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Guerra del Fútbol



La Guerra del fútbol o la Guerra de las 100 horas o la “miniguerra” como la llamó la revista Time, fue producto de las explosivas tensiones que había entre ambos países, dirigidos por gobiernos militares. Fue un conflicto armado ocurrido del 14 al 18 de julio de 1969 en América Central, entre las repúblicas de El Salvador y Honduras.
Esta guerra fue llamada así por la coincidencia de la tensión entre ambos países con un partido de fútbol que el 26 de junio de 1969 enfrentó a las selecciones nacionales de El Salvador y Honduras, con motivo de las eliminatorias para la Copa Mundial de Fútbol de 1970.
El nombre con el que se conoce a esta guerra fue acuñado por el reportero polaco Ryszard Kapuściński.




Ryszard Kapuscinski, el mejor periodista del siglo XX que entre 1958 y 1976 recorrió las zonas más conflictivas del planeta, llegó a Tegucigalpa horas antes de que estallara la guerra y dejó para la historia un reportaje mítico sobre los cinco días de enfrentamientos.


link: http://www.youtube.com/watch?v=bxvtPTS6Hnw

Si hay algo peor que una guerra, es una guerra que comienza con un pretexto rebuscado e injusto. La llamada Guerra de las Cien Horas o Guerra del Fútbol, término acuñado por el histórico periodista polaco Ryszard Kapuściński, llevaba gestándose desde los años veinte del siglo pasado. El odio hondureño hacia sus vecinos de El Salvador que emigraban a Honduras en busca de la prosperidad de la tierra que en su país no existía.


La historia tergiversada

La fase de clasificación para el Mundial de 1970 sirvió como pretexto, tras los partidos entre Honduras y El Salvador, para justificar la guerra. Las tensiones políticas se llevaban gestando desde hace mucho tiempo, pero la eliminatoria entre ambas selecciones fue la mecha prendida que estalló en el enfrentamiento bélico, que dejó más de seis mil civiles muertos y casi el doble de heridos.


CAUSAS DEL CONFLICTO
En junio de 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron por la clasificación para el Mundial en dos partidos que acabaron degenerando en un conflicto fronterizo. Ryszard Kapuscinski dejó para la historia un reportaje mítico sobre los cinco días de enfrentamientos.

El primer partido se jugó el domingo 8 de junio de 1969 en la capital de Honduras, Tegucigalpa.
Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento.

El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron víctima de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. A cada momento estallaban con estruendo los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los cláxones de los coches que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos llenos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie.

Al día siguiente, Honduras venció al equipo de El Salvador, muerto de sueño, por 1 a 0.

Cuando el delantero centro del equipo hondureño, Roberto Cardona, metió en el último minuto el gol de la victoria, en El Salvador, una muchacha de dieciocho años, Amelia Bolaños, que estaba viendo el partido sentada frente al televisor, se levantó de un salto y corrió hacia el escritorio, en uno de cuyos cajones su padre guardaba una pistola. Se suicidó de un disparo en el corazón.

«Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria», publicó al día siguiente el diario salvadoreño El Nacional. Transmitido en directo por televisión, al entierro de Amelia Bolaños asistió la capital entera. Encabezaba el cortejo fúnebre la compañía de honor del ejército de El Salvador, portando su estandarte. Detrás del féretro, cubierto con la bandera nacional, marchaba el presidente de la república acompañado de sus ministros. Tras el gobierno desfilaban los once jugadores del equipo de El Salvador, que esa misma mañana habían vuelto al país a bordo de un avión especial, no sin que antes, en el aeropuerto de Tegucigalpa, les llenaran de vituperios, les escupieran en la cara, los ridiculizaran y vilipendiaran.


Una semana después se celebraba en un campo de fútbol de bello nombre, Flor Blanca, de la capital salvadoreña, San Salvador, el partido de vuelta. Esta vez fue el equipo de Honduras el que pasó la noche en blanco: una multitud de hinchas encolerizados rompieron todos los cristales de las ventanas del hotel para, a continuación, arrojar al interior de las habitaciones toneladas de huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Los jugadores fueron llevados al estadio en carros blindados de la I División Motorizada de El Salvador, lo que los salvó de la venganza del vulgo sediento de sangre que se apiñaba a lo largo del trayecto, enarbolando los retratos de la heroína nacional, Amelia Bolaños.

Las afueras del estadio estaban tomadas por el ejército. Alrededor del campo mismo, cordones de soldados del regimiento de élite de la Guardia Nacional blandían sus metralletas listas para disparar. Cuando sonó el himno nacional de Honduras, el estadio estalló en gritos, silbidos, abucheos e insultos, que no cesaron hasta la última nota. A continuación, en lugar de la bandera nacional de Honduras, que había sido quemada minutos antes para gran júbilo de los espectadores, locos de alegría, los anfitriones izaron en el asta un harapo sucio y hecho jirones. Resulta evidente que, dadas las circunstancias, los jugadores de Tegucigalpa no pudieron pensar en el juego. Sólo pensaban en si iban a salir de allí con vida. «Menos mal que hemos perdido este partido», dijo con alivio el entrenador del equipo visitante, Mario Griffin.

