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E.T. y la exobiología!!!


Un elevado número de biólogos cree que la vida es una rara excepción en un universo sin vida.

Entre ellos, el evolucionista Ernst Mayr, piensa que el origen de la vida en la Tierra debió ser un evento aleatorio feliz y altamente improbable, casi un milagro. Sin embargo, muchos otros apuestan por la opinión contraria. Para éstos, la vida sería casi un imperativo cósmico, una ocurrencia frecuente en un firmamento palpitante de vitalidad. ¿Quién tiene razón? ¿Es la vida un milagro exclusivo del planeta azul o una norma omnipresente del universo? El dilema que plantean ambas hipótesis podría resolverse si se encontrase vida en otros lugares.

Los partidarios de la vida en otros planetas opinan, siguiendo las premisas evolucionistas, que dadas las condiciones adecuadas, cualquier astro del universo podría albergar seres vivos, aunque éstos pudieran hallarse todavía en una fase microscópica. Este es el principal interés de las misiones a Marte y a otros planetas del sistema solar. La teoría de la evolución es incapaz de aceptar que sólo exista vida en la tierra, de ahí el interés por descubrirla también en otros mundos. Habitualmente se recurre al cálculo de probabilidades. Si en el universo hay miles de millones de planetas, ¿por qué no puede haber organismos vivos en alguno de ellos, e incluso seres inteligentes similares a los humanos? Tales planteamientos han dado pie a los famosos radiotelescopios que otean el horizonte astronómico intentando descubrir señales emitidas por extraterrestres racionales a quienes se les haya ocurrido lo mismo que a nosotros: comunicarse con sus vecinos. A veces, tal interés se exagera, dando pie a individuos que dicen hablar cada día con marcianos o explican que, en el último viaje que realizaron en ovni, fueron abducidos sin piedad por pequeños humanoides cabezones parecidos a E.T.

¿EXISTEN E.T.?


Conviene adelantarse a decir que, hoy por hoy, la existencia de vida extraterrestre, tanto inteligente como bacteriana, es una posibilidad que no ha sido demostrada científicamente. Se trata de un acto de fe que carece de cualquier comprobación experimental. Hemos visto la imposibilidad en que se encuentra la ciencia para demostrar el origen de la vida por evolución a partir de la materia en nuestro propio planeta, ¡cuánto menos en algún otro! La vida requiere de un diseño tan minucioso e inteligente, que no permite siquiera poder pensar en la posibilidad de que se haya originado por azar en algún otro lugar desconocido. Esto parece no tenerse en cuenta, cuando se afirma gratuitamente la posibilidad de que existan bacterias en otros planetas del sistema solar.

No obstante, hay otra manera de ver las cosas. Si la vida no es el producto de la evolución ciega, sino del diseño de una mente inteligente, como hemos venido proponiendo a lo largo de esta serie, entonces lo lógico sería que existiera sólo donde dicha mente la hubiera creado. No tendría por qué aparecer de manera aleatoria en cualquier rincón del cosmos, sino únicamente en el lugar elegido por su diseñador. Si esto hubiera sido así, tal como creemos, es muy probable que los seres vivos fueran una característica exclusiva de nuestro planeta. Cabría esperar, por tanto, que aún cuando en algún otro pudieran existir moléculas parecidas a las orgánicas o ambientes apropiados para la vida, ésta como tal fuera privilegio y monopolio de la Tierra. De hecho, todo lo que se conoce del cosmos hasta el presente, viene a confirmar esta segunda opción.

Las sondas espaciales han visitado ya la mayor parte de los planetas del sistema solar. El ser humano hace ya bastantes años que caminó sobre la Luna y ahora cree poderlo hacer también en Marte. Actualmente se comprenden las numerosas cuestiones ambientales y de climatología que imperan en el resto de los planetas y satélites vecinos. Sin embargo, la hipotética vida extraterrestre se muestra altamente esquiva. De momento, la recién creada exobiología (o bioastronomía), nueva rama de la astronomía dedicada al estudio de la vida extraterrestre, carece de objeto de estudio, puesto que no se conoce ningún tipo de vida fuera de la Tierra. Se ocupa, más bien, de analizar procesos químicos no biológicos de otros planetas, con la esperanza de descubrir si son adecuados o no para el surgimiento de la vida por evolución, así como de las condiciones de habitabilidad que existen en otros mundos. Pero, en realidad, se trata de una disciplina que persigue una entelequia, algo irreal que sólo existe en la imaginación de los exobiólogos.

A pesar de los esfuerzos por descubrir señales de radio de civilizaciones alejadas, la realidad es que hasta ahora no se ha encontrado absolutamente nada. Luis Ruiz de Gopegui, quien fue Director de la Estación de Seguimiento de Vehículos Espaciales de la NASA en España, confesó en una entrevista realizada por la revista Mundo Científico (2001) que durante el tiempo que trabajó en la NASA,

“... jamás hemos recibido una señal de vida extraterrestre, ni hemos tenido contacto alguno con una civilización extraterrestre. [...] Llevamos cincuenta años intentando comunicar, por un medio u otro, con posibles civilizaciones extraterrestres próximas a la nuestra y, lamentablemente, no hemos conseguido nada. Es muy difícil que tengan éxito.”

