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El ateísmo no es el peor enemigo de Dios ¿lo puedes creer?

El ateísmo no es el peor enemigo de Dios ¿lo puedes creer?

(El presente post no desacredita la postura de la existencia de Dios.)

Para el siglo XVIII se preconizaba el pensamiento racional como la panacea de los problemas del mundo. El filósofo alemán Immanuel Kant afirmó “¡Atrévete a saber! —recomendó encarecidamente—. ¡Ten el valor de usar tu propia inteligencia!”
Esta fue la actitud característica del siglo de las luces, conocido también como siglo de la razón. Este período, que abarcó todo el siglo XVIII, estuvo marcado por una búsqueda obsesiva de conocimiento. “El escepticismo reemplazó a la fe ciega —dice el libro Milestones of History—. Se cuestionaron todas las ortodoxias antiguas.”
Una ‘ortodoxia antigua’ que estuvo bajo escrutinio fue la religión. “El hombre cambió su modo de ver la religión —dice el libro The Universal History of the World—. Ya no le satisfacía la promesa de ser recompensado en el cielo; pedía una vida mejor en la Tierra. Empezó a perder la fe en lo sobrenatural.” La mayoría de los filósofos del siglo de las luces despreciaron la religión. Culparon en particular al clero de la Iglesia Católica, ávido de poder, por mantener a la gente en la ignorancia.
Muchos de estos filósofos, insatisfechos con la religión, se hicieron deístas; creían en Dios, pero afirmaban que no tenía ningún interés en el hombre. Los deístas decían que Dios puso en marcha la creación, de manera parecida a un relojero, y luego le dio la espalda y se olvidó de ella. Según el libro The Modern Heritage, los deístas “creían que el ateísmo era un error nacido de la desesperación, pero que la estructura autoritaria de la Iglesia Católica y la rigidez e intolerancia de sus doctrinas eran aún más deplorables”. Algunos se hicieron ateos declarados, como el filósofo Paul Henri Thiry Holbach, que decía que la religión era “fuente de divisiones, locura y crímenes”. Con el paso de los años, muchas personas más se hastiaron de la cristiandad y compartieron los sentimientos de Holbach.
La ciencia, la filosofía, la tendencia hacia la indiferencia religiosa y el materialismo desempeñaron sus papeles en hacer surgir dudas y fomentar incredulidad respecto a Dios y la religión.


El aumento del conocimiento científico puso en tela de juicio muchas de las enseñanzas eclesiásticas basadas en interpretaciones erróneas de pasajes bíblicos. Por ejemplo, descubrimientos astronómicos por hombres como Copérnico y Galileo presentaron un desafío directo a la doctrina geocéntrica (que afirmaba que la Tierra era el centro del universo) de la iglesia. Además, con el entendimiento de las leyes naturales que rigen el funcionamiento del mundo físico, ya no fue necesario atribuir a la mano de Dios o la Providencia fenómenos que hasta entonces eran misteriosos, tales como el trueno y el relámpago, o hasta la aparición de ciertos astros y cometas. También empezó a sospecharse de los “milagros” y de la “intervención divina” en los asuntos humanos. De súbito, Dios y la religión les parecieron anticuados a muchos, y algunos de los que se consideraban al día se apresuraron a volverle la espalda a Dios, y acudieron en tropel a adorar la vaca sagrada de la ciencia.
No hay duda de que el golpe más fuerte contra la religión fue la teoría de la evolución. En 1859 el naturalista inglés Carlos Darwin (1809-1882) publicó su obra Origen de las especies y presentó un desafío directo a la enseñanza de la Biblia de un universo creado por Dios. ¿Cómo respondieron las iglesias? Al principio el clero de Inglaterra y de otros lugares denunció la teoría. Pero en poco tiempo la oposición empezó a desaparecer. Parece que las suposiciones de Darwin eran precisamente la excusa que buscaban algunos clérigos que en secreto habían tenido dudas. Así, mientras aún vivía Darwin, “clérigos de pensamiento profundo y clara expresión lograron convencerse de que existía plena compatibilidad entre la evolución y un entendimiento iluminado de las escrituras”, dice The Encyclopedia of Religion. En vez de defender la Biblia, la cristiandad cedió a la presión de la opinión científica y siguió lo que era popular. Al hacer eso, la institución que debería defender la existencia de un Dios, hizo lo contrario y socavó la fe en Dios.

