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El Fracaso de Keynes.

El éxito de la teoría económica que propuso Lord Keynes no se debió a que sus fórmulas funcionaran, pues jamás lo hicieron. El motivo por el que logró la popularidad que aun hoy tiene fue que ofrecía al mundo una suerte de varita mágica para salir de las crisis, una especie de botón que, con ser pulsado, genera crecimiento económico. Lo único que había que hacer era aumentar el gasto público y bajar los tipos de interés. Así, un agregado tan difuso como es la demanda agregada induciría una mayor riqueza en la sociedad, y se saldría rápido de cualquier recesión. La primera vez que se puso en práctica fue después del crack del 29, y el resultado de tan brillante receta fue la Gran Depresión. De ahí hasta hoy, el keynesianismoha ido de fracaso en fracaso sin apenas perder popularidad.



En la crisis actual, los Gobiernos occidentales, que desde España a Estados Unidos han aplicado a rajatabla esas teorías averiadas, han comenzado a dar marcha atrás a sus planes de incremento de gasto público. Han logrado prolongar el estancamiento económico dejando una pesada deuda y una estructura de gasto público deficitario muy difícil de reequilibrar. Los hay que tras defender a pies juntillas los incrementos de gasto público aún no asumen el desacierto, y patalean desde sus tribunas, como es el caso de Paul Krugman desde el The New York Times.



Keynes, cuando propuso que el Gobierno sustituyera la demanda de la sociedad mediante el gasto público, olvidó pensar que ese dinero tenía antes que sacarse de algún sitio. Sólo con eso ya es suficiente para demostrar que la teoría es errónea. Al final, ese dinero sólo puede salir de tres sitios, y en la crisis actual los tres se han exprimido al máximo. Puede imprimirse, con lo que no sólo no se producirá crecimiento real, sino que se disparará la inflación y se provocarán distorsiones en la estructura productiva en forma de burbuja. También puede sacarse del contribuyente, con lo cual se incrementa el gasto público deprimiendo a su vez el consumo privado, que por definición es más eficiente que el público. Y en tercer lugar puede financiarse con deuda pública, con lo que se hipoteca el futuro y se redirige el poco crédito disponible hacia el Estado, puenteando a familias y empresas. En esta ocasión ha sido todavía peor, pues muchos Estados han llegado al borde de la quiebra, generando fuertes tensiones económicas internacionales, que no hacen sino posponer la recuperación y agravar la crisis. Resulta sorprendente que Lord Keynes y sus pupilos olvidaran tener en cuenta este punto.



Aunque muchos políticos y economistas ya aceptan que el incremento del gasto público es un error, todavía la mayoría cae en el error de solicitar que se bajen los tipos de interés, incluyendo liberales brillantes en otros aspectos como Milton Friedman. Y es que el tipo de interés es, tal vez, el precio más importante de la economía. Es el precio que casa el ahorro disponible con la demanda de crédito, de forma que fija la cantidad exacta y los proyectos en los que debe invertirse para no generar una burbuja. Manipulando el tipo de interés a la baja, como acostumbran a hacer los bancos centrales, este equilibrio se descuadra y se generan nuevas burbujas o se tratan de reavivar las antiguas, posponiendo la necesaria reestructuración del sistema productivo. Todo el aparente crecimiento económico que pueda surgir de la manipulación a la baja de los tipos de interés es artificial, no real, y se traduce en inflación y en fatales distorsiones de la estructura productiva.



El problema de fondo es que Keynes jamás acertó a entender cuál era la causa de las crisis. Decía que los empresarios, inversores y consumidores se deprimían de forma repentina, sin causa aparente, y dejaban de invertir y consumir. Su éxito no fue dar con una fórmula correcta, sino engañar a la gente, economistas incluidos, de que todo podía arreglarse apretando un botón. Y la solución es mucho más complicada que eso, pues las crisis se deben a distorsiones del sistema productivo que deben corregirse. La solución, por tanto, debe hacerse a nivel microeconómico, empresa por empresa, inversión por inversión, con tiempo, paciencia y sufrimiento. Afortunadamente, aunque los políticos se empeñen en dificultar esa tarea, la sociedad está en ello.
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