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Esclavos del whatsapp



“¿Dónde está la tecla ‘ANY’?”

— Homer Simpson, frente a un mensaje “press any key”

No sé muy bien qué lleva a una persona (chica joven de unos treinta, guapa y bien vestida, con apariencia de “tener estudios”) a pasarse la hora y media de un partido de basket en vivo con su smartphone sobre las rodillas mandando mensajes absurdos, sobre películas que no ha visto, a gente que verá en una hora, despreciando un espectáculo por el que ha pagado y la compañía (impagable) de sus amigos.

Esto, vivido la semana pasada, lamentablemente no es la excepción: cuadrillas de amigos en la mesa de una pizzería todos pendientes de sus móviles, sin mirarse ni dirigirse la palabra o parejas que toman un café, indiferentes el uno al otro, mientras whatsappean espasmódicamente, son escenas habituales.

Definitivamente, nos hemos vuelto gilipollas.

Yo pensaba que el smartphone (sí, también he pecado) me iba a ser útil como “dispositivo único de entrada” y resulta que, de buenas a primeras, me veo luchando por no convertirme en un zombie más del aterrador Walking Dead en el que estamos convirtiendo nuestras vidas. No sólo tienes el whatsapp, tienes equivalentes como LINE, rompe-privacidades como Instagram, redes geolocalizadas como Foursquare o Waze y miles de otros servicios de todo tipo.

No voy a criticar todo este tinglao aunque, sí, me parece criticable y, sobre todo, altamente improductivo. Por ir a lo más conocido, el whastapp es como el anticristo de la productividad. Es el ladrón de tiempo definitivo: a la imprevisibilidad de las llamadas (mensajes en su caso), une la informalidad de una consulta en vivo y, tal y como se escriben los mensajes, pierde cualquier atisbo de utilizar las ventajas de la comunicación escrita. La tormenta perfecta.

Además, es una epidemia. A las dos semanas de tener smartphone ya te habrán metido en unos cuantos grupos de esos de “madres de segundo de Ursulinas”, “primos”, “futbol-sala de los miércoles” y la madre que los parió a todos. Por supuesto, el mismo chiste que te ha llegado por email te llegará por todos y cada uno de los grupos de whatsapp (a lo que sumarás unos cuantos talibanes insaciables de tu tiempo y de tu sangre que te los enviarán por privado).

Por supuesto, todo el tiempo que ibas a ganar con este dispositivo lo habrás perdido con creces aprendiendo a silenciar estos grupos y desinstalando unas cuantas aplicaciones, muy chulas, pero que no sabes cómo sacarles el más mínimo partido.

Lo cierto es que esta situación ya la he vivido. Yo la llamaba “el síndrome del teleobjetivo” y es esa obsesión que teníamos (creo que “tenemos” es más apropiado, ya que los smartphones y tablets también lo han reactivado) como turistas de entrar a un sitio con la cámara de fotos o de vídeo en la frente disparando a diestro y siniestro, cual hombre de Harrelson.

A ver, melón, si estas en la Capilla Sixtina, siéntate, disfruta y luego, si eso, le tiras una ronda de foticos con las que torturar a tus “amigos” a la vuelta. Pongo el ejemplo de la Sixtina porque aún a pesar de estar prohibido el tema de vídeo y las fotos, verás a todo el mundo tratando de sacar una a escondidas. Los escorzos son increíbles. Jubilados haciendo gala de ignotas habilidades contorsionistas. Lo prohibido sabe mejor claro, aunque puedas obtener por Internet miles de fotos mejores que el engendro que conseguiste disparando por debajo del sobaco.

Sinceramente, y poniéndome un poco más serio, creo que estamos tirando por el desagüe tecnológico lo que podrían ser momentos memorables de nuestra vida.

Me gustaría que reflexionases un segundo, más allá incluso de la perspectiva productiva. Citando al gurú Eckart Tolle:

“Nunca nada ocurrió en el pasado, ocurrió en el Ahora. Nunca ocurrirá nada en el futuro; ocurrirá en el Ahora. Lo que usted considera el pasado es una huella almacenada en la mente de un Ahora anterior… El futuro es un Ahora imaginado, una proyección de la mente. Cuando llega el futuro, llega como el Ahora.”

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