El Salvador ganó por 3 a 0.


Directamente del campo de fútbol, el equipo de Honduras fue llevado al aeropuerto en los mismos carros blindados que lo habían traído. Peor suerte corrieron sus hinchas, que, golpeados y pateados sin piedad, huían hacia la frontera. Dos personas resultaron muertas. Docenas tuvieron que ser hospitalizadas. Ciento cincuenta coches hondureños fueron incendiados. Pocas horas después, la frontera entre ambos países quedaba cerrada.

Enterados de este maltrato hacia sus jugadores en Honduras sus habitantes salieron a la calle a agredir y saquear los negocios y casas de los habitantes salvadoreños. Las relaciones entre ambas naciones se habían roto definitivamente.

En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militares sólo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman «traidores a la patria» a los jugadores del equipo perdedor
.

Al no correr la diferencia de gol, ambas selecciones debían disputar un tercer partido. La FIFA dispuso que este encuentro se dispute en el Estadio Azteca de México el 27 de junio.

Ese día arrancó mal. El Salvador decidió romper formalmente las relaciones diplomáticas con Honduras y su presidente llamó a la constitución de un bloque de Unidad Nacional y a la formación de milicias. Por la noche los jugadores se saludaron en el terreno de juego sin saber lo que sucedía entre sus naciones y disputaron un encuentro con total normalidad que arrojó como resultado la victoria de El Salvador por 3-2 sobre Honduras en tiempo suplementario. La selección de El Salvador lograría luego su clasificación al mundial al vencer en tercer partido a Haití por 1-0 en Kingston, Jamaica.

Pese a la alegría por su pase a la final, El Salvador no daba muestras de querer frenar sus ataques ante Honduras. El 14 de julio el representante de Honduras ante la OEA (Organización de Estados Americanos) informó que El Salvador había comenzado un ataque masivo sobre su nación. La guerra había comenzado. El Salvador llegó a ocupar 1.600 KM cuadrados de territorio hondureño.


link: http://www.youtube.com/watch?v=pu9JkUDwJp0



¿Simplemente Fútbol?

El salvadoreño Juan Carlos Morales Peña es el autor de cinco tesis sociológicas y estratégicas sobre la guerra de 1969, donde define el conflicto bélico como una “cruzada por la dignidad nacional”.Muchos de sus juicios coinciden con los del coronel hondureño César Elvir Sierra, en su libro “El Salvador, Estados Unidos y Honduras”, donde hace una descripción documentada de los hechos que desde 1961 empezaron a marcar el camino del conflicto armado.

Un elemento importante en la tensión diplomática de ambos países fue la situación social en El Salvador y Honduras, cuando se buscaba por parte de los militares gobernantes en los dos Estados una salida conveniente para los grupos en el poder político de cada país. Los dos países contendientes se caracterizaban por tener una economía nacional basada en la producción de materia prima de origen agrícola, siendo muy escaso el poderío de la industria y el sector servicios de ambas economías. Una gran parte de la población de los dos países estaba formada por campesinos sin tierras, quienes trabajaban como jornaleros en fincas de grandes terratenientes.

Los grandes hacendados controlaban la mayor parte de la tierra cultivable en El Salvador desde los años 1920, siendo que los sucesivos gobiernos salvadoreños habían rechazado todo proyecto de distribución de tierras a campesinos pobres.

Esto llevó a la emigración constante de campesinos salvadoreños a regiones de Honduras cercanas a la frontera con El Salvador, pues si bien la extensión territorial de El Salvador era igual (entonces como ahora) apenas al 20% del territorio hondureño, la población salvadoreña era bastante más numerosa que la de Honduras en el año 1969: 3'600,000 salvadoreños ante 2'600,000 hondureños.

La sobrepoblación de El Salvador halló una válvula de escape en la emigración de campesinos salvadoreños a Honduras, país con menos población y con demanda de mano de obra no calificada, al punto que hacia 1969 había casi 300,000 jornaleros salvadoreños viviendo en Honduras, formando casi el 20% de los peones rurales de dicho país. Esto permitía a las élites de El Salvador reducir la alta densidad demográfica de su país sin sacrificar sus intereses financieros, evitando todo posible "reparto de tierras".



