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[Cuento] Ríe con el mundo


En el ámbito de una batalla, en plena guerra China-Japón, unos hombres se encuentran descansando en un territorio recuperado luego de una asidua pelea. Alrededor de una fogata, comen unas latas de sardinas y se divierten tratando de escapar del horror en el que viven.
Uno de los guerreros, que se encuentra alejado del grupo atrapado en sus propias ideas, les advierte de algo.
-Hey – dice.
A lo lejos, desde el horizonte se aprecia la silueta de un hombre montando un caballo, quien se acerca a ellos.
-¿Sera aliado o enemigo? – pregunta uno.
La silueta se acerca más.
-Que alguien vaya a investigar; nosotros lo cubrimos.
La silueta se acerca más.
-Yo voy –dice nuestro héroe solitario-, ustedes quédense acá por si se trata de una emboscada. Cúbranme.
La silueta se acerco aún más, pero aún no se hacía visible su identidad.
Nuestro héroe se lanza a descubrir quién es, intrigado por su extraña postura. Pero mientras se va acercando, todo atrás suyo se va tornando en un ambiente putrefacto; cada paso que da, el cielo se vuelve de un color grisáceo, las sombras de cada objeto se tornan gigantes. Quiere detenerse y regresar con sus compañeros, donde se sentiría a salvo, pero no puede. Su caballo no obedece.
Por cada nuevo paso, en su mente navega una constante de flashes. Alucinaciones tales, que él es presente siendo niño en la granja de su tío de cómo un grupo de granjeros asesina a un cerdo clavándole una daga en el cogote. El grito del cerdo y su cuerpo retorciéndose, la vida apagándose en sus ojos, es lo que ve.
Luego está parado en la orilla de un lago. Hay un bosque hermoso atrás suyo y el sol reflejado en el agua, lo convierte en un lugar muy placentero. Sería placentero sino hubiera alguien ahogándose en ese momento.
Hay un hombre en el centro del lago, pidiendo desesperadamente auxilio en quien sabe qué idioma, aleteando y tratando de hacer pie con el fondo.
Nuestro héroe trata de acudir a socorrerlo, pero no puede. Está en una silla de ruedas e incapacitado a moverse. Mientras tanto, el grito del hombre cada vez se hace más lejano. Se va apagando… Y vuelve la tranquilidad en el lago.
Impotente trata de moverse, pero no puede. Y no es que siga paralítico, no. Ahora se encuentra atado en una silla en un cuarto oscuro iluminado por la tenue iluminación de una pequeña lámpara. Se escucha el lento funcionamiento de un viejo ventilador en el techo y la caída de gotas de una canilla a medio cerrar.
Un hombre calvo, con rostro sin vida, comienza a torturarlo.
Sin si quiera dar explicaciones, sin dar muestras de placer o arrepentimiento. Lo tortura y lo tortura.
En la mente de nuestro héroe ocurrieron días, semanas, años… Pero en el campo de batalla fueron solo minutos.
Retorciéndose en el suelo, con sus últimas fuerzas, intenta advertirle a sus compañeros que huyan pero perdió por completo sus capacidades motrices. Donde debían salir palabras, ahora salen extraños balbuceos, corroídos por la saliva desesperada y gritos agudos. Al intentar atacar al inhumano jinete, sus manos parecían imitar a las de un cangrejo en un patetico intento de agarrar su bayoneta.
Antes que su mirada se apague, antes que el ambiente vuelva a cambiar tornándose esta vez en un largo y pesado vacío, donde parece no haber más sonido que el insoportable ruido arrastrado de voces simultaneas, como alaridos; antes que su mirada se apague, volvió a intentar ver el rostro de quien era su verdugo… Un rostro apacible pudo ver. Sin emociones en su mirada siempre fija. Y esa sonrisa, ¡Esa puta sonrisa!
Lo último que paso por la mente de nuestro héroe, es preguntarse hacia donde se dirigía. Caminando acompañado de la mano de un desconocido, descalzo pudo sentir que el suelo había cambiado. Sentía frío. Como si fuera nieve…
Y así, se perdió hacía el horizonte, quien supo ser el soldado raso Bai Hofwa.



Ahora me despido, tengo que volar.
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