venas de muchos de los hijos del pueblo Mer. Muchos responderán el llamado del heredero de Laloriaran Dynar3, de aquel que fue participe del comienzo de la caída del Imperio Alessiano4. Se unirán por propia voluntad... Por gloria, por ambición, por venganza... motivos sobran. Y los que no, bueno... siempre hay “otras maneras”...

Sunnaran terminó de hablar y le dirigió una sonrisa cómplice a su hermana.Ella asintió.

-A delle latta av ceyi. 5 - dijo a la nada. Y la nada se volvió oscuridad. Y la oscuridad tomó forma.



-¿Qué? ¿Qué en O…?- comenzó a decir Kalalas, pero sus palabras fueron ahogadas por la voz de Valarian.

-A delle naga as ceyi 6 - Ante estas palabras las dos sombras humanoides desenvainaron espadas, que no parecían tener sustancia física, y las blandieron contra el Capitán Thalmor.

Atravesaron su carne como si de espadas fantasmas se tratase. Pero la sangre que manó de sus heridas, contradijo cualquier apariencia. Kalalas cayó primero de rodillas y luego de lado. Comenzó a retorcerse. Movimientos espasmódicos se apoderaron de su cuerpo. Todos miraban la agonía del Thalmor. Todos pudieron ver la sustancia negra que comenzaba a rezumar de sus ojos, oídos y boca, y que continúo saliendo aun después de que el cuerpo dejara de sacudirse. Sunnaran miró con satisfacción la escena. Las dos sombras se habían posicionado detrás de Valarian, una a cada lado, escoltándola. Tanto los imperiales como los soldados Thalmor miraban la escena estupefactos. Pero aún no habían visto nada.

-Sunnabe as moricey. 7 - dijo Valarian.

Y Kalalas comenzó a moverse nuevamente, aunque con movimientos torpes. Con gran dificultad se puso de pie y con ojos muertos miró a su alrededor.

-Shantavoy. 8 - ordenó la elfa.

Y el cadáver que una vez había sido Kalalas, obedeció. Sunnaran sabía que debía aprovechar el impacto.

-¿Y ustedes? -dijo dirigiéndose a los espadachines Thalmor-. ¿Bajo órdenes de quién están?

Los soldados elfos intercambiaron breves miradas entre ellos.

-Esperamos órdenes de Lady Valarian -dijo uno que juntó el suficiente valor para hacerlo, respondiendo por todos.

-¡Excelente! -exclamó Sunnaran con satisfacción-. Deberíamos reunir a los supervivientes. Veo por allí revolverse a algunos de los prisioneros de los imperiales... -dijo mirando a su hermana-. Tampoco estaría de más comprobar el bastión de donde salió mi “nuevo amigo” -agregó mirando a “su” gárgola.

Valarian asintió y no perdió tiempo.

-Ustedes tres -les dijo a los espadachines que tenía más cerca-, vayan y comprueben si hay algún sobreviviente entre los prisioneros. Maten a los heridos, traigan a los otros aquí. El resto vigilen a los imperiales. -Ni bien terminó de impartir las órdenes, que fueron cumplidas de inmediato, se dirigió seguida de sus dos guardianes de sombra hacia el bastión. Kalalas permaneció en el lugar donde Valarian lo dejó. Sunnaran había devuelto su atención a los imperiales, que parecían estar más en guardia que antes.

-Bien, creo que ya podemos negociar... -dijo, sonriente. Pero enseguida frunció el ceño y continuó-. En realidad, vista la situación, no sé si negociar sea la palabra adecuada... Suelten sus armas -ordenó con seriedad.

Ertius apretó los dientes y la empuñadura de su espada. Miró a Yglar que en todo momento se había movido delante de Sunnaran. Paseó su vista entre la gárgola y los espadachines Thalmor, y volvió a mirar a su interlocutor. El elfo aún mantenía sus manos firmes sobre los hombros del muchacho. No iba a dejar que su escudo se escape. Eso le dejaba poco margen de acción. En realidad, sólo le dejaba una opción.
Inspiró profundo y lentamente comenzó a separar los dedos de la empuñadura. La espada cayó sobre la nieve. Si el muchacho no estuviera de por medio habría vendido cara su vida. Miró a sus compañeros y asintió. A regañadientes lo imitaron.

