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[A] Conociendo un poco sobre la Eucaristía

Estimados hermanos, muchas veces en mis debates apologéticos tuve que hablar respecto a la presencia REAL de Cristo en la Eucaristía, cosa negada por evangélicos.

Con el fin de que podamos conocer lo que han expresado nuestros padres traeré aquí la Carta de San Ignacio de Antioquía a la comunidad de Esmirna, que es tan actual que podríamos decir que la escribe a la comunidad de Taringa.

En primer lugar, hablemos de San Ignacio, para saber que tipo de fidelidad a la verdadera doctrina podemos encontrar en él. San Ignacio fue obispo, lo cual nos empieza a manifestar su rango (aunque él no vivía de ello). Fue nombrado obispo por Simón, también conocido como San Pedro. Fue discípulo de San Pablo y de San Juan. Todo lo anterior nos llevaría a concluir que su doctrina es incuestionable.

Luego, vamos a la carta.
Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia de Dios Padre y del amado Jesucristo establecida en Esmirna de Asia, la que ha alcanzado toda clase de dones por la misericordia de Dios la que está colmada de fe y de caridad y a la cual no falta gracia alguna, la que es amadísima de Dios y portadora de santidad: mi más cordial saludo en espíritu irreprochable y en la palabra de Dios.

1. Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan gran sabiduría; he podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe, como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo' creyendo con fe plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente de la estirpe de David, según la carne, es Hijo de Dios por la Voluntad y el poder del mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan para cumplir así todo lo que Dios quiere; finalmente, su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección, elevar su estandarte para siempre en favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de Su Iglesia.
2. Todo esto padeció el Señor por nosotros, para salvarnos y lo sufrió verdaderamente, así como también verdaderamente se resucitó a Sí mismo, y no como dicen algunos infieles que sólo padeció en apariencia. A éstos les sucederá como ellos piensan, quedándose en entes incorpóreos y fantasmales.

3. Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tocadme y palpadme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e incorpóreo. Y, al punto, lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su carne y de su espíritu. Esta fe les hizo capaces de despreciar y vencer la misma muerte. Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque espiritualmente estaba unido al Padre.
4. Amados, os encarezco esto, por más que sé que éste es vuestro sentir. Pero es que soy para vosotros como centinela contra esas fieras en forma humana, a las que no sólo no debéis admitir entre vosotros, sino ni aún siquiera toparos con ellas en lo posible. Sólo debéis rogar por ellas, por si se convierten, cosa que es difícil. Pero aun para eso tiene poder Jesucristo, nuestra vida verdadera. Por cierto, si esas cosas fueron hechas por Nuestro Señor como meras apariencias, entonces ¡yo estoy en cadenas como mera apariencia también! ¿Por qué, entonces, me rendí a la muerte, al fuego, a la espada, a las bestias salvajes?. Bueno, estar cerca de la espada es estar cerca de Dios; estar en las garras de las bestias salvajes es estar en las manos de Dios. ¡Que se haga sólo en el nombre de Jesucristo! para sufrir con El soporto todo, si El, quien fue hombre perfecto, me da la fuerza.
5. Algunos Lo repudían por ignorancia, o, mas bien, fueron repudiados por El, siendo abogados de la muerte antes que de la verdad. Ellos no fueron convencidos por las profesías ni por la Ley de Moises; no, no aún a este día por el Evangelio ni los sufrimientos de nuestra propia gente; ellos mantienen la misma visión de nosotros. Realmente, ¿qué bien me hace cualquiera que me alaba, pero blasfema a mi Señor al no admitir que El llevó carne viva de El? El que no admite esto, absolutamente Lo ha repudiado, y lo que él lleva acerca de él es un cadáver. Por lo que se refiere a sus nombres, siendo de gentes infieles, no me parece bien consignarlos aquí por escrito, sino que ni quiero acordarme de ellos, hasta que no se conviertan a aquella Pasión que es nuestra resurrección.
6. Que nadie se engañe: aun las potestades celestes, y la gloria de los ángeles, y los príncipes visibles e invisibles, estarán sujetos a juicio si no creen en la Sangre de Cristo. El que pueda entender que entienda. Que nadie se envanezca por el lugar que ocupa, porque todo depende de la fe y de la caridad, y ningún valor va por delante de éstas. Reconoced a los que tienen opiniones erradas con respecto a la gracia de Jesucristo que ha venido a vosotros, viendo cuán contrarios son a la voluntad de Dios: pues no se preocupan para nada de la caridad, no les importan ni la viuda, ni el huérfano, ni el atribulado, ni se preocupan de que uno esté en prisiones o libre, hambriento o sediento.
7. Se apartan de la Eucaristía y de la oración, pues no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo con la que padeció por nuestros pecados, la cual resucitó el Padre en Su bondad. Así pues, los que contradicen al don de Dios, perecen en sus disquisiciones. Mejor les fuera tener amor, para que pudieran compartir la resurrección. Por tanto, es conveniente apartarse de tales y no hablar de ellos ni en privado ni en público, prestando en cambio atención a los profetas y particularmente al Evangelio, en el cual se nos hace patente su Pasión y vemos cumplida su Resurrección. Huíd de toda división como de origen de males.
8. Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de ancianos (presbiteros) como a los Apóstoles. En cuanto a los diáconos, reverenciadlos como al mandamiento de Dios. Que nadie sin el obispo haga nada de lo que atañe a la Iglesia. Sólo aquella Eucaristía ha de ser tenida por válida que se hace por el obispo o por quien tiene autorización de él. Dondequiera que aparece el obispo, acuda allí el pueblo, así como dondequiera que esté Jesucristo, allí está la Iglesia Católica. No es lícito celebrar el bautismo o la eucaristía sin el obispo, pero lo que él aprobare,
eso es también lo agradable a Dios, a fin de que todo cuanto hagáis sea firme y válido.
9. Es entonces con razón que debemos enmendarnos mientras tenemos tiempo para cambiar nuestros caminos y volvernos a Dios. Esta bien venerar a Dios y obispo. El que honra al obispo,
es honrado de Dios. El que hace algo a ocultas del obispo, rinde culto al diablo. Que todo, pues, redunde en gracia para vosotros, pues la merecen. Me han traido alivio en todo respecto, que Jesucristo lo traiga a ustedes. Si estuve presente o ausente, ustedes me demostraron amor. Vuestra recompensa es Dios, a quien ustedes llegarán si soportan todas las cosas por El.
10. Referente a Philo y Rheus Agathopus, quienes me acompañaron en el nombre de Dios, fue bueno que le dieran una cordial recepción como siervos de Cristo Dios. Por su parte, ellos agradecen al Señor en vuestro nombre. Una recompensa para ustedes son mi vida y mis cadenas, las que ustedes no repudiaron y de las que no se avergonzaron. Tampoco Jesucristo, nuestra esperanza consumada, estará avergonzado de ustedes.

