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The Elder Scrolls - Orígenes Saga (Fanfic) - Capítulo 8



Fanfic basado en la gran saga de Bethesda Softworks








Capítulo 9


Alrededores del Trono de la Sangría,
Skyrim, Provincia imperial,
Morndas, 20-21 de Estrella Vespertina, Año 173 4E.




Ertius no era consciente, pero estaban haciendo retroceder a los Thalmor. El sólo veía a los soldados caídos, y a aquellos que aún se debatían por sus vidas, y eso lo hacía pelear con más fiereza. Estaba abstraído en una danza de muerte. Su mundo en ese momento eran paradas, fintas, estoques... y la sangre. La sangre de los elfos con la que deseaba regar todo el terreno a su alrededor. Tan abstraído estaba, que nunca se enteró del peligro mortal que se cernía a su espalda.



Cuando el fuego comenzó a acariciarle el rostro, se desesperó. Se llevó ambas manos a la cara y arrancó la tela que le cubría la cabeza. De rodillas en la nieve, con una mano apoyada en el suelo, tomó con la otra un poco del frio elemento y se lo pasó por el rostro. El alivio no fue lo único que le trajo la acción, sino que vino con la reveladora idea de que sus manos estaban separadas. Separadas mucho más de lo que los grilletes de ébano se lo permitían... Se miró las muñecas. Estaba libre.

Los grilletes de ébano no estaban. Lo que lo había golpeado había tenido la fuerza suficiente para romperlos. Miró a su alrededor mientras se quitaba la mordaza. Cuando vio a la criatura, no pudo evitar sonreír.



Una gárgola. No tenía idea de porqué estaba en llamas, o qué hacía una gárgola allí en Skyrim, pero esto era sin duda un gran golpe de suerte.

La criatura estaba agazapada sobre un imperial agonizante, drenando la última gota de vida que le quedaba. Cuando terminó, sus ojos se cruzaron. La gárgola veía su próxima presa. El veía su próximo esclavo. En Salto de la Daga, había experimentado con estas peligrosas criaturas. Y había logrado esclavizar a algunas para sus fines. No eran particularmente dóciles pero, cuando se las lograba encaminar a su objetivo, era bastante agradable ver a un enemigo destrozado por uno de estos seres. La gárgola comenzó a avanzar hacia él.

-¡Admavoy Ómangua! 1- le gritó.

El monstruo dudó unos segundos pero continúo su avance.

-¡Sou Balanyammis na angue!2- continuó gritándole mientras dibujaba unos signos en el aire con las manos. La gárgola se detuvo y rugió furiosa.

-Shantavoy sino… buro.3- la última palabra la dijo con una sonrisa en el rostro.

La criatura avanzó hacia él de forma pausada. Si bien su aspecto era aún fiero, parecía más calmada, más dócil. Se detuvo frente a él, respirando fuerte en su rostro. Pudo sentir el calor del fuego cerca de su rostro otra vez.

-Creo que aún me queda algo de magia… Veamos qué hacer con ese fuego… ¡Mafre!4- dijo extendiendo sus brazos con las palmas hacia la gárgola.

El hielo se extendió de sus manos apagando el fuego que cubría a su nuevo esclavo, que no se movió un ápice.

-Muy bien, muy bien… Ahora…- Mientras hablaba, su mirada se cruzó con el niño desmayado. Lo observó unos segundos y luego miró a los soldados Imperiales y Thalmor que se enfrentaban. -vamos a divertirnos un rato. Hyliat!5- le ordenó a la gárgola, al tiempo que avanzaba hacia el niño. La criatura lo siguió inmediatamente.





Kalalas observaba cómo Valarian esquivaba las zarpas y las dentelladas del hombre lobo con gracia. Más que peleando parecía estar danzando. Ya estaría muerto de no ser por ella. Se apretó el hombro, donde la bestia había rasgado su carne y tendones, tratando de que el dolor se vaya. La sangre manaba abundante de la herida. Estaba de rodillas y con el brazo izquierdo inerte. Cuando la bestia acabase con la mestiza, vendría a por él. Y él solo podría mirar. Como sólo se limitó a mirar cuando la bestia atacó en primer lugar. A su alrededor, yacían todos los arqueros de la partida. O lo que quedaba de ellos. Algunos aún gemían y se retorcían, con las entrañas derramándoseles, sin algún miembro... No había forma de que se salvaran. Nadie se salvaría.

Trató de apartar el miedo de su mente e intentó un hechizo de curación. El sangrado cesó, pero el dolor seguía allí, recordándole que iba a morir. Volvió a mirar la danza mortal que se representaba frente a él. Y lo que le pareció ver no era posible. Seguro que la pérdida de sangre le estaba jugando una mala pasada. ¿Acaso la puta elfa sonreía? Trató de fijar más su atención. Era difícil, la mestiza parecía un borrón y la bestia no se quedaba atrás en agilidad, pero... Sí, nuevamente vislumbró el rostro de la elfa... ¡Y estaba sonriendo! La puta mestiza tenía una sonrisa dibujada en su rostro. Una involuntaria sonrisa se mezcló con un rictus de dolor en su semblante. Tal vez la muerte no estaba tan cerca después de todo.






