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(Cuento) La pierna del nono

Hoy pasé por un restaurant, “Le famiglie”, a la vuelta de casa,éxito barrial
lleno total los fines de semana,
y comencé a recordar…

La paleta de paddle me enrojecía la cola, o un trapo mojado de cocina en la espalda,
según lo que Mamá tenía al alcance
ella había sentido las bombas en Italia, el ejército alemán pasaba por sus casas a buscar provisiones
y
violaban a las campesinas y ellos enterraban las botellas de aceite en el jardín.
Ahora pienso en las pesadillas de ella, en el porqué a veces
le tiemblan las manos
en por qué nacimos así como madrehijo en este mundo
lo increíble de ver las relaciones humanas, cómo se van desgastando por la historia
por el peso de la gorda-tiempo.

Yo lloraba y no sabía por qué me pegaba, aún hoy no sé por qué tengo estos blancos pies aferrados a la superficie del mundo.
Mi abuelo tosía y
se le ponía colorada la nariz por el vino
y así empezaba siempre:
mis familiares sentados, navidad, dulce dulce navidad, yo ausente, pateando la pelota lo más alto posible, soñando con orcas y pingüinos, soñando despierto con ser Orco de He-man,
y la familia discutía por Italia
por Mussolini
por limites geográficos
por plata
mi papá robó
mi tío robó
el restaurán había sido construido por mil abuelo, el Nono,
ladrillo a ladrillo
gota a gota
y todos sabían que los negocios familiares terminaban mal, pero allá estaban
detrás de la barra, haciendo cafés, atendiendo a la gente, “La María”, el restaurán de moda en aquellos años.
La nona María había muerto porque se le reventó una vena cuando esperaba el colectivo
había armado la cama antes de irse.

Nunca armaba la cama antes de irse.

Había una foto suya en la entrada, cocinando, sonriente, una foto en blanco y negro clavada en la bolsa donde guardo los recuerdos infantiles. “Saludá a la nona” me decían, y subía a una silla y besaba el vidrio.
Y el vidrio siempre estaba muy frío.
Y pasaron años y empezaron los faltantes y aquel festejo, un cumpleaños de alguien, estalló:
una familia rota. Chau, primos, que les vaya bien.

Mi abuelo, al final, construyó otros dos restaurantes: “Lo Rafael” –por mi tío– y “Le Famiglie” –por su familia, su tesoro nacido en la tierra prometida–; y no era de los que gastaban, ni de los que ahorraban, simplemente fue poniendo todo en el “Hogar Obrero”, un pseudobanco que terminó derritiéndose en la ciudad,
y ahí: el Nono, de nuevo, sin plata, rengo por una operación, una bala cerca de los alpes suizos
su espalda de bronce torcida. La vida despidiéndose de él.

Años después vendió los restaurantes, sólo quedó “La María, atendido por su familia” y la foto fría en la entrada.
Mi abuelo, ya viejo, iba todos los días y se sentaba en la mesa más lejana, solo, comiendo pan negro, leyendo las carreras.
Pronto, de a poco fue despidiéndose, bastón en mano
el rey de antiguos años sólo podía traerse comida en la cartera entre pancitos “robados”
su cartera de cuero sucia, a mi tío le molestaba su presencia, uno llega a viejo y no sirve sino para molestar. Cómo se destruyen las relaciones, Mamá.

Pocos días antes de morir le cortaron una pierna y él veía a sus difuntos hermanos rodeando la habitación, sonreía en coma, apuntaba a los azulejos celestes del hospital de clínicas:
“¡Holaaaa, Luigi, tanto tiempo, porca madonna!”.
Un día llegué y tenía los dedos violetas, la lengua seca, dura, mi mamá embebía inútilmente un algodón en agua.
Tuve que mirarlo, me acerqué y abrió sus ojos celestes
parecían los ojos de Dios
y una lágrima cayó de mí y mojó microscópicamente su rostro mortuorio, mi mamá dijo algo y su mano se elevó cortando el aire, señaló el techo de la habitación.
Se despidió de nosotros, no nos dimos cuenta.

Bajamos a comer algo, subimos de nuevo y ahí estaba, desconectado, sin cables, sin respirador, una paz envolvía la habitación, mi papá me abrazó y lo aparté.
¡Ese hombre fue el chabón con más huevos que conocí!
Chau, Nono.


Aún tenía roja su nariz.
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