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Historia: La provincia de buenos aires quiere independizarse

Por Alberto E. Moro



Las fronteras son de goma, diría Don Ignoto, y la unión de los grupos humanos que conforman un país son como los matrimonios de conveniencia, pensaría quizás Bertrand Russell… Además, según Alberto Moravia, “el amor es un juego”, pero “el matrimonio es un negocio”. Y cuando los negocios van mal…
Numerosos son los casos de divorcios territoriales que buscan el Art. 67 Bis de las Naciones para separarse de lo que hasta ahora era su familia y recuperar una antigua libertad de remotos antecedentes para poder así coquetear con quien se le antoje sin hacerse cargo de sus parientes más inmediatos, sobre todos si son pobres. Como siempre sucede, la Justicia tradicional procura un avenimiento de las partes, mientras que los inmersos en el mentidero del entorno familiar opinan y votan inclinándose hacia una u otra de las partes en discordia, según les parece, impulsados más por el sentimentalismo y los prejuicios que por la razón pura, con el perdón de Kant.
Si repasamos la estable contundencia de los datos históricos y las siempre inestables y cambiantes nociones de la geografía política veremos que junto con el crimen de la guerra, la modificación de las fronteras e incluso los cambios de nombres de ese conglomerado no siempre homogéneo que llamamos países, es una constante antropológica y social que siempre ha sucedido, reiterándose una y otra vez a lo largo de lo siglos consignados por la historia.
Las adhesiones ideológicas y las diferencias en la evolución cultural de las personas suelen llegar tarde o temprano a ser causales de divorcio en las parejas mal avenidas, que -entre nosotros- son la mayoría, pero lo disimulan muy bien para cumplir con el amor eterno que nos inculcaron en la escuela y en las catequesis: “hasta que la muerte nos separe”. Lo mismo sucede con los países, aunque llegar al divorcio es en ellos un proceso de maduración temporal mucho más lenta.
El milagro del amor y la juventud hacen que los novios vean en sus respectivas “media-naranja” las figuras idealizadas de Apolo y Afrodita, condición necesaria para el fin último y secreto de la Madre Naturaleza, que es la reproducción de la especie. Por eso se dice que el amor es ciego, o bien es una enfermedad mental momentánea que se cura con el matrimonio.
También sucede lo mismo con los países, conglomerados de gente unidas en algún momento de su historia por un amor -aún más ciego que el de los hombres y mujeres- a un líder mesiánico que promete el oro y el moro; o bien por que no les queda otra alternativa al haber sido conquistados, colonizados y rejuntados arbitrariamente con la espada, el rifle, los cañones, y más recientemente las bombas y los misiles. Así se formaron todos los imperios, cuyo impulso expansionista nunca reparó en minucias tales como la etnia, la idiosincrasia, la religión o los hábitos culturales de los heterogéneos grupos conquistados con la fuerza de las armas.
Siempre fue así, pero la memoria colectiva es de corto alcance, por lo que daremos algunos ejemplos de la historia reciente que todavía pueden ser recordados. ¿Algunos sabrán que el General Chiang-Kai-Shek tuvo que huir de China refugiándose en la isla de Taiwan constituyendo así un régimen separatista aislado durante muchos años de la China continental. ¿Se acuerdan del Josip Broz, conocido como el Mariscal Tito? Estuvo al frente de Yugoslavia, cuyo nombre conteniendo la palabra “yugo” ya nos está hablando de la unión forzada de dos naciones eslavas: Checoslovaquia y Eslovenia, que volvieron a separarse en años más recientes. Esas uniones artificiales que surgen del reparto del botín entre los vencedores de la guerra y su continuación por la política, como los más recientes y escandalosos casos de Kosovo, Serbia y Bosnia Herzegovina, generan siempre grandes sufrimientos a los pueblos, que incluyen confiscaciones, deportaciones, violaciones y genocidios aberrantes por razones étnicas, especialmente encarnizados con las mujeres y los niños.
¿Se acuerdan de la Unión Soviética? Funcionó desde diciembre de 1922 entre las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Georgia, Azerbaiján y Armenia, dirigidas en cada país con mano de hierro (y no es una metáfora) por los Comisarios del Pueblo y las Asambleas Populares creadas por el Leninismo y sus continuadores comunistas. Aunque tuvieron que disciplinar con los tanques a algunos de sus hijos “adoptivos”, como Hungría y Checoslovaquia, parecían un matrimonio bien avenido hasta que las rencillas intestinas fueron tantas que se derrumbó el edificio conyugal –¡otra vez la palabra yugo!- haciendo un ruido tremendo en el chimenterío de las naciones. Hoy están separados pero rehaciendo sus vidas…
Hemos visto las crueles consecuencias del separatismo irlandés, el de los chechenos, el de los kurdos en Turquía e Irak, el de Sudán del Sur y Timor Oriental, y los urgentes problemas humanitarios en el Sahara Occidental. Hemos constatado además que los francófonos de Quebec quisieran separarse del Canadá anglófono, que los escoceses de la gaita y el whisky tienen ganas de independizarse de Inglaterra, que los valones y flamencos quieren dividir Bélgica, que Galicia y los gallegos estarían dispuestos salvarse de la crisis abominando de España, y que hasta el estado de Texas pretendería separarse de los Estados Unidos. Y entre nosotros, en forma larvada todavía, hay muy oscuras negociaciones supuestamente reivindicativas de los pretendidamente originarios Mapuches, apoyados no se sabe bien por qué intereses, para crear una región independiente en la Patagonia.