-Sabia decisión... -dijo Sunnaran inclinando ligeramente la cabeza.

-Ya nos rendimos. Deja que el muchacho venga con nosotros -dijo Ertius antes que Sunnaran pudiese decir algo más.

El elfo lo miró como quien sopesa un objeto que va a comprar.

-Reconozco tu voz... -dijo entornando los ojos-. Tú eras el que gritaba órdenes cuando empezó el caos... -Se acercó un par de pasos, siempre con Yglar por delante-. ¿Eres tú quien está a cargo, acaso? Nunca te vi en Soledad... y mira que me visitaron muchos imperiales. -Lo observó unos segundos más de arriba abajo ante el silencio de Ertius-. No, tú no eres quien está a cargo... Tienes don de mando, sí, pero no te gusta ejercerlo... Aventuraría que por culpa, probablemente.

-Es suficiente -lo cortó Ertius con autoridad-. Ya nos tienes a tu merced, ¿porqué no vas al grano de una puta vez?

Sunnaran lo miró como si se sorprendiese.

-¡Ah! ¡Un espíritu fuerte y autoritario aún en la derrota! -dijo sonriendo-. Y realista, también. Aplaudo eso, sí. Vaya que lo aplaudo. Es bastante desagradable negociar con débiles y llorones. Le quitan al regateo la... diversión -dejó la última palabra como flotando en el aire y clavó sus mirada en el imperial.

Ertius no pudo evitar que un frio antinatural le recorriese la espalda. La sonrisa que le dirigió Sunnaran era una sonrisa maléfica. El alboroto interrumpió la “negociación”. Los espadachines enviados por Valarian se acercaron con los prisioneros que aún vivían. Eran dos nórdicos y un orco. Cuando los espadachines fueron a buscarlos uno de los imperiales ya había muerto por las flechas, otro tenía una flecha clavada en la pierna y un nórdico agonizaba con una flecha en el pecho. Para los Thalmor no había mucha diferencia. Ultimaron a los dos heridos. Sunnaran centró su atención en ellos cuando los espadachines los arrojaron frente a él.

-Parece que sus dioses les han sonreído, mis amigos... Cualesquiera que sean esos dioses. Quítenles los grilletes -le ordenó a los espadachines.

Estos se miraron entre ellos y de nuevo a Sunnaran. El elfo suspiró y miró a los imperiales.

-Las llaves -dijo mirando a Ertius.

El imperial apretó los labios y lo miró con ira. Enseguida se giró hacia el conductor de la carreta y le extendió su mano con la palma hacia arriba. El conductor sacó las llaves de entre su armadura y con un gesto de resignación se las entregó. Uno de los espadachines que los estaba vigilando se acercó y se las quitó de la mano con brusquedad. Luego comenzó a liberar a los prisioneros. Mientras, Sunnaran los observaba con detenimiento. Sopesó lo que veía. Esos prisioneros no lo miraban con miedo, no. Estaban analizándolo, como él lo hacía con ellos.

-Como sabrán... -les dijo el elfo cuando los grilletes habían caído-. Compartimos viaje desde Soledad, aunque ustedes tuvieron un pequeño beneficio por sobre mí. Pudieron disfrutar del paisaje. Pero hay algo que necesito...

-¿Qué obtendremos a cambio? -lo interrumpió el nórdico de más edad mientras se frotaba las muñecas.

El rostro de Sunnaran se endureció.

-¿Desde cuando los prisioneros y hombres desarmados cuestionan a aquellos que tienen su vida en sus manos? -lo increpó el elfo.

