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Un cuentito...

DESTELLO POR CUATRO




Sucede que tuve un destello de genialidad, efímero y remoto. Mantenerlo caliente es, sin dudas, algo increíblemente difícil de lograr, por eso creí necesario alimentarlo con vino hasta encontrar los entrelazamientos gramaticales extraños que finalmente lo sellarían sobre un papel.
Sucede, también, que soy un fumador empedernido. Por eso, mientras degustaba un tímido sorbo de vino, rebusqué en el atado... y me espanté. Cuatro cigarrillos, ¡sólo cuatro! ¿Qué podía hacer?. ¿Atreverme a caminar hasta el quiosco rogando que el destello no se alejara de mí, o ignorar la escasez de tabaco tratando de concentrarme en mi destello? Me preocupó mucho esta bifurcación de acciones tan dispares.
Resolví ir al quiosco, con excusas internas que prometían otros destellos más interesantes, en el trayecto hacia allí, y otra de menor categoría que apuntaba a la mejor digestión de la cena que había ingerido.
Dos pesos con treinta centavos eran de lo que disponía, y lo que supuestamente necesitaba. Bajé la escalera y comencé a caminar. Había sospechado que afuera el frío era invernal, pero fallé, era primaveral.
Miré perdidamente hacia delante, mientras ataba mi pulóver en la cintura, tratando de adivinar con la vista el pequeño cartel luminoso con la leyenda “polirrubros León”, justo a cuatro cuadras de mi casa, en perfecta dirección recta, pero no tuve éxito. Mis pasos comenzaron a sonar cómplices, y fue entonces cuando una bandera argentina me llamó la atención. Era la bandera del colegio, que ondeaba despreocupada, abatida por numerosos vientos. Y pensé en el niño Julián.
El niño Julián vivía en las calles, y solía frecuentar estas veredas y este colegio, en busca de amores. Y allí lo vi, cuando la pesadumbre de su romanticismo innato conmovió una tarde a Natalia, la que se convertiría en su primera novia. Una heladería fue el escenario y el dulce de leche granizado, el medio. Fue obsesiva y peligrosa la actitud que adoptó Julián con respecto a Natalia. Al no poder salir del asombro de tener finalmente una mujercita en quien volcar sus sentimientos más puros, lo llevó a la sumisión en la pareja, y consecuentemente a sufrir por ello de un modo lastimosamente dulce. Cuando se despedían en alguna esquina, Julián tenía la costumbre de seguirla a escondidas, observando cada uno de los gestos hasta llegar a su casa. Acto seguido daba media vuelta y corría en dirección a los videojuegos. Sí, pensé en Julián. Ahora él caminaba a mi lado y de pronto me pidió un cigarrillo. Se lo di y yo también prendí uno. Tranquilos avanzamos en silencio.
Una suave, pero fresca brisa me indicó que la primavera había terminado, y que súbitamente era invierno. Rápidamente me puse el pulóver.
Estaba a punto de comentarle a Julián la razón de mi paseo, pero tropecé con una baldosa de tantas, que estaba en muy mal estado. Mientras me incorporaba percibí por donde transitábamos en este momento: el mercado de trueque barrial. Esa era la explicación del lamentable estado de las baldosas. Decenas de personas reunidas en este sector los días miércoles, viernes y domingo, llevaban y traían mercadería sin cesar; un colchón de sonidos heterogéneos que involucraban las señoras que discutían valores de productos, los esporádicos ladridos de perros callejeros adelgazados por la indiferencia, los infaltables gritos de los “jefes” del lugar que regañaban a algún empleado ilegal.
Entre los sonidos del mercado, había ocasiones en las que podía escucharse el chirrido penetrante que provenía de la bicicleta de Paula. Ella era la hija de doña Carmina, quien acarreaba la reputación de poseer los más exquisitos platos dulces que se conocían allí.
Paula, en su oxidada y ancestral bicicleta, visitaba a su madre los días de mercado, y luego de algunos mates, se dirigía a la facultad de bellas artes, donde cursaba el segundo año en pintura. Acumulaba cuarenta y cinco cuadros de su autoría, pero ninguno la convencía y sufría horrores por esto. Aun teniendo la certeza de que un talento sobrenatural se hallaba en su alma, no podía evitar ser consciente de que estaba dormido profundamente, y que era muy posible que no despertase, en tanto ella no padeciera artritis, o en definitiva, mientras viviera.
