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Venganza: Tercera parte





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Los hechos narrados en este relato son pura ficción y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Inspirado en la violencia que nos rodea.








El sujeto estaba ahí.
Aparentemente, Kevin.
El asesino.

Se encontraba solo, cruzado de brazos mirando su vieja calle.
Cuidando su hogar como perro guardián.

El tío tenia que cuidarse de lo que iba a hacer, y cerciorarse de que ese hombre era el que había realmente matado a sangre fría a su sobrino solo por ese maldito auto.
Debía cerciorarse de que ese fuera el hombre que no merecería misericordia.

Por suerte sabía como mentir, sabia jugar con las situaciones.
Y se le acerco mirándolo a los ojos desalmados y cargados de toda la sangre derramada.

Le pregunto como un extraño sin levantar sospecha alguna y por decir cualquier cosa:
"Disculpe, ¿aquí vive Santiago Dominguez?"

A lo que el sujeto respondió:
"No, se equivoca señor"

En eso el tío saca su celular y le dice:
"Pero mire, el me ha llamado diciendo que vive aquí..."

Y ahí lo hizo.
En ese momento capturo la imagen del sujeto sin que se diera cuenta.
Nadie nunca supo cómo, pero aquel tío lo logró.

Quedo asombrado con el cinismo de aquel hombre, podría decirse que fue hasta cortés y educado.
Pero esa malicia nadie se la quitaba de su mirada.
Después solo se fue sin decir una sola palabra más.

El tío acudió directamente al lugar de los hechos para visitar a la anciana que fue la única que vio al asesino.
Él sabía que siempre salía en las tardes a pasear, pero esa tarde, no estaba.

Esperó muy ansioso a la anciana en su taxi.

Era un día lluvioso recordaba.
Las gotas caían en el parabrisas y el frío entraba al auto.

Paso una hora y el taxista seguía esperando sin mover un solo músculo.
Y así, harto de esperar, salió y fue directo a una bodega donde con suerte conociesen a la anciana.
Le pregunto al bodeguero, a lo que él le respondió:
"¿Se refiere a Graciela?¿Es amigo o algo?"

El taxista respondió:
"Algo así, ¿Sabe donde pueda estar?"

El bodeguero le dijo con tristeza:
"Cuanto lo siento amigo, ella esta en cuidados intensivos del hospital del centro de la ciudad."

El tío guardo silencio un segundo e ignoró el resto de las palabras del bodeguero.
Estaba en shock.
El bodeguero le siguió diciendo:
"Lo siento de verdad señor"

El taxista entonces salió inmediatamente y fue directo al hospital, a una velocidad casi no permitida por la ley.
Y llegó viendo a un grupo de gente llorando.
Con un poco de vergüenza por ser inoportuno preguntó:
"¿Este es el cuarto de Graciela?"

Esto solo causó mas llantos y gritos.
Silenciosamente una enfermera se le acercó como un fantasma para decirle que sí.

El tío le rogó en frente de todos que le dejara entrar aunque sea por un minuto.
Pero la respuesta fue un no rotundo.
Se quedo pidiendo permiso como una hora tanto al hospital como a los familiares.
Incluso después de que estos se fueran.

Exigía hablar con alguien superior.
Y finalmente llegó a hablar con el gerente del hospital.
Un tipo rudo y objetivo, además de frío como el hielo.
Pero con cierta fama de amante del papel y la plata.

Se acercó casi como un ogro.
Aun así le contase la historia una y otra vez, él no lo iba a dejar entrar.
No escuchaba las palabras del taxista para nada.
Solo le insistía en retirarse.
El tío se quedo pensando un rato, y luego dijo:
"¿Y por 300 dolares?"

Fue ese el momento en el que el rostro del gerente cambió de una cara casi de sargento a la de un amigo cercano.
Así obtuvo el tan apreciado y caro permiso.

Fue a su taxi trajo sus ahorros, pagó y entró.

Entonces ahí estaba recostada en una camilla entre la vida y la muerte, Graciela.
El silencio penetrante de la habitación era solo interrumpido por los el sonido de las maquinas que la mantenían con vida.

El taxista no sabía como hacer para decirle.
Se acercó lentamente y la saludo.
Ella abrió con mucha dificultad sus ojos e intentaba abrir su boca.
Luego le mostró la foto diciendo:
"Graciela, ¿es él?"

La pobre anciana apenas podía mover la cabeza y murmuraba un poco.
Quería decir algo pero no podía.
Pero no se le entendía y al rato lo sacaron a la fuerza despidiendose así de su última esperanza.

El taxista creyó que se había perdido hasta que volvió a primera hora del día siguiente, y enseguida lo reconocieron las enfermeras.
Él preguntó que si tenían noticias sobre la anciana, y solo le dijeron que había escrito algo en un arrugado papel.
Decía algo simple, pero contundente.
Decía:
"Sí es"

Fue la tarde de ese melancólico día, la tarde en la que aquella anciana dejó de sufrir dejando este mundo.
Y en paralelo, en esa tarde, el taxista preparaba todo lo necesario para la venganza...





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