El escepticismo de Ruiz de Gopegui se debe a su convicción de que, incluso suponiendo que existiera vida extraterrestre, ésta estaría tan alejada de la Tierra que sería imposible el contacto mutuo o la comunicación. Podría ser que no se diera coincidencia en el tiempo, que en el pasado hubiera habido alguna civilización que ya haya desaparecido. También cabría la posibilidad de que tal civilización se desarrolle en el futuro cuando el ser humano se haya extinguido de la faz de la Tierra. En su opinión, con independencia de que exista o no vida extraterrestre, la probabilidad de que entremos en contacto con ella es extremadamente baja, por no decir nula.

Sin embargo, también cabe otra posibilidad para explicar esta ausencia de señales inteligentes procedentes del espacio, y es que realmente estemos solos en el universo. No se recibe nada porque quizás no hay nada que recibir. A pesar de lo mucho que supondría sintonizar emisiones de lejanas civilizaciones, sobre todo para el evolucionismo naturalista, lo cierto es que la inteligencia y la civilización parecen ser características exclusivas de nuestro pequeño y singular planeta azul. Es curioso constatar que la mayor parte de los defensores del programa SETI son los astrónomos y los físicos, mientras que sus mayores detractores resultan ser los biólogos. ¿Por qué? ¿no será porque éstos últimos son más conscientes de que la inteligencia es un fenómeno tan insólito que prácticamente no hay posibilidad de que se haya originado dos veces en dos mundos distintos?

¿SÓLO EL SER HUMANO?


Si la vida inteligente es tan infrecuente como para pensar que somos los únicos habitantes del universo, entonces cuesta creer que se haya desarrollado siquiera una vez por medios exclusivamente naturales. Y esto nos conduce directamente a la necesidad de un Creador inteligente que sea, a su vez, la causa de toda inteligencia. Esto es lo que afirma la Biblia. El ser humano vuelve a ser el centro del universo, precisamente porque Dios quiso colocarlo en ese lugar especial, para que como imagen suya actuara de mayordomo y cuidara de su maravillosa creación. Después de todo, no estamos tan solos en el cosmos porque Dios está a nuestro lado. Y mucho más cercano de lo que algunos piensan.

El físico Paul Davies, con su tradicional tono provocativo, escribía a principios de los 80, en su obra Dios y la nueva física, acerca de los problemas que supondría para la teología cristiana el descubrimiento de individuos inteligentes de otros mundos:

“La existencia de inteligencias extraterrestres tendría un impacto profundo sobre la religión, en cuanto destruiría por completo la perspectiva tradicional de un Dios que tiene una especial relación con el hombre. Las dificultades son particularmente agudas para la cristiandad, que postula que Jesucristo es Dios encarnado con la misión de salvar al hombre en la Tierra. La idea de una legión de Cristos que visitan sistemáticamente cada planeta habitado y que toman la forma física de las criaturas locales tiene un aspecto un tanto absurdo. Sin embargo, ¿de qué otro modo podrían salvarse los extraterrestres?”
(Davies, 1988: 84.)

La Biblia no dice nada al respecto, pero es evidente que si existieran seres con conciencia semejantes a nosotros en algún remoto lugar del universo, serían también criaturas de Dios y, con toda seguridad, él habría diseñado un plan específico para responder a sus propias características y necesidades espirituales.

Sin embargo, desde que Davies manifestó estas ideas, han pasado ya casi veinticinco años y las esperanzas de encontrar extraterrestres son cada vez menores. El escepticismo se ha empezado a apoderar de los astrónomos y muchos se atreven a confesar, como hemos indicado, que quizás estemos solos en el universo. Si esto es así, Dios no tendría por qué haber adoptado la forma de ningún extraterrestre, como irónicamente indica Davies, sino sólo encarnarse en un ser humano de carne y hueso. La fe cristiana acepta que Cristo murió en la Tierra para poner al hombre en paz con su Creador. Esto es lo que afirma la Escritura y lo que, hasta el día de hoy, permite creer también la ciencia.

Pienso que los países desarrollados de la Tierra, con Estados Unidos y Europa a la cabeza, deberían dejar de mirar tanto hacia Marte y los demás planetas, para enfocar mejor los problemas que tenemos en la Tierra. En vez de destinar presupuestos astronómicos en averiguar si hay agua y bacterias en dicho planeta, sería mucho más ético y necesario proporcionar agua y alimento a los pueblos sedientos y famélicos del mundo pobre. El dinero destinado a buscar señales procedentes de hipotéticas inteligencias extraterrestres, podría terminar con la miseria generadora de frustración, odio y violencia terrorista. Hoy, quizás más que nunca, se impone que el capital empleado en la famosa “Misión Marte”, sea destinado con más acierto a la “Misión Tierra.”



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