En algunos momentos muy positivos insistía, para sí misma, en que la falta de ebullición para expresar el arte en forma completa se debía a la falta de conocimiento. Le regocijaba imaginar el momento en que finalmente destruiría al “censurador”, que con hostil perseverancia se encargaba de mantener su talento bajo efectos somníferos. Tal vez lo más curioso sobre Paula, además de su situación artística, es que acostumbraba vestir viejas polleras italianas que un domingo encontró en un baúl con las pertenencias de su abuela materna. Polleras preciosas, de colores góticos y repliegues fantasmales. La verdad es que ella, montada en su bicicleta y con alguna de sus polleras, era un cuadro hermosísimo, que ella misma debía pintar. Y yo personalmente se lo hubiera propuesto, pero esta misma idea me inspiraba una inhibición de tal magnitud, que inevitablemente recurría al pensamiento de pedirle tal favor a cambio de una considerable suma de dinero, imposible de juntar. Luego yo mismo maldeciría con resignación el poder de la riqueza, y la incurable timidez que me caracteriza.
Sonreí con delicadeza cuando escuché el chirrido de la bicicleta de Paula, quien ahora navegaba junto a Julián y a mí. Demoramos pocos segundos en encontrarnos bordeando la cuadra en la que se situaba la placita de los niños. Aquí, el calor era poco menos que sofocante, auténticamente veraniego. Sentencié dejarme puesto el pulóver, en parte como algún tipo de mínima rebelión hacia mis necesidades de temperatura corporal, y además, porque temía que “el hombre” decidiera arrebatármelo. “El hombre” recibía tal apodo porque nadie conocía su nombre. Algunos niños que frecuentaban la placita, lo denominaban “el loco de las tapitas”. Pero él no estaba loco, simplemente evitaba todo contacto con la sociedad, y pensándolo bien, creo que es esa misma carencia de relación con la gente la precursora de variados juicios hacia su persona; la mayoría de ellos lejanamente equivocados.
“El hombre” invertía la totalidad de su tiempo en juntar tapitas de botellas descartables, para luego incrustarlas sobre la superficie de barro seco que rodeaba el único árbol de la placita. Hacía muchísimo tiempo que se dedicaba a esto. Mágicos senderos plásticos de rojos predominantes se fundían en la figura de un niño desnudo, que inspiraba absoluta desprotección afectiva. Resultaría poético suponer que “el hombre” pretendía denunciar el vacío de su niñez por intermedio de tapitas de botellas, pero de algún modo nunca quise aventurarme a fijar esta impresión sobre él. Sin embargo, algo que daba por sentado, es que él amaba profundamente a su niño plástico, y que haría cualquier cosa por su bienestar. Por eso me atreví a imaginar que una de sus intenciones bien podría ser el pretender adornarlo con mi pulóver. Esto no sucedió. Se acercó lentamente y me pidió un cigarrillo en un tono altamente educado; no dudé en convidárselo cuando agregó, riendo sutilmente, que ya estaba cansado de quemarse los labios por fumar colillas del suelo. Julián aprovechó esta situación para asegurarse mi último cigarrillo, que no me importó concederle, porque ya podía ver a una cuadra de distancia el cartel luminoso con la leyenda “polirrubros León”, mientras palpaba el bolsillo de mi pantalón que atesoraba mis dos pesos con treinta centavos. Caminábamos los cuatro, entre algunas risas de espontánea amistad entre “el hombre” y Julián, y el chirrido de la bicicleta de Paula, cuando el otoño decidió hacerse presente. Y este otoño sí trajo consigo un loco, o al menos el que yo esperaba encontrar: Eugenio, el actor. Se sabían de Eugenio varias cosas, entre ellas, que en sus años de sobriedad mental supo ser un brillante actor, que asediado por un grado muy avasallante de colesterol glamoroso, poco a poco se entregó a la demencia. Vivía en un geriátrico con normas levemente estrictas, lo que le permitía escapar ciertas noches en busca de “anfiteatros”, como él decía. Terminaba amaneciendo en las zonas más recónditas de la ciudad, con el despertar de sus propios aplausos. Sus sueños eran las obras de teatro a las que nunca quería dejar de asistir, además de enorgullecerse por interpretar en todas las ocasiones el papel principal, las obras estaban en constante cambio de cartelera. Luego de los aplausos, las luces matinales espabilarían su cuerpo, y buscaría ayuda para volver a los familiares brazos del personal del geriátrico.
Ciertamente Eugenio tenía una vida de ensueño, y no era para menos. Al parecer se sintió atraído por acompañarnos y así lo hizo, probablemente porque percibió que la obra que le tocaba ver había comenzado antes de que conciliara el sueño y también por creer que su guión se basaba en sumarse a la caminata de cuatro extraños.
Finalmente llegamos al quiosco cuando el otoño se desvaneció, y el clima se tornó neutral. Ingresé algo apresurado, los demás se sentaron en el cordón de la vereda, expectantes.
El empleado nocturno del pulirrubros estaba sumergido en la lectura de un catálogo de electrodomésticos que abandonó cuando escuchó las campanillas de la puerta.