En 1969 la situación cambió en Honduras. Los grandes terratenientes hondureños también experimentaban la presión social de tener grandes masas de jornaleros sin tierras que podían ser fuente de revueltas contra el gobierno. Para paliar el descontento de los campesinos pobres de Honduras, el presidente Oswaldo López Arellano decidió realizar una reforma agraria pero sin afectar a los grandes propietarios de tierras (entre los que se contaba la empresa estadounidense United Fruit Company, dueña del 10% de la tierra cultivable de Honduras).

La solución del gobierno hondureño consistió en expropiar tierras a los campesinos salvadoreños que habían vivido ahí durante varias generaciones.
En 1962, el anuncio de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria durante el gobierno de Ramón Villeda Morales (1957-1963), se comienza a aplicar en el gobierno de Oswaldo López Arellano, dando paso a la recuperación de tierras que eran ocupadas de forma ilegal por salvadoreños. Y es ahí cuando inicia la deportación de ilegales que ocupaban tierras en Honduras. A esto se suma la disparidad en los beneficios económicos obtenidos en el mercado común centroamericano.

El terror fue el protagonista y se impuso la ley de las armas. Los grupos llamados “marchas bravas” se convirtieron en auténticos cazadores, iniciando una cruenta persecución de ciudadanos salvadoreños migrantes. Las cifras varían entre los cuatro mil y los cinco mil muertos solo entre estos grupos paramilitares armados. Auténticas milicias que, amparadas por la política llevada a cabo por el gobierno conservador hondureño, fueron el principal motor de presión para la definitiva deportación de salvadoreños.

Esta escalada de tensión fue aprovechada por los gobiernos de ambos países para orientar la atención de sus poblaciones hacia afuera, en vez de los conflictos políticos internos de cada país. Los medios de comunicación de ambos países jugaron un papel importante, alentando el odio entre hondureños y salvadoreños.

Los conservadores en el poder en El Salvador temían que la expulsión de salvadoreños de Honduras causaran tensiones sociales: más campesinos implicarían más presiones socioeconómicas en El Salvador (cosa que finalmente ocurrió), fue esta la razón por la cual las autoridades de El Salvador decidieron intervenir militarmente en Honduras.




La contienda
Fue una guerra breve (los combates duraron apenas cuatro días) y donde ambos bandos utilizaron aviones de combate notablemente obsoletos para la época.
Fue la última confrontación de la historia, donde combatieron aeronaves de pistón y hélice. Ambos bandos tenían en servicio material de origen norteamericano que sirvió al final de la Segunda Guerra Mundial. Se enfrentaron dos de las mejores aeronaves de este tipo jamás construidas, por un lado los F4U Corsair de la Fuerza Aérea Hondureña y por el otro, los P-51 Mustang de la Fuerza Aérea Salvadoreña, ambos bandos utilizando sus aviones C-47 Skytrain como bombardero improvisado cuando la Fuerza Aerea Salvadoreña bombardeo el Aeropuerto Internacional Toncontin en Honduras, como Honduras bombardeo el Aeropuerto de Ilopango






El ejército salvadoreño lanzó un ataque armado y consiguió acercarse a la capital Hondureña, Tegucigalpa.Según la revista Sucesos Centroamericanos, el primer ataque por sorpresa fue dirigido a Tegucigalpa, Gracias, Nueva Ocotepeque, Santa Rosa de Copán, Juticalpa, Amapala, Choluteca, Nacaome y Guaimaca en forma simultánea.Ningún bombardeo dio en el blanco.Pero con todo y su imprecisión, el ejército salvadoreño había iniciado su campaña “Capitán general Gerardo Barrios”, que tenía como meta conquistar territorio hondureño.

Pero una guerra necesita planificación y estrategia. La cúpula militar salvadoreña comenzó su diseño desde 1961 y eso hizo estragos en las filas Hondureñas.La derrota militar fue evidente, se conquistaron 1,600 kilómetros cuadrados, los guardias de Honduras retrocedieron, su fuerza aérea fue destruida en un gran porcentaje en tierra, detalla Morales Peña.

El objetivo estratégico era “la conquista de un espacio geográfico, zona de compensación, a fin de negociar las garantías de nuestros connacionales en Honduras”. Según se supo después, con la idea ingresar con sus tropas, avanzar hasta Tegucigalpa y así lograr una salida al mar Caribe.

Desde 1961 los incidentes en la frontera comienzan cuando un grupo de salvadoreños al mando del alguacil de Lajitas, El Salvador, Alberto Chávez, penetraron territorio hondureño por el sector de Dolores, La Paz, siendo repelidos por una patrulla de la extinta Guardia Civil al mando del delegado Fausto López y el inspector de hacienda Jeremías López.En el enfrentamiento murió Chávez
.

