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Así decide el cerebro la severidad de un castigo



Las imágenes truculentas de un crimen y la intencionalidad de un acto activan la amígdala cerebral e imponen un castigo más duro


La resonancia magnética muestra cómo se «enciende» la amígdala, un conjunto de neuronas que juega un papel clave en el procesamiento de emociones

Los hechos puros y duros de un acto criminal no son lo único que influye en la decisión de un jurado. Los abogados saben muy bien que el lenguaje utilizado, la teatralización y la forma de presentación de un caso pueden decidir un juicio, casi tanto como las pruebas presentadas. Esto es lo que ahora ha comprobado un estudio científico con imágenes cerebrales tomadas de 30 voluntarios en el momento de decidir un castigo. El objetivo de la investigación era identificar los mecanismos cerebrales que participan en esta toma de decisión y cómo se decide si un acto fue o no intencionado.

Los resultados, publicados en la revista «Nature Neuroscience», demuestran claramente que manipular el lenguaje de forma truculenta o mostrar imágenes del suceso conduce a un castigo más severo, pero esto solo sucede en los casos en los que el daño fue deliberado. Ni la forma de la narración ni las fotografías o vídeos influyen en la dureza del castigo si la persona que debe juzgar sabe que el daño causado no era intencionado. La amígdala, un conjunto de neuronas en forma de almendra participó activamente.

Escáner cerebral
El experimento se hizo tomando imágenes de la actividad cerebral de 30 voluntarios por resonancia magnética. A veinte hombres y diez mujeres con una edad media de 23 años les escanearon el cerebro mientras les leían una serie de actos y argumentos que describían las acciones de un suceso inventado. En él un protagonista llamado John hacía daño a otro llamado Steve y a María. Las historias representaban cuatro sucesos con resultados diferentes: la muerte, la mutilación, el daño a la propiedad y el asalto físico. En la mitad de estas historias se identificaba el suceso como claramente intencionado y en el resto como involuntario y se facilitaron dos versiones de cada escenario, una con una descripción objetiva y otra gráfica.

Después de leer cada una de estas historias se pidió a los voluntarios que pusieran el castigo que merecía John en una escala de cero (sin castigo) a nueve (el más severo). Las respuestas dejaban claro que la descripción de los hechos es clave en la intensidad de la pena.

Intencionalidad
También las resonancias magnéticas mostraron las áreas del cerebro que participan directamente en la decisión. Una de ellas fue la amígdala, una de las zonas implicadas en el procesamiento de las emociones. Cuando los voluntarios veían imágenes truculentas su amígdala se activaba. Sin embargo, el efecto solo se notaba cuando se sabía que había intencionalidad en el acto. Cuando el daño se hizo sin intención, se hizo más activa una red de regulación diferente y pareció suprimir las respuestas de la amígdala a las fotografías.

La amígdala también mostró mayor comunicación con la corteza prefrontal dorsolateral, un área cerebral involucrada en la toma de decisiones.

Estudios previos ya habían probado que la decisión de imponer un castigo más o menos severo se basaba en la percepción de intencionalidad, pero la base neuronal para explicarlo era desconocida. Esto es lo que ofrece ahora el trabajo del grupo de Michael Treadway de la Universidad de Harvard y autor principal del estudio.
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