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Ellos decían que estaba loco pero tenía razón



Genios incomprendidos. Aunque rompieron con los paradigmas de su época, diversos científicos e investigadores fueron incomprendidos y hasta condenados




Nicolás Copérnico



La teoría de Copérnico establecía que la Tierra giraba sobre sí misma una vez al día, y que una vez al año daba una vuelta completa alrededor del Sol. Además afirmaba que la Tierra, en su movimiento rotatorio, se inclinaba sobre su eje (como un trompo). Sin embargo, aún mantenía algunos principios de la antigua cosmología, como la idea de las esferas dentro de las cuales se encontraban los planetas y la esfera exterior donde estaban inmóviles las estrellas. Por otra parte, esta teoría heliocéntrica tenía la ventaja de poder explicar los cambios diarios y anuales del Sol y las estrellas, así como el aparente movimiento retrógrado de Marte, Júpiter y Saturno, y la razón por la que Venus y Mercurio nunca se alejaban más allá de una distancia determinada del Sol. Esta teoría también sostenía que la esfera exterior de las estrellas fijas era estacionaria.
Una de las aportaciones de la teoría de Copérnico era el nuevo orden de alineación de los planetas según sus periodos de rotación. A diferencia de la teoría de Tolomeo, Copérnico vio que cuanto mayor era el radio de la órbita de un planeta, más tiempo tardaba en dar una vuelta completa alrededor del Sol. Pero en el siglo XVI, la idea de que la Tierra se movía no era fácil de aceptar y aunque parte de su teoría fue admitida, la base principal fue rechazada.
Entre 1543 y 1600 Copérnico contaba con muy pocos seguidores. Fue objeto de numerosas críticas, en especial de la Iglesia, por negar que la Tierra fuera el centro del Universo. La mayoría de sus seguidores servían a la corte de reyes, príncipes y emperadores. Los más importantes fueron Galileo y el astrónomo alemán Johannes Kepler, que a menudo discutían sobre sus respectivas interpretaciones de la teoría de Copérnico. El astrónomo danés Tycho Brahe llegó, en 1588, a una posición intermedia, según la cual la Tierra permanecía estática y el resto de los planetas giraban alrededor del Sol, que a su vez giraba también alrededor de la Tierra.
Con posterioridad a la supresión de la teoría de Copérnico, tras el juicio eclesiástico a Galileo en 1633, que lo condenó por corroborar su teoría, algunos filósofos jesuitas la siguieron en secreto. Otros adoptaron el modelo geocéntrico y heliocéntrico de Brahe. En el siglo XVII, con el auge de las teorías de Isaac Newton sobre la fuerza de la gravedad, la mayoría de los pensadores en Gran Bretaña, Francia, Países Bajos y Dinamarca aceptaron a Copérnico. Los filósofos puros de otros países de Europa mantuvieron duras posturas contra él durante otro siglo más.




Charles Darwin




Se criticó el punto en el que Darwin decía que las variaciones o transformaciones eran heredables, porque según la teoría de la herencia mezclada la variabilidad heredable va disminuyendo de generación en generación y por lo tanto las transformaciones no se sostenía en el tiempo.

También fue criticado por la Iglesia y el hombre común (que había entendido que “el hombre descendía del mono”), para quienes la teoría de la evolución era un golpe a la idea de que el hombre era especial y diferente a las demás especies, Darwin, al poner al hombre en el mismo lugar que las demás especies, hiere el sentido de superioridad del hombre y fue una herida narcicística para él. El libro el origen de las especies de Darwin ponía en tela de juicio las palabras de la Biblia acerca de la creación del hombre y el mundo por parte de un Dios.




Ignacio Felipe Semmelweis




Ignaz Semmelweism fue un obstetra húngaro que, a mediados del siglo XIX, logró descubrir la naturaleza infecciosa de la fiebre puerperal (infección que puede producirse luego del embarazo) logrando controlar su aparición con una simple medida de antisepsia: lavarse las manos.

A los 28 años Semmelweism era asistente de la primera clínica ginecológica de Viena. Esta clínica recibía estudiantes de distintas partes de Europa, pero la fiebre puerperal causaba estragos. Semmelweism estaba conmocionado. Todos los días veía como morían y morían personas, por lo que comenzó a recopilar información para hacer algo al respecto.