A medida que adelantó el siglo XIX, los críticos de la religión se hicieron más atrevidos en su ataque. Ya no se contentaban con señalar los fracasos de las iglesias; empezaron a cuestionar los fundamentos mismos de la religión. Plantearon preguntas como: ¿Qué es Dios? ¿Por qué se necesita a Dios? ¿Cómo ha afectado a la sociedad humana el creer en Dios? Hombres como Ludwig Feuerbach, Karl Marx, Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche presentaron sus argumentos en términos filosóficos, sicológicos y sociológicos. Teorías como las de ‘Dios es sencillamente la proyección de la imaginación del hombre’, ‘La religión es el opio del pueblo’ y ‘Dios está muerto’ parecían novedosas y excitantes en comparación con los dogmas y tradiciones aburridos e ininteligibles de las iglesias. Parecía que finalmente muchos habían hallado una manera clara de expresar las dudas y sospechas que habían abrigado en su interior. De buena gana se apresuraron a aceptar aquellas ideas como la nueva verdad infalible.


¿Qué hicieron las iglesias cristianas al verse bajo el ataque y escrutinio de la ciencia y la filosofía? No se declararon a favor de lo que la Biblia enseña, sino que cedieron a la presión y transigieron hasta en artículos de fe tan fundamentales como el de que todo ha sido creado por Dios y la autenticidad de la Biblia. ¿Qué resultado tuvo esto? Las iglesias de la cristiandad empezaron a perder credibilidad, y la fe de muchas personas decayó. El que las iglesias ni siquiera se defendieran abrió de par en par las puertas para que las masas de la humanidad salieran de ellas. Para muchos la religión pasó a ser solo una reliquia sociológica, algo para marcar los puntos importantes de la vida de uno: el nacimiento, el matrimonio y la muerte.
Actualmente ha surgido en la sociedad otro movimiento ateo, más agresivo. Se denominan los nuevos ateos, y no se limitan a tener sus propias opiniones, sino que han emprendido una cruzada “activa, furiosa y apasionada a fin de convencer a los creyentes de que adopten su manera de pensar”, escribió el periodista Richard Bernstein. No permiten que haya dudas: hasta los agnósticos están en su punto de mira. Para los nuevos ateos, Dios no existe, y punto.
“El mundo necesita despertar de esta larga pesadilla de las creencias religiosas”, afirmó el premio Nobel Steven Weinberg.
Y en otra ocasión dijo: “Todo lo que los científicos podamos hacer para debilitar el control de la religión debemos hacerlo y quizá esto sea al final nuestra mayor contribución a la civilización”. Una de las armas empleadas para debilitar ese control es la palabra escrita, que parece suscitar considerable interés, a juzgar por los éxitos de ventas de algunos libros firmados por los nuevos ateos.
La religión ha contribuido a esta cruzada, pues la gente se ha hartado del terrorismo, el extremismo y los conflictos religiosos que plagan al mundo. “La religión lo envenena todo”, dice uno de los líderes de este movimiento. Además, califica de veneno, no solo las posturas extremistas, sino también las creencias religiosas en general. Los nuevos ateos declaran que hay que desenmascarar y abandonar los dogmas centrales y reemplazarlos por la racionalidad y la razón. Sam Harris opina que la gente debe hablar sin temor y con claridad de las “montañas de sandeces que suponen una amenaza para la vida” contenidas en la Biblia y el Corán. Afirma: “No podemos seguir permitiéndonos el lujo de la corrección política”.
En fin de cuentas la mayoría de los que han dejado de buscar y de creer en Dios no lo han hecho porque hayan examinado por sí mismos cuidadosamente las pruebas. Más bien, muchas de esas personas se han apartado porque la cristiandad no ha presentado al verdadero Dios de la Biblia. Como dijo el escritor jesuita francés Paul Valadier: “Fue la tradición cristiana la que produjo como fruto el ateísmo; llevó al asesinato de Dios en la conciencia de los hombres al poner ante ellos un Dios en quien no se podía creer”. Y los seguidores del Corán, los que atraen las noticias, han demostrado un fanatismo que hace imposible aceptar la intervención de un Dios o su existencia, o por menos identificarse con tal criterio religioso.

Y como reza el dicho: Con amigos así ¿para qué quiero enemigos?
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