Las más de las veces el origen de estos conflictos se fundamenta en un origen étnico remoto, lo cual debería ser invalidado ante la evidencia indiscutible de que todos los seres humanos pertenecen a una misma raza, cuyas diferencias socio-culturales originadas en la vieja lejanía comunicacional están perdiendo sentido práctico ante el avance incesante y veloz del complejo fenómeno denominado globalización.
¿Que cuáles son entonces las barreras que impiden el noviazgo entre los pueblos? “Ríos, montes y quebradas”, como dice la canción, aunque actualmente y aviones mediante, estos escollos no constituyen impedimento alguno. ¿Y que han producido esas vallas geográficas a lo largo del tiempo? Pues hábitos y culturas divergentes y, sobre todo, diferencias idiomáticas. En ese vastísimo territorio que es la lingüística hay hechos extraordinarios, como la inmensa variedad de idiomas que hay en un país como la India o en un continente como Europa, y no hablemos de los que se han perdido irremisiblemente en el mundo entero. Y aún entre gentes que viven cerca, se dan las diferencias “dialécticas”, como en Italia, país donde no hace mucho apareció un grupo político llamado la Lega Nord cuyos delirantes adherentes propician una separación entre el rico norte, que pasaría a llamarse Padania, y el empobrecido sur ¡que se arregle como pueda!
Como bien sabemos y sufrimos, una de las más sólidas divisiones entre los pueblos son las diferencias lingüísticas severas, que impiden toda comunicación directa entre las personas, actuando como límites culturales infranqueables para quienes no dominan el idioma. Como sucede entre las lenguas de origen latino y las de origen sajón, por ejemplo, que suelen dificultar –pero no siempre, como hemos visto en la satrapía menemista- las relaciones carnales entre los pueblos.
Al consuetudinario reclamo de los Vascos, ellos sí un pueblo al parecer de origen indo-europeo caucásico instalado allí aún antes que los Íberos, cuyo idioma enrevesado es un postizo en Europa, se ha agregado ahora en España el hasta hace poco tímido embate separatista de Cataluña, muy meneado pero menos justificado que el de los hablantes del Euskera. Siendo el supuesto “idioma” catalán una de las razones siempre invocadas por los separatistas locales, no fue extraño, como este servidor de la pluma ha comprobado, que en los protocolos de los Juegos Olímpicos de Barcelona siempre hubiera grandes discusiones acerca de si los discursos deberían pronunciarse en español o en catalán. En mi modesta opinión –dejo en claro que ignorante en la complejísima ciencia de la lingüística--, el pomposo catalán no es más que un dialecto surgido de la vecindad con Francia. ¿Cómo explicar si no, que sabiendo francés y español, el catalán haya sido perfectamente comprensible y legible para un extranjero como yo? Decir esto allá sería una herejía de impredecibles aunque imaginables consecuencias.
Lo que sucede en España, tanto entre los vascos al norte y los catalanes al sur, es que la vecindad con Francia y el contacto con el mar los hace lugares privilegiados para el turismo, el comercio y, sin dudas, el tolerado, disimulado y lucrativo contrabando internacional. Son regiones ricas, que no quieren hacerse cargo de las regiones pobres de sus propios países. En el fondo, de eso se trata. De puro y flagrante egoísmo nacionalista, levantado como bandera por ambiciosos gobernantes y grupos derechosos que aprovechan cuanta ocasión oportunista se presente para encaramarse en el poder. Es en el fondo, la vieja anécdota de Julio César, quien pasando con su ejército por un villorrio insignificante ridiculizado por sus oficiales, exclamó: “¡Preferiría ser el primero en esta aldea, antes que el segundo en Roma!”
Sería como si la Provincia de Buenos Aires, la más poblada y rica, quisiera separarse del resto de la Argentina, basada en el egoísmo de su situación privilegiada y en desmedro de las provincias pobres de escasa población, que no tienen salida al mar o cuyas condiciones climáticas no les permiten un crecimiento sostenido. Además, nuestra primera provincia no tendría a mano la ventajosa y remanida excusa del idioma, ya que el nuestro desde hace cinco siglos ha sido uniformado, con raras excepciones en nuestra América, por la conquista del imperio “donde nunca se ponía el sol”.
Espero, estimado lector, que me perdone por haber utilizado esta remota posibilidad de escisión como “gancho” para captar su atención en el título de este ejercicio literario. Por el momento, solo por el momento, en vista de cómo se mueve el mundo, no hay peligro de que esta secesión siquiera se plantee. Por ahora, y no obstante los ingentes esfuerzos de casi todos los gobiernos para desorganizarnos, el matrimonio estatal argentino, aún con algunas nubes en el horizonte provocadas por el accionar de quienes supuestamente nos representan, está muy lejos del divorcio “con-yugal”.



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