Notó primero algo clave: apreció diferencias en las frecuencias con que se presentaba la enfermedad entre las dos salas de maternidad que habían. En la primera sala, donde trabajaban los estudiantes que tenían contacto con estudios anatómicos en cadáveres, el nivel era mucho mayor.

Por lo mismo concluyó: existía una "materia cadavérica" que era transportada por las manos de los médicos y estudiantes y que generaba la enfermedad. Tenían entonces que empezar a lavarse las manos.

Propuso el uso de soluciones con cloro para el lavado de manos de los médicos, antes y después de atender y examinar a sus pacientes. Esto se inició en mayo de 1847. Tuvo grandes resultados, como por ejemplo, reducir la tasa de mortalidad del 12,11% en 1842, al 1,28% en 1848.

Sin embargo, sus colegas no pensaron lo mismo. No sólo no lo apoyaron con su teoría, sino que también fue amenazado. Según ellos, lo que este doctor planteaba, era un insulto a la imagen de los demás médicos. Su propio jefe de Obstetricia, el Profesor Klein, estuvo en su contra y prohibió la medida sanitaria, por lo que la tasa de mortalidad aumentó nuevamente.

Muy amargado, dejó la clínica y comenzó a enseñar Obstetricia Teórica y Práctica en la Universidad de Pest, en Hungría, logrando aplicar su método y reduciendo notoriamente la tasa de mortalidad.



Dan Shechtman



Dan Schechtman descubrió los cuasicristales y fue humillado y ridiculizado por la comunidad científica. Pero retrocedamos un poco. Antes de esto, los científicos creían que en todos los sólidos los átomos se ordenaban para formar cristales siguiendo patrones simétricos que se repiten periódicamente una y otra vez.

El químico israelí entonces observó utilizando un microscopio electrónico, una estructura que se alejaba de esta configuración y el patrón que la configuración no se repetía. Descubrió así los cuasicristales.

Sus colegas, en tanto, dijeron que esto era simplemente imposible. Fue tal el rechazo, que el jefe de su laboratorio al siguiente día del descubrimiento, le regaló el manual cristalográfico que usaban, con un post it que decía "léelo".

Dos días después fue expulsado del laboratorio por ser una deshonra para el grupo. Fue tildado incluso de "cuasi científico", por otro colega suyo, el dos veces premio nobel, Linus Pauling.

Siguió adelante con su teoría y finalmente los laboratorios, poco a poco,comenzaron a darle la razón. Ganó el Premio Nobel de Química en 2011.



Louis Pasteur



Pasteur fue contactado en 1865 por el gobierno francés para que ayudara a resolver la causa de una enfermedad de los gusanos de seda del sur de Francia, la cual estaba arruinando la producción. Pasteur, como él mismo reconoció, no sabía nada de gusanos de seda, sin embargo creía que su ignorancia le significaba una ventaja, pues le permitiría afrontar el problema sin prejuicios. Tras los éxitos obtenidos, confiaba que el método científico sería la herramienta que revelaría el misterio y le ayudaría a encontrar una solución.

Emprendió una investigación de ensayo y error durante 4 años y tras estudiar meticulosamente las enfermedades del gusano de seda pudo comprender los mecanismos de contagio. Mediante el microscopio descubrió que realmente no tenían una enfermedad, sino dos, provenientes de sendos parásitos que infectaban a los gusanos y hojas de que se alimentaban. Su diagnóstico fue drástico: los gusanos y hojas infectadas tenían que ser destruidos y reemplazados por otros nuevos. Mediante una rigurosa selección pudo aislar un grupo sano y cuidó que no se contagiara. Sin embargo, no todo resultaba bien para Pasteur: sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó casi hemipléjico del lado izquierdo. En cuanto convaleció publicó un libro en el que detallaba sus ensayos y descubrimientos, conocimiento que otros países no tardaron en aplicar. Ya entonces la industria local de la seda recogía los frutos de su aporte y obtenía ganancias por primera vez en una década, y países como Australia e Italia imitaban ampliamente su técnica de selección.

