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Un cuento fantastico??

Nocturnia


En Nocturnia siempre es de noche. O lo que sería una definición más acertada: Nocturnia existe en la absoluta ausencia de luz. Sus habitantes poseen, consecuentemente, una extraña capacidad de visión que les permite reconocer los objetos según su forma y su tonalidad no-color.
Nocturnia es un extenso desierto denso cuyas dilatadas dimensiones no han sido exploradas, ya que poco interesa la repetición periódica a sus habitantes. Sobre el suelo discontinuo se encuentran dispersos un cúmulo de bloques de diferente tamaño y sabor, los cuales sirven para el reposo y aun de alimento. En las alturas se repite la superficie formando una figura geométrica indefinible.
Los habitantes de Nocturnia conforman una única comunidad que no se relaciona entre sí, ni tienen afectos individuales, aunque sí son dueños de una espléndida imaginación. Todos nacen y mueren dentro de un mismo período determinado y exacto, cuyo límite está dado por la paradoja de que cada habitante da vida a otro a través de su propia muerte. Así, cada nueva comunidad carece de pasado, de memoria. Por ello no tiene conocimiento de que en cada ciclo un habitante muere definitivamente, reduciendo el fin de la especie a una simple proyección.
La comunidad vive en torno a una inmensa construcción que se eleva bloque sobre bloque, perdiéndose allí donde sus miradas no alcanzan, nublándose. El lugar está atestado de libros dispuestos verticalmente y numerados mediante un orden singular. Poco después de nacer, los habitantes se sienten atraídos por la edificación y su contenido, y luego de reconocer las escrituras, su avidez por la lectura se vuelve compulsiva; tanto, que la vigilia los encuentra siempre leyendo. Algunos lo hacen sobre los bloques que mastican rutinariamente, alejados lo suficiente como para estar tranquilos, pero asegurándose de que la vuelta no los demore demasiado. Otros se quedan dentro del lugar, en ciertos recovecos pequeños. Además de libros, en la biblioteca se puede apreciar una considerable maquinaria. Todos los habitantes saben que sirve para escribir sobre gruesas tablas que se encuentran apiladas a un costado, cerca del espiral de libros primerizo. Sin embargo, tantísimas comunidades prescindieron de su uso, desbordadas por un anhelo de lectura desmedido, velando cualquier otra inquietud, por insignificante que fuera.
Hubo, entonces, la necesidad de un habitante de comunicar un descubrimiento (un libro escogido al azar que contenía el desdichado desarrollo de la especie y que finalizaba con una pregunta cuya respuesta era otra pregunta cuya respuesta requería la lectura de otros libros) que lo perturbaría durante toda su existencia y que sólo al final entendería que no le pertenecía resolver.
De este modo la comunidad siguiente se encontró con una de las tablas aferrada al frente de la maquinaria. Y si bien al principio los abrigó una inmensa alegría (sintieron que sus vidas se llenaban de un pasado que los justificaba), al comprender la totalidad del mensaje, esa repentina y nueva emoción se fundió en una fría certidumbre: la única manera de salvar la especie era leyendo los libros en un orden determinado que los llevaría hasta un último libro en el que se encontraría una explicación de su matemática extinción; una explicación que quizás podría evitarla. Dicho orden era esencial e inquebrantable; sólo de este modo podría construirse una cadena de pensamientos lógicos. Así, los habitantes de Nocturnia se abocaron a la tarea que ahora comprendía una lectura comprometida. El proceso era decididamente lento ya que, mientras que en algunos períodos se resolvía una gran cantidad de libros agregando un eslabón al orden establecido, en otros ni siquiera se encontraba uno. Aunque nadie lo demostraba, cada uno de ellos empezaba a experimentar una sensación que apenas percibían: el miedo que se desprende de la necesidad, de la urgencia.
La población seguía reduciéndose, y ellos, infatigables, continuaban asimilando libros, buscando la conexión que los llevara al siguiente libro, y una vez encontrado sólo importaba el próximo y luego el próximo, olvidando por momentos la razón que los guiaba.
Ya había disminuido considerablemente la población cuando optaron por no salir de la biblioteca, sin importarles el encierro de las generaciones venideras. Así, toda nueva comunidad nacía repartida entre los escabrosos pasajes del lugar, creyendo que sólo la biblioteca los albergaba. Jamás supieron qué había fuera, si es que algo realmente existía. La duda no les estaba permitida, todo era de una pasmosa certeza. La ilusión se presentaba implícita en los ojos perplejos que se dejaban leer por las palabras. De esta forma, siguieron tirando de las puntas de una cuerda frágil, achicando el nudo que los contenía, reduciéndose, acercándose al final del designio.
Los dos últimos habitantes se encontraron con una gran cantidad de libros frente a ellos. Continuaron con su labor durante toda su existencia, razonando cada hoja, cada pregunta final, con el peso de un pasado que por momentos los enceguecía. Ambos murieron casi resignados, dejando a un ser con la responsabilidad de salvar toda una especie que los observaba desde la memoria. Leyó sin descanso y sin pensar en el improbable éxito. Sin embargo, sobre el final de su vida, tuvo frente a él dos libros. Podría haberse evitado leer el anterior pero por alguna razón lo consideró impropio. Al terminarlo contempló detenidamente el último libro por el cual habían vivido incontables comunidades. Sintió miedo, y lo abrió con lento respeto. Tuvo que seguir ciertas instrucciones que lo llevaron a releer ciertos pasajes de los libros anteriores.
Cerró el libro débilmente. Levantó la mirada e intentó buscar a su alrededor algo, alguien. Sus ojos cristalinos se llenaron de un dolor tan conocido como esperado, mientras que las palabras que resultaban después de tanta lectura vibraban dentro suyo:
“Eres tú. Siempre has sido.”

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