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6 películas basadas en falacias científicas



Lucy (Luc Besson, 2013)



El mito: Como hemos señalado antes, la premisa de Lucy se apoya en la creencia de que los seres humanos sólo aprovechamos el 10% de nuestra capacidad cerebral. Atribuida a Albert Einstein (falso) y al autor de libros de autoayuda Dale Carnegie (posiblemente cierto), esta falacia asegura que buena parte de nuestra masa encefálica permanece inactiva, vetándonos así el acceso a habilidades tales como la telepatía, la telequinesis, el aprendizaje instantáneo y otras bicocas. A las que habría que se añade, según revela Scarlett en Lucy, la de pasar en segundos de rubia permanentada a morena con pelo liso, con lo que ahorra eso en peluquería.

La realidad: La técnicas médicas actuales, como la tomografía de positrones y la resonancia magnética, han desarmado esta falacia para los restos: según revelan dichos procedimientos, todas las áreas de nuestro cerebro son funcionales y tienen una misión que cumplir. Otros detalles que juegan en contra del mito son el enorme gasto energético del sistema nervioso (el 20% de los nutrientes que consumes va a parar a él, una cantidad inmensa en proporción a su tamaño) y, entrando en terrenos sombríos, las terribles consecuencias provocadas por tumores, lesiones neurológicas y otros desastres. Si la mayor parte de la capacidad cerebral permaneciese latente, muchos de esos daños apenas se harían notar, dado que afectarían a zonas poco o en absoluto usadas. Ante tales hallazgos, los defensores actuales de esta teoría prefieren hablar de “energía mental” u otros conceptos abstractos, y no probados, en lugar de referirse directamente a lo fisiológico.



Looper (Rian Johnson, 2012)



El mito: Básicamente, que viajar hacia atrás en el tiempo es posible. Está claro que se trata de una hipótesis, pero todo parece indicar que, con la tecnología adecuada (no necesariamente en forma de DeLorean con condensador de fluzo), uno podría retroceder unas décadas en la corriente cronológica para, como Bruce Willis en este filme, evitar que un líder mafioso con poderes mentales se convierta en el dictador de toda la Tierra.

La realidad: Los físicos teóricos llevan décadas convencidos de que el viaje en el tiempo sólo es posible en una dirección: hacia adelante. Simplificando mucho, digamos que la forma más cara de realizar dicho desplazamiento consiste en construir un vehículo de velocidad superior a la de la luz (véase la Paradoja de los Gemelos) y la más barata permanecer cómodamente sentado en tu sillón (leyendo la web de CINEMANÍA, por ejemplo) mientras dejas correr los minutos. En cuanto a lo de visitar el pasado, nos tememos que la única teoría plausible al respecto, formulada por el profesor de Princeton J. Richard Gott y basada en el concepto de las curvas cerradas de tipo tiempo, requeriría la mitad de la energía disponible en todo el universo para propulsar la máquina de rigor. El gran Stephen Hawking, siempre sibilino, tiene una forma más cachonda de expresar esta negativa: si es cierto que la corriente cronológica puede recorrerse en sentido inverso, se pregunta el sabio, ¿cómo es que nuestra época no está llena de turistas procedentes del futuro?



Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997)


El mito: Engendros nacidos de la muerte de las estrellas, tan densos que ni la luz se les escapa, capaces de alterar el tejido de la realidad tal y como la conocemos… ¿Necesitan los agujeros negros algo más para acabar de resultarnos aterradores? Pues sí: algunas teorías recogidas (y exageradas) en filmes de ciencia-ficción afirman que cada estas aberrantes entidades cósmicas son puertas hacia universos paralelos. Y, según indica aquí el churri de Milla Jovovich, uno de dichos universos es nada menos que el Infierno. En comparación, incluso una película tan lóbrega como El abismo negro resulta optimista.

La realidad: Al tratarse de una colisión sin frenos entre la astrofísica y la mecánica cuántica, todo dato sobre los agujeros negros debe ser cogido con pinzas por los profanos (como nosotros). Dejémoslo en que, por un lado, existe la figura del Puente de Einstein-Rosen (“agujero de gusano”, para los amigos), un agujero negro tan denso que podría “doblar” el espacio-tiempo, llevándonos, bien a un punto diferente de nuestro propio universo, bien a otro universo diferente. Por otra parte, la singularidad gravitacional, el negro corazón del agujero, podría contener una cantidad infinita de materia e incluso albergar un universo entero dentro de sí. Muy bonito, ¿verdad? Pues aquí empiezan los problemas: para empezar, acercarse a un agujero negro conlleva inconvenientes como la radiación, la dilatación del tiempo debida a la extrema gravedad y, sobre todo, la “espaguetización”, un proceso merced al cual (simplificando mucho) todo cuerpo que cruza el horizonte de sucesos acaba deformado y destruido sin importar lo resistente que sea. Algo incompatible con un viaje cómodo, y también con la vida del posible viajero. Y, en caso de que aún haya alguien con ganas de intentarlo, un último detalle: el viaje a través del horizonte de sucesos sólo tiene lugar en una dirección. Con lo cual, regresar a nuestro plano de existencia para masacrar y torturar, como Sam Neill en la película, resultaría tirando a difícil.



Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993)



El mito: Si el ADN de un ser vivo contiene la totalidad de su información genética, clonar dinosaurios no parece tan difícil: sólo necesitamos encontrar la suficiente cantidad de material genético (dentro de mosquitos conservado en ámbar, sin ir más lejos) como para recrear el código de cada especie. Y, si con los milenios y todo eso, dicho ADN ha quedado incompleto, tampoco hay problema: lo remendamos con cromosomas de aves y reptiles, y ya podemos darnos el placer de hurgar en las deposiciones de un brontosaurio.

La realidad: ¿Te dan miedo los velocirraptores? Pues estás de enhorabuena. Un estudio científico publicado en 2012, reveló que el ADN mitocondrial contenido en un fósil comienza a degradarse a partir de los 521 años, y eso en condiciones óptimas de conservación. Como los dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años, los restos de su código genético que han llegado hasta nosotros son totalmente ilegibles, amén de inútiles para recrear reptiles gigantes en serie como si de la oveja Dolly se tratara. Y, antes de que preguntes: usar ADN de ranas hermafroditas para completar el código no funciona. Dado que este hallazgo se produjo 22 años después de que Michael Crichton publicase su novela, sentenciemos que las explicaciones del Señor ADN iban de buena fe y no pretendían timarnos.


Melancolía (Lars Von Trier, 2011)




El mito: Como sabemos, el espacio es un lugar grande. Muy grande. Infinito, incluso. Tan vastas son sus dimensiones, que en él pueden pulular toda clase de objetos. Como, por ejemplo, un planeta gigante capaz de reducir la Tierra a papilla. Y no sólo eso: la inmensidad del Cosmos es tal que no descubriríamos dicho cuerpo hasta pocos meses antes del impacto. Y, para colmo, dadas las inmensas dimensiones del objeto, ni siquiera nos quedaría la opción de llamar a Ben Affleck, Bruce Willis y Steve Buscemi para que lo dinamitaran, en plan Armageddon, sino sólo la de deprimirnos como Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg.

La realidad: Vaya, vaya, señor Von Trier. Tan exquisito y culto que parece usted (salvo cuando le da por decir burradas, claro) y luego resulta que nos vende un filme basado en la misma falacia usada por Michael Bay: la de que, en caso de que un cuerpo celeste de tamaño extra se acercase a nuestro planeta con pérfidas intenciones, no nos daríamos cuenta de su presencia hasta el último momento. Según sentenció en su día el astrofísico y divulgador Neil DeGrasse Tyson hablando de Armaggedon, precisamente, el hecho de que el vacío estelar sea eso, un vacío, hace que los objetos que se mueven por él llamen bastante la atención, con lo cual “si un asteroide gigante se dirigiese hacia la Tierra, seríamos conscientes de su presencia desde hace 200 años por lo menos”. Basándonos en esto, cabe suponer que un planeta errante (o ‘planeta huérfano’) más grande que Júpiter, como el usado por Lars para cumplir su sueño de mandar a la humanidad al garete, se haría notar más que Miley Cyrus en un convento de ursulinas. Sin ir más lejos, actualmente se tiene constancia de que el asteroide 99942 Apofis (una preciosidad de 20 millones de toneladas) podría impactar contra nosotros en torno a abril de 2036: según las estimaciones más recientes, las probabilidades de que eso ocurra son de 3,9 en un millón, pero por si las moscas procura hacer hueco en tu agenda.



Buscando a Nemo (A. Stanton, L. Unkrich, 2003)



El mito: Con ese cerebro tan diminuto que tienen, los peces pequeños deben tener una inteligencia minúscula, y sobre todo una memoria de lo más deficitaria. De ahí que, conforme a la creencia popular, un pez cirujano como nuestra querida Dory sólo pueda recordar las cosas durante tres segundos.

La realidad: Una vez más, los señores de Pixar demuestran ser más listos que nadie: en vez de recurrir a una falacia científica para armar una película, Buscando a Nemo aprovecha una leyenda urbana como fuente de gags y para caracterizar a un personaje. ¿Nunca te has preguntado por qué, si Dory tiene lo que se conoce como ‘memoria de pez’, el sufrido Marlin retiene las cosas con normalidad? Pues porque, según las investigaciones más recientes, los peces tienen muy buena memoria en proporción a su masa encefálica: especies habituales en los acuarios, como el pez paraíso, han demostrado ser capaces de retener datos durante más de 11 meses, aprovechando dicha memorización para aprendizajes de estímulo-respuesta. En realidad, según explican los diálogos del filme, Dory sufre amnesia global transitoria, la enfermedad (humana) padecida por Guy Pearce en Memento.






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