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[Cuento] - La vieja casa

Me costó mucho elegir el final adecuado para este cuento, espero que les guste.


La vieja casa


Había una vez, hace no mucho tiempo, un hombre que quería ser feliz, pero no sabía cómo. Tenía una bella esposa que lo quería y tres adorables hijos que casi siempre le obedecían en todo. El dinero tampoco le faltaba. Pero él no era feliz. No le bastaba con eso: eso no era la felicidad. Él vivía presionado, angustiado... y no es que fuera triste, pero no podía ser feliz, como si una maldición se lo impidiese.

Un día, el hombre decidió hacer todo lo posible por ser feliz, y, tomando su dinero y un par de ropas, decidió salir de su casa y no regresar hasta encontrar la felicidad. Comenzó buscando la felicidad en las montañas rusas. Notó que cuando se subía a una, él se sentía la persona más feliz de la Tierra. Pero después de siete montañas rusas, se dio cuenta de que eso no era la felicidad, sino la diversión, y ésta se iba en cuanto se bajaba de la montaña. Así que ahí estaba otra vez, triste, sin saber qué hacer.

El hombre se puso a vagar un rato por la calle, pensando qué hacer, cuando se encontró a un mendigo sentado en la calle. El hombre observó al mendigo un rato, pensando.
- ¿Me da una limosna, señor? - Preguntó el mendigo, dándose cuenta de que el hombre lo miraba.
El hombre lo pensó un poco. Tal vez ser caritativo diera una sensación de felicidad. Sacó un billete de su bolsillo y lo depositó en un viejo sombrero que el mendigo sostenía.
- Gracias. Se le ve un poco triste, señor. Me llamo Javier. ¿Y usted?
El hombre se quedó perplejo. ¿Era verdad que un mendigo estaba intentando conversar con él? ¿Y era verdad que esa persona le había preguntado su nombre? El hombre, que no tenía nada que perder, decidió charlar con el mendigo un poco.
- Tim - Dijo.
- Buen nombre, señor. ¿Por qué está triste?
- Lo que pasa - Dijo Tim, escogiendo bien las palabras -, es que no soy feliz. Quiero ser feliz, pero no puedo. No sé por qué. Tengo una buena familia, buena casa, buen trabajo... todo lo tengo para ser feliz, pero no puedo.
- Ah - Dijo Javier, levantándose. De pie ya no parecía tanto un mendigo -, pues mire, está usted de suerte. Yo sé cómo ser feliz.
Tim se emocionó mucho.
- ¿En serio? ¿Cómo?
- Se lo voy a decir a usted - Dijo -, porque es la única persona que se ha detenido a darme dinero en toda la mañana.
Hubo un pequeño silencio.
- ¿Usted ve esa casa de allá? - Dijo Javier, señalando una casa un poco vieja, que parecía abandonada.
- Sí, la veo - Contestó Tim.
- Dentro de esa casa, está la felicidad. La felicidad que siempre ha deseado, señor - Aseguró Javier -. Pero... hay un problema.
- ¿Qué pasa? - Preguntó Tim.
- Para alcanzar la felicidad total, es necesario atravesar las paredes. Si usted entra por la puerta, no lo va a conseguir.
- ¡¡Pero es imposible atravesar las paredes!! ¡Va contra las leyes de la física!
- Usted inténtelo. Cuando lo logre, regrese aquí y dígamelo, y obtendrá la felicidad que buscaba. Yo estaré esperando aquí todo el tiempo que usted quiera. Días incluso, si es necesario - Dijo Javier.

Así pues, nuestro hombre, Tim, se acercó a la casa corriendo e, intentando atravesar las paredes, chocó contra ellas. Volvió a intentarlo, y volvió a chocar. Intentó de mil maneras cruzar las paredes: intentó llegar corriendo, intentó apoyarse en ellas, sentarse junto a ellas e incluso intentó hablándoles, pero nada funcionó. Después de varias horas, cuando ya el Sol se estaba ocultando, Tim se rindió. Los dos brazos le dolían, su camisa se había rasgado, tenía una ligera cortada que sangraba en su mano izquierda y el sudor le escurría por todo su cuerpo. Tim se encaminó hacia Javier, que seguía sentado donde lo había encontrado. Cuando llegó, Tim le dijo:
- No he podido atravesar las paredes, y yo simplemente ya no puedo más. ¡Míreme!
- Se ve cansado - Dijo Javier, interrumpiendo a Tim -. Bien. Siéntese.
Tim obedeció y se sentó.
- Ya no puedo más - Repitió Tim -. ¡Míreme! Los brazos me duelen, mucho. Mire mi camisa, quedó estropeada. Me corté la mano al dar un manotazo a la pared, ¡Mire cómo se ve eso...! Y apesto horrible a sudor.
A Javier se le iluminó el rostro, y esbozó una ligera sonrisa.
- ¿De qué demonios se rie? ¿Es que no ve cómo estoy yo? - Preguntó Tim, enfadado.
- Bien, bien - Dijo Javier, tranquilo -. Ahora vaya de nuevo a esa casa...
- ¿¿Está usted loco?? ¡Yo ya no iré allá! ¡Nunca! ¡Por nada del mundo! - Alegó Tim -. ¡Es más, me voy! ¡Adiós!
Y Tim dio unos pasos, alejándose del mendigo. Pero aún no se había alejado mucho, cuando oyó un grito, precisamente, de Javier.
- ¡Espere! - Decía -, Mire, venga. ¡Venga, por favor!

Tim se dio la vuelta y regresó con Javier, un poco fastidiado.
- Le voy a pedir que haga lo que le voy a decir. Vaya a esa casa de nuevo - Tim estuvo a punto de alegar otra vez, pero no lo hizo -, pero ahora, en vez de intentar traspasar el muro sólido, abra la puerta y entre. Es lo único que tiene que hacer.

Tim se dirigió a la casa, abrió la puerta y entró. Dentro únicamente había una mesita, y puertas para cambiar de cuarto. Sobre la mesa había una camisa nueva, ungüento para el dolor muscular, alcohol desinfectante de heridas y una nota. Tim se acercó a la mesa y tomó la nota. La leyó. Decía nada más: "La regadera funciona. Está al fondo".

Entonces Tim lo comprendió todo. Pasó un rato dentro de la casa haciendo lo que debía de hacer, y cuando salió de ella, Tim fue a buscar a Javier, y le dio todo su dinero como recompensa. Desde aquel momento, Tim nunca más lo hizo, y, de todas formas, vivió feliz. Lo logró, era el hombre más feliz del mundo.


Moraleja

Éste cuento tiene muchas moralejas y se puede interpretar de muchas maneras. Voy a dar una, y las demás las dejo al aire, para que ustedes las piensen y entiendan a su manera.
Moraleja: Dos cosas no pueden ocupar el mismo lugar.
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