La bestia se ponía cada vez más rabiosa. Sus zarpas rasgaban el aire. Sus colmillos mordían la nada. Y Mendel sabía que debía mantenerse calmo para estar en control. Pero la elfa lo estaba enfureciendo cada vez más. Y eso le daba poder a la bestia. Y la bestia sólo quería la sangre de esa hembra que bailoteaba frente a él, lastimándolo de cuando en cuando y haciéndolo enfurecer más y más.

Se abalanzó tratando de caer sobre ella. Le arrancaría la garganta, saborearía su sangre caliente, arrancaría su corazón con sus garras y se daría un festín con sus entrañas. Un impulso, sólo un pequeño destello, como una electricidad en su cerebro, intentó frenar el ataque. Tal vez un atisbo de la humanidad que habitaba en su interior. Pero el hombre estaba débil. Mendel ya no estaba al mando. Y la bestia lo ignoró. Sólo la búsqueda de saciar sus apetitos contaba.

Cayó con todo su peso, pero la elfa no estaba abajo suyo. Rugió, frustrado, y se volvió buscando a su víctima. Allí estaba, de espaldas, alejándose de él... intentando escapar... Su instinto de cazador lo invadió. Y se lanzó a la carrera.




Valarian aguantó de espaldas hasta el último segundo. Sintió el aire del rugido en su negra cabellera y comenzó a girar. Se inclinó y flexionó las rodillas. Enseguida la pierna derecha se tensó, impulsándola hacia la izquierda. Su pelo se entretuvo un poco en el sitio. Los dientes de la bestia se cerraron aprisionando algunos. Sintió el tirón en la cabeza pero no le importó. Continúo su movimiento. Con el rabillo del ojo percibió la cabeza de la bestia pasando.



Elevó la mano de la espada. Aunque buscó asir la empuñadura con fuerza, no pudo evitarlo y la espada se soltó de su agarre. El hombre lobo pasó a su lado. Aterrizó a unos metros, se giró y la miró. Ella hizo lo mismo, agazapada como estaba. La bestia trató de rugir. Las fuerzas le fallaron. Sintió el dolor en el cuello. Tenía la espada de Valarian atravesada de izquierda a derecha. En un movimiento casi humano, llevó su zarpa al cuello. Valarian no espero más, corrió hacia su oponente, saltó contra él, asió la espada por la empuñadura con una mano y por el filo con la otra y, afirmando los pies en el pecho del hombre lobo, se impulsó hacia atrás

Cayó de espaldas en la nieve con la espada entre sus manos. La sangre del hombre lobo la salpicó. Rodó sobre sí misma para evitar que el cuerpo de la bestia le cayese encima.



Lentamente se puso de pie y se pasó el dorso de la mano por la cara para quitarse la sangre. Miró a la bestia que daba los últimos estertores. Colocó la espada frente a su rostro a modo de saludo y con una estocada acabó con su sufrimiento. Después de todo, había sido un digno adversario. Incluso podría haberla vencido... si la parte humana hubiese sido más fuerte. La voz de Kalalas la sacó de sus pensamientos.

-¡Excelente demostración de habilidad, Lady Valarian! -exclamó el capitán.

Valarian se volvió hacia él. Había recuperado su faz pétrea.

-Años de entrenamiento no pueden ser vencidos por simple fuerza bruta -contestó sin el más mínimo ápice de emoción.

-Ya veo... -meditó Kalalas-. Igual pensé que la vería utilizar su magia, ya que el Consejo dijo que con un mago de su nivel era suficiente.

-Magicka no es algo de lo que se deba abusar -dijo, mirándolo fijamente-. Y este no es lugar ni tiempo para debates.

-Es verdad -asintió Kalalas-. Vamos, antes que los imperiales acaben con los pocos soldados que nos quedan.

Los dos emprendieron la marcha sin decir nada. Kalalas comenzó a creer que sus dudas parecían ser infundadas. Los magos del Consejo habían hecho un buen trabajo después de todo. Con esfuerzo pudo mantener el paso. Ambos se sorprendieron al ver que sus soldados ya no pelaban con los imperiales.




Seis espadachines Thalmor y cuatro soldados imperiales miraban entre confusos, sorprendidos y desconfiados al individuo de oscuros cabellos y facciones élficas, vestido como un pordiosero con ropajes raídos, con sus manos apoyadas en los hombros de un niño que se paraba de espaldas a él y los miraba a ellos, y con una gárgola custodiándolo. Les hablaba con una sonrisa en los labios.

Todos mantenían las armas a media altura. Los Thalmor y los imperiales no se quitaban los ojos de encima, salvo para mirar a la nueva posible amenaza. Ertius se apartó poco a poco de los Thalmor hacia un costado ya que si se quedaba en donde estaba, siempre iba a tener a uno de sus posibles enemigos a la espalda si enfrentaba al otro. Los otros tres soldados que aún se mantenían en pie, entre ellos Lucio y el conductor de la carreta de Casio, lo imitaron, agrupándose tras él.



