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Natural vs química




Desde hace un tiempo está de moda culpar a la química y a la biotecnología de muchos de los males de la humanidad. ¡Lo natural es bueno, lo químico es malo!, argumentan muchos. Contraponer la química a la naturaleza (la biotecnología en este caso) tiene mucha repercusión social. Está claro que lo natural tiene fácil defensa, pero basándome en el libro citado en fuentes voy a ejercer de abogado del diablo en nuestra historia de hoy.



Por poner un ejemplo los antiparasitarios. ¡La patata sin pesticidas! ¡Todo natural!. Cuando llega un producto así al mercado, más caro, por supuesto, se agota en seguida. Las madres lo compran a sus hijos estando seguros que su salud no corre ningún peligro. ¿Veis? No hace falta química para comer unas patatas más saludables.

Pues bien, resulta que para que una patata no se la coman los parásitos (bien sean grandes o pequeños) genera pesticidas de forma natural. Los depredadores son ahuyentados o diezmados porque las patatas han desarrollado sustancias cancerígenas, teratógenas (que producen malformaciones en el feto), venenosas, etc. Es más: si una patata es suficientemente resistente por sí sola a los parásitos, es que es rica en toxinas que produce ella misma.

Las patatas que os comento fueron un caso real que sucedió en EEUU en los años 60. Esa patata milagrosa (variedad lenape) contenía mucha más solanina de la esperada. La solanina, a través de cierto mecanismo químico, bloquea la transmisión de los impulsos nerviosos y por ello resulta tóxica para algunos incómodos animalillos, entre los que se incluye el hombre. Tampoco se había estudiado si la solanina era cancerígena o no. La primera persona que comió una patata de esas estuvo a punto de morir. Finalmente se retiraron del mercado.

¿Y qué hacía el hombre? Pues lo que utilizaba el hombre era el malathion. Este, al menos, no provocaba cáncer en los roedores del laboratorio. Y para que veáis una diferencia: un kilo de patatas contenía 75 miligramos de solanina mientras que el americano medio consumía con los alimentos sólo 17 milésimas de gramo de malathion al día.



Otro ejemplo. Los agricultores americanos tuvieron un problema con una cierta variedad de apio. Resulta que resistía muy bien la agresión de los insectos, pero a las personas que lo tocaban y después se exponían al Sol les sobrevenía una grave erupción cutánea. Posteriores investigaciones demostraron que las dosis de psoralén eran diez veces mayores que en apio normal. Se demostró, además, que el psoralén era cancerígeno en ratones de laboratorio. Por así decirlo, “naturalmente cancerígeno”. Antes de que se prohibiera, los trabajadores que recogían esas plantas padecían grandes dolores en la piel de las manos.

Hay que destacar también que las plantas protegidas con pesticidas sintéticos reaccionan produciendo sus venenos en mucha menor proporción. Por otro lado, los pesticidas naturales (los producidos por la planta) se difuminan en la parte comestible, como en la pulpa de la fruta; sin embargo, los productos añadidos por el hombre se rocían sobre la piel y afectan muy poco el interior. Así que si pelamos esas frutas, gran parte de los pesticidas acaban en la basura y no en nuestro estómago.



En un programa emitido en EEUU alarmaban a la población por fumigar manzanas con alar. Decían que era un poderoso producto cancerígeno que causaba la muerte de animales utilizados en investigaciones de laboratorio. Incluso la famosa actriz Meryl Streep declaró que, para ella, los niños no deberían comer manzanas tratadas con alar. En febrero de 1989 las autoridades de Nueva York, Los Ángeles y Chicago decidieron eliminarlas de los comedores escolares y de los supermercados. La industria se desplomó.

Como todo, hemos de poner las cosas en su debida perspectiva. La bióloga y ex gobernadora del estado de Washington Dixy Lee Ray declaró que las dosis que se dio a esos animales de laboratorio sería el equivalente a una persona que comiera 13.000 kilos de manzanas al día durante 70 años. Si hubieran reducido la dosis al equivalente a 6.000 kilos de manzanas al día durante los mismos 70 años, ni siquiera hubieran desarrollado cáncer. El contenido cancerígeno de alar que una persona ingeriría en un año si comiera dos kilos de manzanas al día pesaría tanto como el contenido cancerígeno del alquitrán proveniente del humo de dos cigarrillos.