El descubrimiento de la cura de la enfermedad de los gusanos de seda aumentó su fama y atrajo su atención hacia el resto de enfermedades contagiosas. La idea de que las enfermedades pueden ser trasmitidas entre criaturas vivientes era evidente en las epidemias, como el brote de cólera de 1854 en la calle Broad, Londres, que cobró la vida de 500 personas en un escaso radio de 200 metros. Mediante la interrogación de los infectados y el seguimiento epidemiológico del contagio, John Snow logró identificar el origen del brote una fuente de agua pública. Snow convenció a las autoridades de que clausuraran el pozo y la epidemia cesó. No obstante, la idea de una enfermedad contagiosa no resultaba obvia para la población, pues chocaba con el pensamiento de la época. La pieza que faltaba para dar coherencia a esta línea de pensamiento y resolver sus puntos débiles e inexplicables era descubrir qué era exactamente el tramisor de la enfermedad.

En estas circunstancias demostró experimentalmente y desarrolló la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, según la cual toda enfermedad infecciosa tiene su causa (etiología) en un ente vivo microscópico con capacidad para propagarse entre las personas, además de ser el causante de procesos químicos como la descomposición y la fermentación, y su causa no provenía de adentro del cuerpo debido a un desequilibrio de humores como se creía tradicionalente. Su teoría fue controvertida e impopular: resultaba ridículo pensar que algo insignificantemente pequeño hasta lo invisible pudiese ocasionar la muerte de seres mucho más «fuertes»




Sophie Germain



Nació en París el 1 de abril de 1776. Su padre, diputado de la Asamblea, disponía de una gran biblioteca a la que ella sacó gran provecho; desde los 13 años leía toda la tarde y al anochecer simulaba acostarse para luego continuar su lectura. Aprendió latín para poder leer a Newton y a Euler. Al enterarse sus padres de sus estudios científicos pusieron el grito en el cielo: la dejaron sin luz y calefacción para que no pudiera seguir leyendo por la noche, pero ella escondía una vela para continuar estudiando envuelta en una manta. El día que la encontraron dormida rodeada de cálculos matemáticos comprendieron que no conseguirían disuadirla y, aunque le permitieron que siguiera estudiando, jamás tuvo su apoyo; pensaban que una científica jamás podría casarse.

Las mujeres no han podido estudiar en la Escuela Politécnica de París hasta 1972 pero eso no impidió que Sophie tuviera acceso a las enseñanzas de Lagrange. Consiguió sus apuntes a través de un antiguo alumno amigo de la familia, Antoine-Auguste Le Blanc, y llegó a presentarle un trabajo firmado con ese seudónimo. Había tal brillantez en sus reflexiones que Lagrange quiso conocerle. A pesar de su sorpresa al encontrarse ante una mujer siguió reconociendo su valía y se convirtió en su profesor, con lo que logró entrar en las tertulias científicas.

No fue la única vez que utilizo el seudónimo de Le Blanc, también lo hizo para cartearse con Gauss después de leer su obra Disquisiciones Aritméticas. Esa obra despertó su pasión por la teoría de números, volcándose con la conjetura de Fermat y consiguiendo el mayor avance desde hacía dos siglos en su resolución con el Teorema de Germain. Cuando Napoleón invade Prusia, Germain intercede por Gauss ante un general amigo suyo para que le protegiera. Cuando Gauss se entera que su protectora es una tal Sophie se extraña y ella le escribe a Gauss una carta en la que admitía su condición femenina; a lo que Gauss contestó lo siguiente:


"Pero cómo describirte mi admiración y asombro al ver que mi estimado corresponsal Sr. Le Blanc se metamorfosea [...] cuando una persona del sexo que, según nuestras costumbres y prejuicios, debe encontrar muchísimas más dificultades que los hombres para familiarizarse con estos espinosos estudios, y sin embargo tiene éxito al sortear los obstáculos y penetrar en las zonas más oscuras de ellos, entonces sin duda esa persona debe tener el valor más noble, el talento más extraordinario y un genio superior."

En 1809, la Academia de las Ciencias de París convoca un premio extraordinario para aquella persona que justificara el comportamiento de las partículas cuando son sometidas a una vibración. El reto era tan duro que sólo Sophie presentó un trabajo (1811) y no ganó el premio al faltarle rigor (sin duda por lo errático de su formación). Aún así, su ensayo dio nuevas pautas a la investigación y se amplió el plazo del premio dos años más. Allí estuvo de nuevo Sophie con su Mémoire sur les Vibrations des Surfaces Élastiques y de nuevo quedó el premio desierto, aunque esta vez tuvieron que dar una mención honorífica a su trabajo. No se rindió: estudió, corrigió, revisó y por fin, en 1815, la Academia le concedió la medalla de oro.
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