-Les repito, ya suficiente sangre fue derramada -volvió a hablar el sujeto-. Dejemos que las palabras resuelvan esta situación. ¿O es que en este tiempo que estuve aislado, el mundo se ha vuelto un sitio lleno de brutos salvajes que resuelven todo con la violencia? -terminó de decir con un tono compungido.

Ertius no lo miraba mientras hablaba, sus ojos estaban clavados en los de Yglar. Podía percibir el miedo en el muchacho. Con la mirada parecía rogarle que hiciera algo. Cuando levantó la mirada, se maldijo. “Cabeza de trapo” lo estaba mirando a los ojos con una sonrisa de triunfo en el rostro. Cuando retomó la palabra lo hizo dirigiéndose a él.

-En esta vida, siempre queremos lo que no tenemos y tenemos algo que los otros quieren... Por eso estoy convencido de que no existe la persona que no tenga algo con lo que negociar... ¿Me equivoco?

Ertius estaba a punto de responder cuando la voz de Kalalas atrajo la atención de todos.



-¡Tú no puedes negociar, bastardo! ¡No tienes con qué! -gritó el capitán Thalmor adelantando a Valarian y poniéndose al frente de sus hombres.

-No creo que nuestros amigos imperiales aquí presentes piensen lo mismo... -dijo con seriedad, la sonrisa se le había borrado-. Además, ¿es que estamos todos locos? Mis propios congéneres, ¿me tratan de bastardo? Aquellos a quienes pensé que debía mi libertad, ¿me agreden?

-Vete desilusionando, traidor -le espetó Kalalas-. No somos libertadores de nadie. El alto consejo Thalmor solo quiere tu diario... y tu cabeza clavada en una pica, para exhibirla en Alinor -dijo con una sonrisa.

-Bueno al menos coincidimos en algo -dijo encogiéndose de hombros-. Yo también busco mi diario. ¿Ven que no estoy errado con mi teoría? -dijo mirando a Ertius-. Ahora podemos hablar de qué cosas intercambiar y...

-¡Ya es suficiente! -gritó Kalalas. La forma en que lo ignoraba el traidor lo irritaba sobremanera-. ¡Captúrenlo! -le dijo a sus soldados.

Los espadachines Thalmor levantaron sus espadas y se prepararon para cumplir la orden, pero el rugido de la gárgola los hizo dudar.

-¿De verdad? ¿Sacrificarías así como así a tus hombres? ¿O realmente crees que tienen una oportunidad contra una gárgola y un poderoso mago? -dijo con seguridad, cruzándose de brazos y con una expresión completamente confiada.

Kalalas hizo una mueca de incredulidad, que se volvió de desprecio y finalizó con una carcajada burlona.

-¿Poderoso mago? -dijo el capitán Thalmor-. ¡Por favor! Conozco bien la naturaleza de tus poderes, y después de, ¿cuánto? ¿Cuatro años en las prisiones imperiales? No creo que puedas lanzar hechizo alguno -dijo riendo otra vez-. Y además, para tu mascota tengo a alguien muy especial para que se haga cargo, alguien que sí sabe dónde está su lealtad... ¿la reconoces? -Y haciéndose a un lado, señaló a Lady Valarian, quien se adelantó con paso firme.

-Sería ingrato de mi parte si no reconociese a mi hermana por más tiempo que haya pasado sin verla -dijo mientras inclinaba su cabeza a modo de saludo-. De hecho... a ella me refería cuando dije antes “poderoso mago”.

-¿Ah sí? Por favor, sigue soñando. Tu hermana fue sometida a adoctrinamiento por los mismísimos miembros del Alto Consejo Thalmor por más de cuatro años. No hay nada más poderoso que la magia del consejo. Y ya fue demasiada palabrería. -Y dirigiéndose a Valarian, emitió su orden-. ¡Ve, mata a su gárgola y cumple con la misión que el consejo te encomendó! Tráeme su cabeza, no quiero escucharlo más.



Valarian miró a su hermano. Desenvainó su espada y avanzó hacia él. Kalalas sonrió al ver lo estúpido que era, no intentaba nada. Ni siquiera su gárgola se movía. Sería una muerte rápida. Ya saboreaba los reconocimientos al volver a Alinor. Subiría unas cuantas posiciones, se codearía con...

Su nube de ilusiones se evaporó en el momento en que Valarian hincó la rodilla izquierda en tierra y puso la espada a los pies de su hermano.


Fin del capítulo 9.



NOTAS


1 Escucha mi voz! (me tome la libertad de usar la palabra Óma, que significa Voz en quenya del Maestro J.R.R. Tolkien, lenguaje en el cual se supone que se baso el Ayleid.)

2 Tu vida-piedra es mía!

3 Ven aquí... esclavo.

4 Helada!

5 Sígueme!

Créditos


Autor : Ariel Albertone @Venatoris

Revisado por
: Rodrigo Jáuregui Ressia @VivaLosComis


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