10. Referente a Philo y Rheus Agathopus, quienes me acompañaron en el nombre de Dios, fue bueno que le dieran una cordial recepción como siervos de Cristo Dios. Por su parte, ellos agradecen al Señor en vuestro nombre. Una recompensa para ustedes son mi vida y mis cadenas, las que ustedes no repudiaron y de las que no se avergonzaron. Tampoco Jesucristo, nuestra esperanza consumada, estará avergonzado de ustedes.
11. Vuestra oración hizo su camino a la Iglesia en Antioquía en Siria. Venido de allí en cadenas resplandecientes con el esplendor divino, yo le mando saludos a todos. No que merezco pertenecer a esa comunidad, siendo el menor de sus miembros; pero por la voluntad de Dios fui otorgado este favor-- no, no a causa de ningún acto consciente, pero a causa de la gracia de Dios. Haga que esta gracia se me de en perfección, ¡que por vuestra oración yo pueda hacer mi camino a Dios! Ahora, para que vuestro propio trabajo se haga perfecto en la tierra y en el cielo, es apropiado, para el honor de Dios, que vuestra Iglesia mande un delegado en Dios autorizado para ir a Siria y felicitar a la gente en paz y gozo, recuperada su grandeza normal, y tener su completo status restaurado a ellos. Por lo tanto me parece a mí ser una misión inspirada de Dios el mandar uno de los vuestros con una carta para el propósito de la unión en la celebración de su tranquilidad dada por Dios, y porque ellos, gracias a vuestra oración, al fin tocó puerto. Sean perfectos, por lo tanto, e ideen un método perfecto. Ustedes necesitan sólo estar dispuestos a hacerlo bien, y Dios está listo para ayudarlos.
12. En su cariño los hermanos de Troas los recuerdan.. Es de aquí que mando esta carta por la bondad de Burrus, quien ustedes conjuntamente con vuestros hermanos, los Efesos, comisionaron para acompañarme. El me ha dado todo consuelo posible. Que todos lo imiten, pues él es un modelo de lo que un ministro de Dios debe ser. La gracia de Dios lo recompensará en todo. Saludos al obispo, ese hombre de Dios, al presbítero, a los diáconos, mis sirvientes amigos, a la comunidad entera, individual y colectivamente, en el nombre de Jesucristo, en Su Carne y Sangre, en Su Pasión y Resurrección, ambos corporal y espiritual, en la unidad con Dios y con ustedes. La gracia esté con ustedes, la misericordia y la paz, y la resistencia paciente, para siempre.
13. Saludos a las familias de mis hermanos, incluyendo sus esposas y niños, y a las vírgenes que se encuentran entre las viudas. ¡Adiós en el poder del Padre! Philo, que está conmigo, envia sus saludos. Ofrezcan mi respeto a la casa de Tavia, y yo oro que ella pueda ser firmemente enraizada en la fe y el amor, ambos carnal y espiritual. Den mis respetos a Alce, ese muy amado amigo mío, y al incomparable Daphnus, y a Eutecnus, y a todo el resto por el nombre. ¡Adiós en la gracia de Dios!
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