Cuando se dice que un producto es cancerígeno es porque ha mostrado dicho efecto en animales a los que se ha sometido a las máximas cantidades posibles que puede soportar. Hace algunos años se calculó que el ciudadano medio en EEUU ingería de media unos 150 microgramos de antiparasitarios generados por el hombre. De ellos, 105 eran debidos a tres que no provocan cáncer en los roedores de laboratorio mientras que de los 45 restantes no se tiene información. Aun en el peor de los casos (que esos 45 microgramos provocaran cáncer) la cantidad es muy poca en comparación con las sustancias cancerígenas naturales y creadas por la cocción de los alimentos.


Un falso estudio sobre el maíz transgenico.

Pero si tan cuidadosos somos en unas cosas, también lo deberíamos ser en otras: una taza de café contiene 500 microgramos de agentes cancerígenos o las bebidas refrescantes de cola unos dos miligramos de formaldehído que es otro cancerígeno, o poner albahaca para dar un especial gusto, que contiene estragol, otro potente cancerígeno.

Hay que tener en cuenta que los alimentos no sólo tienen pesticidas: los plátanos contienen potentes vasoconstrictores; los quesos, aminas como la histamina; las judías y guisantes, sustancias enemigas de la vitamina E. Pero no hay que asustarse. Como decía Paracelso dosis sola facit venenum o “sólo la dosis hace el veneno”. Esto es generalizable al tabaco: quizás un cigarrillo no degenere en un cáncer, pero con dos cajetillas durante cuarenta años la cosa cambia.

En una ENCUESTA hecha hace años se hacía la siguiente pregunta a estudiantes de diferentes disciplinas: “La glucosa sintetizada en el laboratorio, ¿es igual o no a la glucosa extraída de la uva?” El 75% contestó que eran diferentes. No nos engañemos: las moléculas son iguales independientemente de qué o quién las haya generado. Podrán existir diferencias en caso de ser sustancias no puras, pero los átomos que componen la glucosa están dispuestos en idéntico orden y sin importar su procedencia.



Y esto se sabe hace mucho tiempo. Ya en 1799, el francés Joseph-Louis Proust, el mismo que descubrió la ley de las proporciones constantes demostró en Madrid (donde dio clases) que la composición del carbonato de cobre era siempre la misma, tanto si la sustancia se encontraba en la Naturaleza, proveniente de un mineral, como si había sido sintetizada en el laboratorio.

Pero tampoco quiero dar a entender con esta historia que la química siempre sea buena y lo natural malo y que los ecologistas no tengan razón en multitud de ocasiones; pero es importante resaltar que la química y la biotecnología también tienen sus beneficios. Por otro lado, es también muy importante que los experimentos que se hagan estén bien hechos, con rigor y bien controlados no vayamos a tener otro historia como la de la talidomida.



Y mientras nuestros dirigentes no se esfuercen y hagan mejor su trabajo, tampoco debemos fiarnos de las propagandas de las diferentes empresas alimentarias o farmacéuticas de buenas a primeras para que nos engañen con productos como las galletas con L-Carinitina. A pesar de todo, hoy día sería difícil pensar cómo se lo harían los habitantes de la Tierra para comer con agricultura sin fertilizantes ni antiparasitarios. Atribuir, por tanto, un cáncer a residuos pesticidas es científicamente incorrecto. De hecho, si la Naturaleza fuera una empresa química y pidiera permiso ministerial (o sea, autorización para vender) para uno de sus antiparasitarios tendría pocas esperanzas que se lo concedieran.



Finalmente y a modo de Corolario:

Recuerden las 5 normas sagradas de la ciencia:

1.- Cuestionar la autoridad. Ninguna idea es cierta sólo porque alguien lo diga, incluyéndome a mí. Pensar por uno mismo. Cuestionarse a uno mismo.

2- No creer algo sólo porque queramos hacerlo. Creer en algo no lo convierte en realidad.

3.-Demostrar las ideas con pruebas obtenidas a través de la observación y la experimentación. Si una idea no pasa un experimento bien diseñado, es errónea, aceptémoslo.

4.- Seguir las pruebas, allá donde nos lleven. En caso de no tener pruebas, reservarnos los juicios.


Y quizás, la norma más importante de todas.

5.- Recordar que uno puede estar equivocado. Incluso los mejores científicos se han equivocado en algunas cosas.

Newton, Einstein, y otros grandes científicos de la historia, todos han cometido errores. Claro que sí, eran humanos.

La ciencia es una forma de evitar engañarnos a nosotros mismos, y a los demás.




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