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Los condicionamientos de la mirada ajena

LOS PERSONAJES QUE CREAMOS Y SOMETEN NUESTRA VIDA

En la vida corriente, es muy común observar que a las personas se les presenta una alternativa implacable. Por un lado, abandonarse a la iniciativa ajena y, por otro, decidir tomar iniciativas como sujeto creativo, consciente y autónomo. Cuando se abandona la iniciativa propia, se pierde la autonomía para pensar, emergiendo un estado de sumisión donde el sujeto es manejado por personajes que lo esclavizan y le hacen perder su espacio de auto-realización. El sujeto creativo, en cambio, modela su propia escultura personal, tratando que su pensar y su sentir converjan a un estado de actividad fecunda, constructiva y sin intermediación de personaje alguno.

Los personajes, como tales, se albergan en la vida de cada individuo de manera despótica y constituyen verdaderos condicionamientos, dado que manejan la iniciativa personal, obnubilan la inteligencia y atomizan la sensibilidad, sometiendo al sujeto al consumo de novedades, a la rutina y a la monotonía. Dichos personajes no son solamente externos, sino que también co-habitan con el propio individuo, dando lugar a agitaciones y perturbaciones emocionales que externamente suelen no advertirse.

Aquí se manifiesta aquella alternativa implacable de todo ser humano: o se somete pasivamente a los “personajes” que responden a las formas externas que presenta la cultura corriente y a los condicionamientos internos de sus delirios y fantasías o, por el contrario, ejerce su autonomía de pensamiento y decide por sí mismo como sujeto capaz de resistir los intentos de sustitución de su iniciativa.

Desde el punto de vista pedagógico, diríamos que el sujeto, condicionado por el temor, la manipulación externa, el consumismo de la moda, los bloqueos del prejuicio, la cultura y las formas rutinarias de vida, queda inmovilizado al perder su capacidad atencional y dejar de pensar por sí mismo. Además, la pérdida de autonomía mantiene su inteligencia en una suerte de inercia, simulada por los movimientos aparentes de la ofuscación y la agitación.

Con relación al personaje interno, en la vida cotidiana observamos, tanto en la experiencia propia como ajena, que actuamos en función de un estereotipo que en todo momento busca compulsivamente el éxito, el placer bajo sus diferentes formas y la aprobación ajena. Ese personaje seduce y hasta genera mucha envidia en los demás. Es el estereotipo con el que, a partir de ciertos éxitos, halagos, alabanzas, admiraciones o triunfos, nos hemos identificado creyéndonos ser nosotros mismos. Es el disfraz que registra atentamente todo aquello que desde el exterior halaga el amor propio y la vanidad, cayendo en una creencia que anestesia y deforma la percepción real de nosotros mismos. ¿Acaso tales desvíos no le ocurren al ejecutivo triunfador, al catedrático que deslumbra, al amante seductor, al comerciante opulento que no supieron llegar al conocimiento de sí mismos?

Por otra parte, la imagen social y el rol laboral se comportan como verdaderos soporte y andamiaje del personaje externo con que actuamos. Por eso, cuando un suceso adverso irrumpe en la vida del sujeto, puede generar en él un profundo vacío e inestabilidad por la afectación del personaje que manejó su vida y le impidió su autonomía. En tales casos, ese personaje, inconmovible hasta ese momento, se hace trizas ante lo inesperado y sorpresivo.

Cuando la vida pareciera fragmentarse y hacerse añicos en los fracasos, en las enfermedades, en la soledad, en el abandono, en la pobreza o en cualquiera de las múltiples formas del dolor humano, el personaje exitoso que éramos queda destruido en el nihilismo y en la sensación de un futuro oscuro. Entonces, aparece un punto de bifurcación: o se abandona el personaje con todos sus disfraces o se buscan nuevos personajes con nuevas características. En este último caso, y bajo la creencia de una auténtica renovación, el individuo podría seguir buscando nuevos disfraces para compensar al personaje destruido anteriormente. Es el canje que aquél hace para mantener su halago aún a costa de la auto-destrucción y la pérdida de la condición de sujeto.

Pero cuando decide abandonar cualquier forma de personaje, inicia su propio camino como sujeto en la desnudez de su verdad. El opacamiento de la confusión anterior cede su paso a la lucidez de una inteligencia que puede leer en profundidad y a la intensidad de un sentir fecundo que lo comunica y vincula con los demás seres. Es, precisamente, en ese punto aparentemente siniestro donde el sujeto podría resolver una de las paradojas más trascendentes del ser humano. Es la paradoja que convierte el fracaso en posibilidad, el sufrimiento en comprensión, la oscuridad en luminosidad y el vacío en aprendizaje.

Todo comienza cuando la inteligencia comprende y aprende a pensar frente al claroscuro inherente a una vida en constante movimiento. Ser dueño de sí mismo, prepararse para vivir y pensar con autonomía y recuperar la propia medida, son formas de evitar el vacío después de haber sufrido un fracaso o de haber cumplido con éxito una función. Así, rodeado de la amenaza de lo incierto el sujeto, liberado de sus personajes, podrá iniciar y recorrer creativamente el camino de su propia superación sin ceder a otros su escultura personal ni hipotecar su territorio.
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