-Desde que aquellos necesitan algo de ellos -le replicó el nórdico sosteniéndole la mirada.
Sunnaran lo observó unos segundos con los ojos entornados. Luego, lanzó una carcajada.

-¡Este hombre sí que sabe negociar! -le dijo a Ertius-. Bien, bien... ¿Cómo debo llamarte? -preguntó dirigiéndose nuevamente al nórdico.

-Jorrun me llamó mi padre, en honor a no sé qué rey de mierda, pero mis hombres me llaman Tunorok.9-

-Tunorok sea, entonces. Acabo de darte la libertad. ¿Qué más deseas? ¿Oro? Si me ayudas, tendrás todo el que desees y más. Más de lo que hayas podido imaginar y el precio es bajo. Muy bajo. Sólo debes decirme quién estuvo a cargo de traernos desde Soledad. Sólo señálamelo y será el comienzo de nuestra amistad.

El nórdico resopló despectivamente.

-No quiero tu amistad -le dijo sin mirarlo-. Y aunque la promesa del oro me interesa, no veo que puedas tenerlo entre esas ropas andrajosas -dijo señalando su vestimenta-. Sin embargo...

-¿Sin embargo...? -repitió Sunnaran viendo que la puerta de la negociación no se había cerrado aún.

-Si me permites a mí y a estos dos hacernos con las armas y armaduras de los caídos y quedarnos con las pertenencias que encontremos de valor sería un comienzo.

-¡Maldito carroñero! -le gritó Lucio. Ertius tuvo que detenerlo para que sus custodios no lo atravesaran con las espadas.

-Todavía no... -le dijo al oído.

-Hecho -contestó Sunnaran mientras miraba a los imperiales-. Ahora, ¿puedes decirme si alguno de los que está aquí, vivos o muertos, es el que nos trajo desde Soledad? -No parecía disponer de mucha paciencia. Sus manos se estaban crispando sobre los hombros de Yglar.

-No está aquí. Es un imperial canoso de unos seis pies de altura. No traía la clásica armadura imperial -le dijo el nórdico mientras él y sus compañeros se disponían para el saqueo.

-Vero... -murmuró Sunnaran-. Sí, tiene que ser él... -Sólo un legado podría llevar consigo algo tan valioso como sus diarios.

Valarian se acercó a su hermano en ese momento. Venía del bastión seguida de sus dos “sombras”.

-No queda nadie con vida ahí adentro -le informó.

-Si... Bien... -dijo apartándose de sus pensamientos-. ¿No viste al que estaba a cargo del traslado desde Soledad? Era un imperial de pelo entrecano que no llevaba una típica armadura imperial.

-Sí -le contestó Valarian-. No debe estar muy lejos, lo herí antes de acabar con el hombre lobo. No pude rematarlo por culpa de la bestia, pero la herida que le causé sangraba profusamente.

-En ese caso, yo podría rastrearlo con facilidad y terminar la tarea -dijo Tunorok mientras despojaba a un Thalmor de sus botas y se las probaba-. Tengo unas cuentas que arreglar con ese viejo idiota.

Sunnaran asintió en silencio.

-Si vive o muere no me importa -dijo al fin-. Sólo quiero todos los manuscritos que posea. Cartas, diarios... Todo.

-Su cabeza va por mi cuenta -dijo Tunorok mientras se ceñía una daga en el cinto-. Puedes tomar lo demás de su cadáver.

-Me parece justo -dijo el elfo, y agregó-: Parece que ya no queda mucho por hacer aquí... -Su mirada se cruzó con la de Ertius-. ¿Sabes qué? -le dijo-. No soy un asesino. No puedo matar a alguien desarmado. -Y dirigiéndose a los espadachines, ordenó-: Átenlos a los árboles. Que sean sus dioses los que decidan si viven o mueren.

Los soldados Thalmor se pusieron a la tarea empujando a los cuatro imperiales hacia los árboles.

-¡Eres una mierda! -exclamó Lucio, impotente.