- Buenas noches, un “Lemac” suaves, por favor- dije.
Repitiendo el nombre de los cigarrillos con una melodía algo ridícula, me los entregó, y al instante le cedí el monto total del dinero que extraje de mi bolsillo. Adiviné en su rostro una fingida preocupación.

- Mire, los cigarrillos subieron hoy, es por los impuestos que venían amenazando . ¿Quiere ver los precios en el diario?
- No se preocupe, le creo. Nomás dígame cuánto le debo.
- Déjeme ver- enunció mientras ojeaba un papel planchadito- Son cuatro pesos.
- La verdad es que traje la plata justa, no sabía que habían aumentado -miré con bastante angustia el atado, pensando que de ahora en más tendría la obligación de acostumbrarme a verlo menos seguido.
- Yo tengo órdenes de no fiar cigarrillos, si fuese por mí... -comentó con aire de compañero de bares- y comenzó a estudiar a través de la ventana a cada uno de mis compañeros de ruta.
- El destello que está esperándolo afuera, ¿es suyo?- preguntó inquisitivo.
- ¿Eso es un destello?- más inquisitivo pregunté yo.
- Lo es, y me agrada mucho. ¿Es suyo?- insistió.
- No lo sé, me acompañó algunas estaciones. ¿Por qué pregunta?
- Creo que le sacaría buen uso. Le propongo un trato, el destello a cambio de los cigarrillos.

Vacilé, pero terminé aceptando el trato que me propuso el empleado del quiosco. Creí que para escribir sobre destellos, lo mejor es no vivirlos, pues me es sumamente difícil imaginarme ser parte de uno, y al mismo tiempo poner en práctica el ojo ajeno, actuando como si fuese tan novedoso, que me incitase a escribir sobre él. ¿Estaré perdiendo el tiempo escribiendo sobre un destello no correspondido? ¿Seré parte del destello de genialidad, efímero y remoto de otra persona? ¿Voy a desvanecerme, si es que no me sellan en un papel a tiempo? ¿Habré tomado demasiado vino esta noche? No me culpo.
Acabo de apagar el cuarto cigarrillo desde que comencé a escribir, es paradójicamente triste, que al final el destello que me movilizó a buscar los cigarrillos que no me hacían falta, murió en otro. Es inevitable que me sienta de este modo, hundido. Espero que al despertar mañana piense en otra cosa menos en destellos y vivencias de destellos, y me recomponga de a poco.
El sedentarismo romántico de Julián en primavera, la retrospectiva y los dilemas artísticos de Paula en invierno, la esencia plástica de “el hombre” en verano, las noches teatrales de Eugenio en otoño...¿dónde están ahora? ¿dónde estamos ahora?
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