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La educación: “Cristina o Sarmiento”

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Deberíamos volver a las ideas de los hombres que hicieron grande a nuestra Nación y dejar de lado el populismo demagógico de tantos improvisados que sólo aspiran a llegar al poder para enriquecerse.
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La educación: “Cristina o Sarmiento”

Por Jerónimo Giordano. Miembro del área de estudios históricos del Centro de Estudios LIBRE. Fecha de publicación 18 - sep - 2014




Cuando se acaba de cumplir el aniversario número 126 del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, el “padre del aula” – y el 120 aniversario de José Manuel Estrada-, nuestro país asiste a la mayor debacle histórica en materia educativa, baluarte en tiempos pretéritos de inclusión y paz social.

A finales del Siglo XIX, más precisamente en 1868, el colegio electoral proclama a Domingo Faustino Sarmiento Presidente de la Nación, quien será figura máxima de los llamados “Gobiernos históricos”.

El panorama al asumir era el de un extenso país, de vastas riquezas pero escasamente poblado y, para peor, analfabeto. Ante el primero de los dilemas, el presidente no dudará que la respuesta consistía en la promoción de la inmigración Europea y en ese camino fijará su rumbo con éxito; en los siguientes 50 años los puertos Argentinos rebozarán de barcos con inmigrantes de todo el “viejo continente”. Ahora bien, estando la limitación demográfica nacional en vías de concluirse, era necesario reflexionar sobre cómo depositar a esta incipiente mano de obra en tareas productivas, que lograsen el progreso individual y, por consiguiente, el Nacional.

Sarmiento no arribaba improvisado al sillón de Rivadavia y en su prolífica obra, tanto literaria como política, ya había dejado plasmado cuál era el modelo que aplicaría: la educación pública, científica y de calidad, sumado al respeto por las libertades individuales, serían el único camino posible a la inclusión, tanto la de la Argentina al mundo próspero y civilizado, como la de los individuos, en su sana ambición de prosperidad y ascensión social. Así las cosas, sólo en su gestión se fundaron 800 escuelas y la población estudiantil aumento de 30.000 a 110.000 alumnos; su legado será continuado felizmente por la llamada Generación del ’80.

Así nuestro país vio a los paupérrimos inmigrantes prosperar, fenómeno que se plasmó hasta en los estratos sociales más misérrimos, de tal forma que el hijo del peón azucarero pudo soñar con ser médico o abogado, si así se lo proponía. En efecto, en la Argentina de postrimerías del siglo XIX, tan desemejante a la actual, era la meritocracia el sistema por el cual se decidía cómo y a quién repartir recursos y no un gobierno de turno.

Los éxitos de esta visión le valieron el record a la Argentina de ser una de las primeras naciones del globo en eliminar completamente el analfabetismo y su educación pasó a ser modelo para otras naciones que deseaban repetir la suerte rioplatense. Todo esto sin explayarnos sobre que, además, se trató de la mayor era de expansión económica de la historia nacional.

Este modelo de inclusión sarmientino, con base filosófica en la igualdad de oportunidades y libertades individuales como principio rector y la educación pública de calidad como herramienta principal brindó a los argentinos posibilidades de movilidad social, desarrollando una actividad productiva, calificada y sustentable.

Ahora bien, dejemos el siglo XIX y volvamos a la actualidad para contrastar realidades: Nuestro gobierno nacional vive haciendo aspavientos de ser el gobierno mas inclusivo de la historia, de destinar 6% del PBI al gasto educativo, afirmando su fe en éste como único motor de la movilidad social ¿Pero qué ha hecho realmente por el ascenso social?

Hace años que nuestro país no encuentra fondo en la medición de sus estándares educativos. Los últimos estudios de PISA nos colocan en el puesto 59 entre 65 naciones; 7 de cada 10 alumnos sacaron la peor puntuación en matemática y la situación empeora aun más a la hora de comprender textos en los que la colocación desciende al puesto 61 (lo que agrega otro problema más, la falencia a la hora de argumentar, fijar posiciones y debatir). En las universidades públicas nacionales el 44% solo aprueba una materia por año y el 29,6% ni tan solo una.

Para empeorar las cosas, proyectos a nivel provincial como la eliminación de los aplazos en educación primaria, el abanderamiento por “buen compañero” o la más reciente propuesta de colocar “militantes sociales” como maestros en grado preescolar, son un esfuerzo mas de la partidocracia en su afán de depravar todo ápice de razón “…porque (ésta) tiene el olfato fino y sabe que las luces no son el apoyo más seguro de los tiranos” como ya advertía Sarmiento.

En este contexto: ¿Cómo puede haber verdadera inclusión? O, de otra manera: ¿Cómo se expresa la inclusión para el kirchnerismo? ¿Se trata acaso de un plan social (degradación que hipoteca la moral de su beneficiario por unos pocos pesos)? ¿Es acaso la asignación por maternidad? ¿Es el Fútbol para Todos, que nos permite escaparnos por 90 minutos de la penuria que nos rodea y ahoga? ¿O acaso lo es un empleo improductivo en la fracasada FADEA, o quizás la deficitaria Aerolíneas Argentinas estatal? ¡No!, ¡claro que no! Estas no son de ninguna manera formas genuinas de incluir porque hacerlo supone incorporar verdaderamente al individuo al sistema productivo, para que éste también sea productivo, valga la redundancia, y para que su empleo y bienestar no dependa de los contribuyentes, ni se incube la ponzoña de una relación parasitaria. Ante esto solo se puede afirmar que el kirchnerismo se inventó, con sus dádivas, una inclusión artificial: incorporó masas al sistema de consumo, pero no así al sistema productivo a través de la educación genuina y de calidad; en otras palabras, les ofreció una envilecedora y fingida igualdad de resultado, pero no de oportunidades.

Todo esto ocurre porque ante la carencia de una educación pública y de calidad, se estanca la movilidad social y hasta se producen más descensos que ascensos. ¿Cómo lo soluciona el kirchnerismo? No mejorando la educación, claro, sino mediante erogaciones de caja para subsidiar la decadencia social.

El pueblo argentino deberá elegir entre dos modelos el año próximo: si desea seguir viviendo en la inmoralidad parasitaria y cortoplacista que brinda la igualdad de resultados, producto kirchnerista de la ignorancia e incapacidad de un grupo que vive de la antropofagia de sus pares productivos ,o de otro modo, si decide de una vez por todas, volver al camino que Sarmiento nos marcó, hace 146 años, de un país que ofrecía, mediante la igualdad de oportunidades, y ( la herramienta más importante de ésta) la educación pública y de calidad, dignidad a todo aquel que esté dispuesto a abrazarla. Es solo recordar lo que el grande entre los grandes advirtió: “Todos los problemas son problemas de educación”, y a sabiendas que “Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela”.

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Fuente: http://www.libertadyresponsabilidad.org/?p=1055
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