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Y todavía no sé

Por: Claudio Cammertoni

Una vez la vida estaba teñida por el arte, ese arte que menciona Nietzsche. Su tinte tapaba la verdad, como si ésta no existiera, dulces melodías acariciaban mis oídos, haciéndome viajar entre pentagramas, como si yo fuera una nota musical. Los contornos de la vida, estaban dibujados con ligeros y finos trazos de carbonilla, donde horizontes acuarelísticos se fundían en la lejana perspectiva que Da Vinci y su hombre de Vitrubio alguna vez me exacerbaron.

En su momento, más que solo prensar las letras, los libros comprimían y apretujaban años de historia, grandiosos próceres de la filosofía, cavernícolas dibujando las paredes, egipcios construyendo pirámides, centenares de principios y finales, ellos, todos ellos, rodeados por una ligera capa de polvo, que pedían agónicamente ser liberados. Casi como un asesino, hacía oído sordo a sus súplicas, mi escepticismo y aprensión convertían sus gritos en un idioma que yo no hablaba con fluidez, y a decir verdad, para entonces poco me importaba.

Una vez intenté contar las estrellas... y fracasé en el intento.

Una vez intenté contar las gotas de la lluvia... y fracasé en el intento.

Una vez intenté tocar el arco iris... y fracasé en el intento.

Una vez intenté sacar toda el agua del mar con una cuchara... y fracasé en el intento.

Pero hubo una vez, que como un loco perseguí el amor... y entre locos nos encontramos.

Desde entonces la vida era arte en estado puro, un lugar en donde el tiempo no existía; juntos aprendimos el mágico lenguaje que hablan los enamorados solo con sus miradas, juntos hacíamos que la primavera esté presente en todas las estaciones del año. Con el poquito calor que le robamos al Sol, derretíamos el frío del invierno y avivábamos las llamas del amor. Celoso de nosotros y al ver que juntos podíamos más que él, el Sol un día se enojó y decidió no salir más, hasta que una vez el Sol y la Luna se cruzaron en un eclipse, cuando de momento se miraron a los ojos, a partir de ahí los días fueron más soleados que nunca, el Sol se había enamorado de la Luna.

Una tormenta se avecina...

Como la lluvia que cae desde el cielo, una amarga gota de tristeza negra como la brea, cae y se revienta sobre mí, el arte se tiñó de verdad... ahora ya nada volvería a ser igual.

En la tierra de la decepción y la soledad, en el país de la tristeza y el desconsuelo, los amigos no existen y el amor solo es un mito. Los únicos seres que me esperan son esos hombrecitos imaginarios que todavía fieles a mí, me piden a gritos que los destape de su polvoriento abandono, y aunque acobardado me vuelvo a ellos, sé que son, no menos mi única compañía.

Anerol et oñartxe
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