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Las Hébridas escocesas








Las Hébridas escocesas



Los pináculos de basalto de la península de Trotternish, en la isla de Skye, dominan el paso de Raasay. Rodeados por los derrubios de un viejo deslizamiento, dan fe de los sucesos geológicos que conformaron estas tierras.











La calma de las aguas y la tenue bruma matutina no se corresponden con la fuerza de los elementos que modelaron estas suaves colinas de granito. Originalmente cimientos de enormes volcanes, a lo largo de millones de años han sufrido la poderosa erosión del viento y el agua y han sido redondeadas por el ingente peso del hielo de los glaciares.









A dos kilómetros y medio de las colosales olas atlánticas, la marea alta refleja el cielo estival. Hace un siglo vivían unas 3.400 personas en el distrito de Uig. Las víctimas de las dos guerras mundiales, que menguaron las perspectivas de los pequeños agricultores y pescadores, y la seducción de las oportunidades urbanas han reducido la población local a apenas unos cientos.









Talladas en una roca de 3.000 millones de años, las piedras de Callanish llevan en pie seguramente más tiempo que la Gran Pirámide de Egipto. Hace 5.000 años ya había un asentamiento humano de agricultores, cazadores, pescadores… y arquitectos. Las piedras exteriores miden unos 3,50 metros; la central, 4,50. Como Stonehenge, este círculo de 13 metros de diámetro fue un importante centro ritual







Una cortina de niebla y cerca de 2.000 años separan las casas de los actuales isleños del broch de Dun Carloway, en Lewis, construido durante la edad del bronce. Los restos del fuerte con doble muro seco de piedra se levantan a unos diez metros de altura. Los expertos creen que estas estructuras, que gozaban de una situación privilegiada, ofrecían prestigio y también seguridad a las familias que vivieron en su interior.







El agua dulce avanza ruidosamente hacia el mar desde los lagos y los arroyos del interior, sumergiendo amplias terrazas de roca. "En la isla es fácil sustraerse a los sonidos humanos, pero no existe el silencio."






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Los farallones y acantilados de las Hébridas Exteriores, cuyos estratos comprimidos son tan antiguos como los propios continentes, son recordatorios de las fuerzas que desgajaron Europa, América del Norte y Groenlandia cuando hace 60 millones de años comenzó a abrirse el Atlántico Norte.











Alcas (a la derecha) y frailecillos (a la izquierda y en el aire) hallan refugio en las islas Shiant, unos pocos kilómetros al sudeste de Lewis. Se calcula que cada año unas 8.000 alcas y más de 200.000 frailecillos utilizan estas islas como lugar de cría.











Coronados con macizos de flores silvestres de verano, los acantilados de basalto de Staffa ofrecen sus elevadas terrazas como refugio a las aves marinas que abundan en la zona. La isla fue declarada Reserva Nacional en 2001.









Una fila tras otra de pilares basálticos delinean esta cueva marina que el fotógrafo ilumina desde el interior. La precisión natural de las columnas y el eco de las olas han cautivado a los visitantes desde finales del siglo XVIII.










La luz crepuscular del final de la primavera cubre las pálidas arenas de conchas trituradas y la vegetación dunar que tapiza varios kilómetros de costa atlántica en Berneray, transformando las abruptas colinas de Harris, a unos 10 kilómetros al nordeste, en sombras azules en el horizonte.








Las marañas de algas atraen a un rebaño de ovejas desde las verdes laderas de Iona hasta la playa, en busca de pasto rico en minerales. Este tramo de costa se llama en gaélico Camas Cùil an t-Sàimh, que significa "la bahía detrás del océano".








En las laderas que se alzan sobre las ruinas del asentamiento principal de Saint Kilda, los muros secos aún cercan parcelas de tierra elevada y enriquecida. En su día estos cercos protegieron los cultivos de avena y cebada del viento y del ganado. En las cleitean, cabañas de piedra en forma de colmena, se almacenaban alimentos y turba seca; se conservan cientos de ellas, muchas con el techo intacto.








Los últimos habitantes de St Kilda abandonaron sus casas fortificadas de la bahía Village hace unos 80 años. Los restos arqueológicos más antiguos sugieren que los primeros pobladores de este aislado grupo de islas batidas por los vientos y las tempestades llegaron por primera vez hace 4.000 o 5.000 años.








Miles de aves marinas surcan el cielo y salpican de nidos las estrechas cornisas. A menudo oculto por las nubes, el extremo norte de la isla se eleva 384 metros sobre el océano. Aquí y en los farallones cercanos anidan 60.000 parejas de alcatraces, la mayor colonia del mundo. Los lugareños solían escalar estos peñascos para hacerse con aves y huevos que completasen su dieta.









La niebla se alza para revelar la existencia de una isla perdida en pleno Atlántico. Los humanos sobrevivieron en Saint Kilda durante milenios, pero los últimos habitantes se marcharon hace casi 80 años.

















Fuente http://www.ngenespanol.com/



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