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La guardia Pretoriana






Las cohortes pretorianas fueron creadas cuando se fundó la República romana en 509 a.C., con la misión de proteger al pretor, el funcionario electo de más rango en Roma antes de ser desbancado por el puesto de cónsul, y a la ciudad de Roma. A principios del siglo I a.C. los pretorianos dejaron de ser utilizados. En el año 44 a.C., tras el magnicidio de Julio César, Marco Antonio recuperó la unidad convirtiéndola en su guardia personal, con unos efectivos iniciales de 6.000 antiguos legionarios. Después de la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en 30 a.C., Octaviano mantuvo a los pretorianos en el papel de policía criminal y política de Roma. El papel de guardaespaldas del emperador se le asignó, hasta 69 d.C., a la Guardia Germana.

El cuerpo de élite de la Guardia Pretoriana disfrutaba del mayor prestigio y de la paga más alta de cualquier unidad del ejército romano. Durante cientos de años fue la única unidad del ejército regular a la que se le permitía por ley estar acuartelada en Italia. Bajo el reinado de Augusto, sus zonas de reclutamiento fueron Etruria, Umbria, Latium y las antiguas colonias de las legiones en Italia. Para cuando Septimio Severo ascendió al trono a finales del siglo II, el área de reclutamiento de los pretorianos se había expandido e incluía Hispania, Macedonia y Noricum.

Debido a que, por lo general, sólo servían en campañas militares cuando el emperador estaba presente, lo que era poco habitual, los pretorianos tenían menos oportunidades para saquear que los legionarios. En compensación, Augusto pagaba a sus pretorianos el doble que a los legionarios. Tiberio aumentó su salario a tres veces el de la legión. Los pretorianos recibían asimismo una cantidad más elevada como beneficios de jubilación.

Augusto decretó que el poder del mando de los pretorianos se dividiera entre dos prefectos, pero algunos emperadores posteriores utilizaron a un sólo prefecto pretoriano, cuyo poderoso cargo se convirtió en algo similar a los actuales ministros de guerra. Los emperadores entregaban a cada nuevo prefecto una espada para simbolizar el derecho de la Guardia Pretoriana de llevar armas en la capital, porque era ilegal que los civiles fueran armados por la ciudad. La Guardia Pretoriana estaba al cargo de la prisión de la ciudad y ejecutaba las sentencias de muerte impuestas por el emperador y el Senado.


Fuente:
- Legiones de Roma. Stephen Dando-Collins. Ed. La Esfera de los libros, 2012.
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