El gobierno salvadoreño acusó de esta muerte al hacendado hondureño Antonio Martínez Argueta, juzgado en ausencia por un tribunal de El Salvador.El 19 de junio de 1961, las autoridades salvadoreñas piden a Honduras investigar el hecho. Se comprueba que Chávez, tras ingresar a territorio hondureño, muere al enfrentarse a una patrulla de la Guardia Civil. El hecho ocurre en la Hacienda de Dolores, propiedad de Martínez Argueta, quien se encontraba en Tegucigalpa.

La Organización de Estados Americanos negoció un alto el fuego en la noche del 18 de julio que entró en vigor el 20 de julio. El gobierno salvadoreño exigió que cesara la persecución de sus compatriotas, pero la OEA le exigió antes desalojar suelo hondureño. Las tropas salvadoreñas se retiraron a principios de agosto.




Al final de la guerra, los ejércitos de ambos países encontraron un pretexto para rearmarse y el Mercado Común Centroamericano quedó en ruinas. Bajo las reglas de dicho mercado, la economía salvadoreña (que era la más industrializada en Centroamérica), estaba ganando mucho terreno en relación a la economía Hondureña.

Honduras y El Salvador permanecieron durante once años en estado de guerra latente. En 1980 restablecieron formalmente las relaciones bilaterales.

Las dos naciones firmaron el Tratado General de Paz en Lima, Perú el 30 de octubre de 1980 por el cual la disputa fronteriza se resolvería en la Corte Internacional de Justicia, esta dio paso a la solución negociada del litigio fronterizo por el control de unos 450 kilómetros cuadrados conocido como los bolsones los cuales pasaron a formar parte del territorio hondureño reduciendo de esta forma el territorio salvadoreño.


Tras el fin del conflicto, los salvadoreños expulsados volvieron al mismo país pobre que dejaron un día, y se vieron una situación aún peor: la de un gobierno débil al que le resultaba casi imposible reinsertarlos en la sociedad, sobre todo en las zonas más cercanas a la frontera con Honduras, de mayoría agrícola.


Consecuencias de la guerra
Aunque hay numerosos libros sobre el conflicto, los salvadoreños justificándola en una campaña humanitaria y los hondureños argumentando que fue en defensa de su soberanía y su integridad territorial, los datos que hablan de las bajas no son claros.
1.- Se menciona que los caídos fueron 4,000 a 6,000 y más de 15,000 heridos.
2.- Y que, entre 60,000 y 130,000 de los 300,000 salvadoreños indocumentados que vivían en Honduras fueron forzados a regresar a su país.
3.- La finalización del esfuerzo de integración regional conocido como Mercado Común Centroamericano (MCCA), diseñado por EE. UU. como una contraparte económica regional para contrarrestar los efectos de la revolución socialista en Cuba.
4.- El refuerzo del papel político de los militares en ambos países. En El Salvador, en las elecciones legislativas que siguieron, la mayoría de los candidatos del Partido de Conciliación Nacional (PCN) de El Salvador, en esa fecha en el gobierno, salidos del Ejército, hicieron una enorme apología de su papel en el conflicto y por consiguiente resultaron victoriosos en las elecciones de diputados y alcaldes.
5.- El agravamiento de la situación social en El Salvador, producto de las deportaciones desde Honduras, ya que el gobierno tuvo que facilitar a estas personas la reinserción económica, lo que no logró satisfacer adecuadamente (actualmente sigue siendo la zona más pobre de El Salvador). 6.- Aumentó la presión social que derivó en la guerra civil que viviría el país centroamericano.

La diplomacia salvadoreña presentó al mundo la situación humana de los salvadoreños en Honduras como la causa de su malestar, pero al entrar a territorio hondureño, la lectura internacional le dio el calificativo de un Estado agresor.

Kapuscinski resumió el final de la guerra en su libro “La guerra del fútbol” como: “La guerra terminó en un impase. La frontera se mantuvo intacta. Es una frontera trazada al ojo en medio de la selva, en un terreno montañoso que reclaman ambos países. Parte de los emigrantes regresaron a El Salvador, mientras que otros siguen viviendo en Honduras”



Hoy, sin mirar el ayer

El conflicto al día de hoy queda como uno de los episodios más tristes de la historia de América Latina y del deporte. Si bien socialmente la filosofía es que lo pasado, pasado está, El Salvador y Honduras siguen manteniendo rencillas en su zona fronteriza. La protección de la ONU garantiza la paz, pero el odio y la xenofobia se lleva por dentro, y eso es muy difícil de curar, más aun cuando muchos recuerdan este episodio cada vez que ambas selecciones nacionales o clubes se encuentran en un torneo internacional.


link: http://www.youtube.com/watch?v=NWsLerZLFX8#t=16



Mayor Jorge Colindres Reyes (derecha) participando en una ceremonia al finalizar la guerra.


Mensaje del Presidente Fidel Sánchez Hernández del 18 de julio de 1969.


Soldados Hondureños




Campesinos de nueva ocotepeque





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