-Digan lo que quieran, nada empañará mi magnanimidad -contestó Sunnaran al aire encogiéndose de hombros.

Con ritmo pausado comenzó a alejarse llevándose a Yglar.

-¡Espera, deja al muchacho con nosotros! -le gritó Ertius oponiéndose a aquellos que querían hacerlo retroceder. Sunnaran se detuvo y lo miró.

-¿Dejarlo aquí y exponerlo a que muera? Parece que la vida del muchacho no te importara. No. Tengo mejores planes para él. -Y diciendo esto se volteó y continuó alejándose.


Ertius se desesperó. Los dos Thalmor no fueron suficientes para contenerlo. Se deshizo de su agarre y corrió hacia Sunnaran. No había dado más que tres pasos cuando Tunorok le bloqueó el camino. Ertius se puso en guardia y arrojó un golpe. El nórdico lo esquivó y no contraatacó. El imperial no tuvo tiempo de preguntarse el porqué de este accionar. El golpe en la nuca le oscureció la visión. Lo próximo que sintió fue el dolor de los golpes por todo el cuerpo. Cuando lo ataron al árbol, estaba más muerto que vivo.




Fin del capítulo 10.




Notas:

1
"Desde los tiempos oscuros, luz de estrellas, ven!
Guía a tu pueblo, noble rey
De las sombras, luz.
La muerte nunca alcanzará a nuestro Rey
Por el poder de los ancestros, Rey bendito, ven!


2Alessia:también conocida como Reina Alessia o Santa Alessia, fue la líder de la rebelión contra los Ayleids, que liberó a los humanos de Cyrodiil de la esclavitud, en la Primera Era, fundando el Primer Imperio Cyrodílico. Como su primera emperatriz estableció una nueva religión, una fusión de los panteones Nórdico y Aldmer, conocidos como los Ocho Divinos. En su lecho de muerte, fue santificada por Shezarr (por Akatosh según otras historias), y su alma fue colocada en la piedra central del Amuleto de Reyes.

3Laloriaran Dynar: Su nombre significa “Rey en tiempos oscuros”. Era monarca Ayleid de la Primera Era. Táctico y General notable, se lo menciona comúnmente como “El Ultimo Rey de los Ayleids”. Después del colapso del Imperio Ayleid, huyó de su ciudad Nenalata con su clan para escapar de los pogromos anti-elfos. Fundó la ciudad de Bisnensel en Roca Alta. La ciudad se volvió hogar del culto a Hermaeus Mora. La tensión entre los cultistas y el rey llevaron a que este sea depuesto. Laloriaran buscó refugio junto con su familia en Balfiera, bajo el ala protectora del Clan Altmer Direnni. Durante la batalla de los Páramos de Glenumbra (482 de la primera era) auxilió a los Direnni contra la Orden Alessiana. Algún tiempo después de la batalla fue arrastrado nuevamente a Cyrodiil, engañado por el Lord Daedra Molag Bal y tomado prisionero. Se asume que su espíritu (o él mismo) aún esta prisionero en Coldharbor , el plano de Oblivion del cual Molag Bal es amo y señor.

4El Imperio Alessiano, también conocido como Primer Imperio, se formó con los antiguos esclavos humanos liberados de los Ayleids. Se expandió en tamaño y poder con el surgimiento de la Orden Alessiana, hasta la caída de la misma durante la Guerra del Bienhacer, la cual culminó con el desmembramiento del Imperio y Cyrodill sumido en una guerra civil. La nación fue reunida nuevamente por Reman I marcando el comienzo del Segundo Imperio.

5 (Ayleid) "Yo concedo luz a las sombras."

6 (Ayleid) "Yo concedo muerte por las sombras."

7 (Ayleid) "Bendito seas por la Sombra oscura"

8 (Ayleid) "Ven!"

9 "Martillo Feroz" en Lenguaje Dragón.


Créditos


Autor : Ariel Albertone @Venatoris

Revisado por
: Rodrigo Jáuregui Ressia @VivaLosComis


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