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Cuento corto.

No hay nada más interesante y rutinario que revisar tu bandeja de correo electrónico por la mañana. No sabes que te deparará aquella lista de correos en la cual los remitentes, algunas veces desconocidos, pueden intentar persuadirte con cualquier clase de contenido. Quizá pueda ser una empresa ofreciéndote algún servicio o producto del cual no estás del todo convencido que sea una necesidad de tu día a día. Puedes encontrarte también con alguna emisiva de la persona que más extrañas y añoras, con aquella que querrías vivir por siempre y morir con ella, o solo tal vez alguna actualización de una de tus redes sociales. Así las cosas inicio todo, una notificación de alguien que había decidido seguirte en twitter posiblemente porque tienen cosas en común.

Abrí el perfil de la persona y esta era una chica que le gustaba leer libros; de esos de papel que muchas personas tienen olvidados así como se olvidan los viejos amigos, maestros y compañeros de la escuela primaria que aunque tú no lo consideres, te ayudaron a forjar un carácter y una personalidad en aquellos años que aún no tenías una plena conciencia del porque ocurren las cosas, pero a su vez, influye en la cotidianidad de tus días para que, sinérgicamente cada fragmento de tu historia sea un sistema de complejidades en el cual te reconozcas como “yo”.

Decidí corresponder la petición de seguimiento porque parecía alguien inteligente, a la que valía la pena seguir puesto que podemos tener perspectivas similares y enriquecernos con los que diferenciamos. Le gustaba leer así aquella persona podría mantener en su mente un mundo de conocimiento ilimitado y osado como cualquiera de este universo. Creo que en sus ojos podría tener todo un universo.

Ella lee libros y yo fumo, así comenzó todo. Yo estoy seguro de lo que inhalan mis pulmones: Una marca, un olor, un sabor, una consistencia, una resistencia, un vicio, un vacío, un filtro, una esperanza, varias desesperanzas, un poema, alguna larga conversación banal terminando mis clases de inglés caminando con mis amigos, una canción o algún suspiro. Pero de ella no sabía nada, de sus gustos por la lectura era más que evidente pero cuando te encuentras en estos, son tan extensos como la vida misma y tan metódicos como las personas. No sabía si ella habría podido lidiar con una teoría de hilos que jamás comprendí de Jöel Scherk y John Henry Schwarz, si yo las únicas cuerdas que ocupaba eran las de mi guitarra y las vibraciones que buscaba en ellas más que físicas eran acústicas y emocionales. Probablemente ella sí había podido comprender la tan incomprensible por muchos Rayuela de Julio Cortázar o quizá no le pasaba como a mí que al leer el marqués de sade me hace sonrojarme al pensar que soy mucho más pervertido que él. No, no lo creo, estoy exagerando. Quizá ella solo lea novelas románticas para adolescentes en las cuales se vea reflejada así como yo me refleje en ella.

Ella lee libros y yo soy soñador, por no decir ingenuo u alguna otra palabra que pudiese ofenderme por autonombrarme con un adjetivo fuerte. Ella dejó de seguirme en twitter y no sé si continuaré con esa conexión que establecí con ella y sus recomendaciones de libros, con esa sonrisa fresca y con aquellos ojos que debieron haber gastado muchísimas emociones, entre las líneas de varios autores, creyendo y pasando compañías en las extensas madrugadas de un mundo común en su mente. Aún no sé cómo actuaré y no parecer tan predecible porque no me gustaría parecerlo. Cada persona es un libro nuevo y este se deja a la interpretación del lector.
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