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135 años de la Batalla de Tarapacá

135 años de Tarapacá. En el colegio recuerdo que nos insistían siempre en dos hechos gloriosos: Francisco Bolognesi (base 6, coronel jubilado y reenganchado) volando en fiebre sale del hospital de campaña y encabeza a sus tropas; y dos, Mariano Santos, policía de la Guardia Civil de Arequipa conquista una bandera chilena. Siempre me gustó pensar en lo heroico de toda la situación, a lo película de Hollywood donde los gringos siempre son los buenos.



Te haces viejo, te haces periodista y tienes acceso a internet y otras fuentes y algunas cosas cambian. En primera, mi idea de que para vencer en Tarapacá ocurrieron dos cosas que si no iban de la mano, estoy casi seguro que no nos daba la victoria. En primera, los oficiales y la tropa nacional eran muy valientes y conocían su oficio.

Y la segunda, y creo que principal, los chilenos metieron la pata una y otra vez. O sea, todo lo que les pudo salir mal, les salió mal. Más o menos como a los peruanos en Arica (las minas que no explotaron, los torpedos que no prendieron, los cañones que no dispararon, las trincheras que se cayeron y un largo etcétera). Si alguna vez les tocó a los vecinos, fue en Tarapacá, donde solo les faltó que un Orión (o una mula cantinera, o lo que hubiese entonces) les atropellara al niño que tocaba el tambor.

Después del desastre de San Francisco, que fue un despelote de tal magnitud que muchas fuentes chilenas dudan incluso si fue una batalla o un tiroteo en el que los bolivianos baleaban a los peruanos que subían el cerro mientras los de la estrella solitaria se miraban con cara de “esto no puede ser en serio” (y sí, fue en serio, una batalla, pero nos desviamos). Decía que luego de ese desmadre, los peruanos se arrancaron, heridos y desordenados para tratar de llegar a Arica, y en el camino se detienen en Tarapacá a descansar. Los chilenos piensan que literalmente será dispararle a patos en un barril, y deciden rematar lo de San Francisco. Total, el pueblo de Tarapacá está al fondo de una olla llena de cerros. El plan era re-simple: partimos de madrugada, subimos a los cerros, los rodeamos y le metemos desde arriba harta bala hasta que no quede un cholo vivo.

Primer error: la avanzada se perdió. Dieron más vueltas que un pollo a la brasa y cuando creyeron que tenían delante a las tropas de Cáceres, resulta que eran los de la siguiente columna de su ejército, que también se perdió pero al menos ya caminaba en línea recta, los pobres.

Segundo error: Se dejaron ver. Me los imagino rascándose las patillas y mirando sus mapas, lamentándose que el google maps todavía no aparezca; puteándose entre los oficiales a ver quién tenía la culpa de estar casi al amanecer en medio de la pampa y no baleando soldados dormidos. En esas, unos campesinos que llevaban agua a los peruanos vieron a la avanzada chilena, con banderas al viento y todo el cuento (muy discretos no eran) y fueron con el dato a los nuestros.

Tercer error: Necios. Ya la sorpresa se había ido por el caño, pero tan confiados andarían de su victoria que igual quisieron probar suerte. Y no los culpo. Si una semana antes ves que tus enemigos se disparan entre ellos y luego se van cada uno por su lado, debes estar casi seguro de que son un grupo de chimpancés subnormales con fusil (que algunos ni fusil tenían porque lo perdieron en San Francisco, pero en fin…) Y que ganarles está sobrado. Pues no, desconocían que el soldado peruano es como el hincha de fútbol, mientras las cosas están peores, mejor se porta. Más bravo y avezado. Algo así como vente que aquí te espero…para’o y sin polo, pe’.

La cosa es que en resumen, Bolognesi, Suárez, Cáceres y los suyos deciden jugarla al revés. Es decir, subieron ELLOS a los cerros y esperaron a que los chileno (cansados, perdidos, sedientos, jodidos en resumen) subieran. Y allí les soltaron eso de “surprise, motherfucker!”, que las fuentes oficiales se niegan a reseñar, pero que yo estoy seguro de que fue así.

Oye, no, aguanta, revisen el guión, los que teníamos que gritar eso éramos nosotros, cómo que estos están aquí y no comiendo mote abajo. Y quién es ese salvaje que ha matado a golpes al abanderado del Segundo de Línea. El muchacho solo tenía la bandera. Oye, qué fue, se lleva la bandera y se despachó dos más en el camino ese Mariano Santos. Ya no lo mires mucho, mejor nos escondemos en esas casitas y en los cultivos del alrededor. No hueles a quemado… Sargento, que estos peruanos le prendieron fuego a todo, a todo. Le han metido candela a las casas y a los cultivos, se queman nuestros heridos. Mejor nos vamos todos antes de que empiecen con sus gritos de “Venganza a Grau!”. Sí, sí, huyamos. Pero nos están tirando cañonazos, no dijiste que NO tenían cañones en Tarapacá… Es que son los nuestros, que nos han quitado y les han dado la vuelta estos energúmenos, si lo que están disparando creo que son las cabezas de los artilleros. En fin, sube a tu caballo y nos largamos los que todavía podemos. Total, caballería no tienen, algo bueno tenía que salir al final de todo.

Algo más o menos así fue Tarapacá. La porción seria del asunto se la dejo a los partes oficiales. Aquí, la del subteniente chileno Arturo Olid, de la 3° Compañía de “Artillería de Marina”, el día de la batalla en “la quebrada maldita” tenía 14 años:

“A esa hora (11 de la mañana) la batalla había asumido caracteres de horrible violencia: los peruanos, que contaban con la victoria, seguían confiados en su superioridad numérica y en la sorpresa de su ataque al “Zapadores”, hacían toda clase de esfuerzos para arrollarnos; el extenso y accidentado campo estaba sembrado de cadáveres y los que tenían la desgracia de caer heridos podían darse por muertos, porque ambos bandos estaban poseídos por un furor diabólico: no se perdonaba a nadie y como las municiones se habían consumido casi en su totalidad y las distancias se habían reducido a unos cuantos metros, la matanza se hacía a punta de bayonetas, a culatazos, a cuchillo y el que no tenía ya ni una ni otra, se cruzaba a bofetadas o mataba o moría apretándole el ‘cogote’ al enemigo.”

“… Nuestros soldados, desesperados, locos por la sed y por la rabia de verse en la impotencia para vencer, se habían convertido en verdaderas fieras y sabiendo que la muerte había de venir de una u otra manera, mataban sin lástima ni cuartel. Vi muchos de los nuestros que, heridos y sin poder defenderse ni recibir auxilio, porque cada cual atacaba o se defendía solo o en grupos sin preocuparse de los demás, al ver que iban a ser muertos a bayoneta por un grupo de peruanos que se precipitaban como perros sobre ellos, se incorporaban para injuriar a sus victimarios y antes de ser despedazados, los escupían.”
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