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La Visión de la Anáhuac - Alfonso Reyes [Parte I]

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Viajero: has llegado a la región más transparente
del aire.

EN LA era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de
noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas.
La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda
del cauce clásico, y entonces el hecho político cede el puesto
a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones.
Los historiadores del siglo xvi fijan el carácter de las tierras
recién halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa:
acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente
Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilación
Delle Navigationi et Viaggi en Venecia y el año de 1550.
Consta la obra de tres volúmenes in-folio, que luego fueron
reimpresos aisladamente, y está ilustrada con profusión y
encanto. De su utilidad no puede dudarse: los cronistas de
Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía alguna
carta de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene.
En sus estampas, finas y candorosas, según la elegancia
del tiempo, se aprecia la progresiva conquista de los litorales;
barcos diminutos se deslizan por una raya que cruza el
mar; en pleno océano, se retuerce, como cuerno de cazador,
un monstruo marino, y en el ángulo irradia picos una fabulosa
estrella náutica. Desde el seno de la nube esquemática,
sopla un Éolo mofletudo, indicando el rumbo de los vientos
—constante cuidado de los hijos de Ulises. Vense pasos de
la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono
pajizo de la choza, siempre humeante; hombres y fieras de
otros climas, minuciosos panoramas, plantas exóticas y soñadas
islas. Y en las costas de la Nueva Francia, grupos de
naturales entregados a los usos de la caza y la pesquería, al
baile o a la edificación de ciudades. Una imaginación como
la de Stevenson, capaz de soñar La isla del tesoro ante una
cartografía infantil, hubiera tramado, sobre las estampas del
Ramusio, mil y un regocijos para nuestros días nublados.
Finalmente, las estampas describen la vegetación de Anáhuac.
Deténganse aquí nuestros ojos: he aquí un nuevo arte
de naturaleza.

LA MAZORCA de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas
frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las
plantas típicas: la biznaga mexicana —imagen del tímido
puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe
sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra,
lanzando a los aires su plumero; los “órganos” paralelos,
unidos como las cañas de la flauta y útiles para señalar la
linde; los discos del nopal —semejanza del candelabro—,
conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos:
todo ello nos aparece como una flora emblemática, y todo
como concebido para blasonar un escudo. En los agudos contornos
de la estampa, fruto y hoja, tallo y raíz, son caras
abstractas, sin color que turbe su nitidez.
Esas plantas protegidas de púas nos anuncian que aquella
naturaleza no es, como la del sur o las costas, abundante en
jugos y vahos nutritivos. La tierra de Anáhuac apenas reviste
feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de los
siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando
como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean
la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio
y terrible: —En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente,
erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose
de la seca.

ABARCA la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el
año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres
civilizaciones —que poco hay de común entre el organismo
virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta
años de paz augusta. Tres regímenes monárquicos, divididos
por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece
y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas
de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualcóyotl
al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz,
parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo
nos encontró todavía echando la última palada y abriendo
la última zanja.
Es la desecación de los lagos como un pequeño drama
con sus héroes y su fondo escénico. Ruiz de Alarcón lo
había presentido vagamente en su comedia de El semejante
a sí mismo. A la vista de numeroso cortejo, presidido por
Virrey y Arzobispo, se abren las esclusas: las inmensas
aguas entran cabalgando por los tajos. Ése, el escenario. Y
el enredo, las intrigas de Alonso Arias y los dictámenes
adversos de Adrián Boot, el holandés suficiente; hasta que
las rejas de la prisión se cierran tras Enrico Martín, que alza
su nivel con mano segura.
Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa
espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños de aquel pueblo
gracioso y cruel, barriendo sus piedras florecidas; acechaba,
con ojo azul, sus torres valientes.
Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe
el espanto social.

EL VIAJERO americano está condenado a que los europeos le
pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos
hablándoles de una Castilla americana más alta
que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente
(por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas),
donde el aire brilla como espejo y se goza de un
otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos
ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles
y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica
rotundidad.
Nuestra naturaleza tiene dos aspectos opuestos. Uno, la
cantada selva virgen de América, apenas merece describirse.
Tema obligado de admiración en el Viejo Mundo, ella ms-
pira los entusiasmos verbales de Chateaubriand. Horno genitor
donde las energías parecen gastarse con abandonada
generosidad, donde nuestro ánimo naufraga en emanaciones
embriagadoras, es exaltación de la vida a la vez que imagen
de la anarquía vital: los chorros de verdura por las rampas de
la montaña; los nudos ciegos de las lianas; toldos de platanares;
sombra engañadora de árboles que adormecen y roban
las fuerzas de pensar; bochornosa vegetación; largo y voluptuoso
torpor, al zumbido de los insectos. ¡Los gritos de los
papagayos, e1 trueno de las cascadas, los ojos de las fieras, le
dard empoisonné du sauvage! En estos derroches de fuego
y sueño —poesía de hamaca y de abanico— nos superan
seguramente otras regiónes meridionales.
Lo nuestro, lo de Anáhuac, es cosa mejor y más tónica. Al
menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la yoluntad
y el pensamiento claro. La visión más propia de
nuestra naturaleza está en las regiones de la mesa central:
allí la vegetación arisca y heráldica, el paisaje organizado, la
atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos
se ahogan —compensándolo la armonía general del dibujo; el
éter luminoso en que se adelantan las cosas con un resalte
individual; y, en fin, para de una vez decirlo en las palabras
del modesto y sensible Fray Manuel de Navarrete:
una luz resplandeciente
que hace brillar la cara de los cielos.
Ya lo observaba un grande viajero, que ha sancionado con
su nombre el orgullo de la Nueva España; un hombre clásico
y universal como los que criaba el Renacimiento, y que
resucitó en su siglo la antigua manera de adquirir la sabiduría
viajando, y el hábito de escribir únicamente sobre
recuerdos y meditaciones de la propia vida: en su Ensayo
político, el barón de Humboldt notaba la extraña reverberación
de los rayos solares en la masa montañosa de la altiplanicie
central, donde el aire se purifica.

EN AQUEL paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad,
por donde los ojos yerran con discernimiento, la
mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación; bajo
aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez,
pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda
mirada espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y de la
serpiente —compendio feliz de nuestro campo— oyeron
la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre
aquellos lagos hospitalarios. Más tarde, de aquel palafito
había brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de
los mitológicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas
—cuna de las siete familias derramadas por nuestro suelo.
Más tarde, la ciudad se había dilatado en imperio, y el
ruido de una civilización ciclópea, como la de Babilonia y
Egipto, se prolongaba, fatigado, hasta los infaustos días de
Moctezuma el doliente. Y fue entonces cuando, en envidiable
hora de asombro, traspuestos los volcanes nevados, los hombres
de Cortés (“polvo, sudor y hierro”) se asomaron sobre
aquel orbe de sonoridad y fulgores —espacioso circo de
montañas.
A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la
pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera
que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pi.
rá.mide.
Hasta ellos, en algún oscuro rito sangriento, llegaba
—ululando-— la queja de la chirimía y, multiplicado en el
eco, el latido del salvaje tambor.
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