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Frontera del universo uruwilli1

El Espacio: la última frontera
Desde que la Humanidad tomó consciencia de su existencia, hace cientos de miles de años, dirigió su mirada al firmamento tratando de entender qué eran aquellas luces que se encendían todas las noches, y que rotaban en la bóveda celeste al paso de las horas y de las estaciones. De alguna manera, desde siempre sospechó que allí estarían las claves de todo: de nuestro origen, de nuestra naturaleza, de nuestro futuro… Y noche tras noche, año tras año, siglo tras siglo, observó las estrellas y fue aprendiendo de ellas. Tuvieron que pasar cientos de miles de años hasta que hemos logrado tener cierta certeza de qué es lo hay más allá de la Tierra. Primero, en nuestra Galaxia, más tarde en otras galaxias, finalmente, hasta los mismos confines en el espacio y en el tiempo del Universo observable.





Pero durante todo este tiempo, la única información que la Humanidad recibió del Cosmos era la radiación electromagnética que le llegaba en forma de luz en el rango visible. En un claro ejemplo de adaptación múltiple, en nuestro planeta se conjugan tres hechos que son esenciales para entender la Historia de la Astronomía:

· En primer lugar, nuestro Sol tiene una temperatura superficial (unos 5.600 K) tal que su máximo de emisión se encuentra a una longitud de onda correspondiente a la luz amarilla. Nuestro Sol es una estrella bastante común, y de hecho estrellas de masa similar (y por lo tanto temperatura y color similares) al Sol son las más abundantes en el Universo.

· La atmósfera de la Tierra tiene una composición tal que deja pasar sin apenas absorción toda la luz procedente del Sol en torno al color de su máxima emisión. La evolución de la vida en la Tierra habría sido muy diferente en caso contrario.

· Tras un largo proceso de adaptación, el ojo humano, como el de la mayoría de los seres vivos, tiene su máxima sensibilidad en el color amarillo.





Gracias a estas circunstancias la Humanidad ha tenido acceso a la visión directa de las estrellas más comunes del Universo desde el principio de los tiempo. Y como siempre ocurre, durante mucho tiempo estuvo convencido de que realmente no había más que aquello que veía.

A lo largo del siglo XX los astrofísicos fueron desentrañando poco a poco los mecanismos por los que las estrellas se formaban, evolucionaban, generaban su luz, morían…. La Física alanzó un nivel de desarrollo tal que se pudo empezar a hacer predicciones fiables de fenómenos que no se podían ver. Así, los teóricos fueron postulando que realmente, además de la luz visible que podíamos ver, el Cosmos debía de ser mucho más rico: había muchos procesos físicos que tenían que emitir en otros rangos del espectro electromagnético.





La solución es evidente, pero complicada y muy cara: instalemos nuestros telescopios en el Espacio, fuera de la atmósfera terrestre. De esta manera podremos acceder a toda la emisión electromagnética procedente del Cosmos y, además, evitamos la perturbación en las imágenes que producen las turbulencias atmosféricas.

Hoy en día, toda una flotilla de Observatorios Espaciales escudriñan hasta el último rincón del Universo. Combinando la información que cada rango de energía nos proporciona hemos logrado desarrollar una imagen del Cosmos inmensamente más completa y rica que la que teníamos hasta hace pocos años. Pero llegar hasta este punto no ha sido fácil. Fue necesario el esfuerzo de muchos científicos e ingenieros, en circunstancias con frecuencia muy difíciles, desarrollar cohetes potentes y fiables como los que hoy tenemos.





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