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Naturalismo

A lo largo de la historia, la filosofía ha discurrido su cometido en tanto disciplina, convergiendo en la formación de diversas corrientes que han dado a luz una deliciosa variedad de posturas, la exuberancia de un derrochador juego de pensamientos y, en consecuencia, a nuevas problemáticas (y viceversa).
Uno de los giros que ha surgido en la filosofía reciente es el llamado naturalismo, entendido como un sistema filosófico convergido por dos aspectos: uno considera a la naturaleza como el principio único de todo lo que es y, a su vez, esta concepción ontológica afectará el modo de investigar las cosas que hay en ella, por lo que el naturalismo también delimita una manera de estudiar o investigar lo que hay en el mundo.
A lo largo del trabajo se intentará desentrañar algunas de las implicaciones y los límites que supone el compromiso con dicho sistema, sobre todo, propongo una notable inclinación hacia la orientación histórica que, considero, es esencial y debe ser tenida en cuenta en cualquier tipo de investigación epistemológica que quiera llevarse a cabo, independientemente de la disciplina y corriente que aborden la investigación, aunque en este caso, se trate del naturalismo.
Es importante aclarar que esta cuestión histórica no se acaba en los hechos cronológicos, sino que implica también que la investigación se permita ser abordada teniendo en cuenta los estudios de la sociología, la economía y la política del conocimiento, que también deberían ser parte de la noción de “epistemología naturalizada”.

El amplio giro naturalista en primera instancia, pone en jaque el estatus de la filosofía en tanto disciplina, ilustrado en la disputa de Quine y Carnap, quienes disputaban acerca de qué debería estar haciendo la filosofía, es decir, su rol.
Pues ciertamente, el giro de Carnap y los positivistas lógicos no tenían problemas con los estudios de instituciones tales como la ciencia, aunque la filosofía se sitúe en el plano del descubrimiento, no es tan fácil renunciar al lugar privilegiado del contexto de justificación, desde donde podía vislumbrar la metodología que la ciencia podría seguir. Aun así, y esto es lo que objeta Quine, sucede que los positivistas lógicos no entendieron la ciencia como «una empresa humana que se desarrolla de diferentes modos en diferentes épocas, como resultado de diferentes tipos de fuerzas», pues en este sentido, si el relativismo histórico y cultural parece ser indispensable a la hora de dar cuenta lo que acontece en la vida humana, en consecuencia el naturalista comprometido tiene que aceptar dicho relativismo (aunque lo primero que tendrá que hacer, obviamente, es tratar de establecer qué significa realmente el término “relativismo cultural”). Pero si vinculamos las teorías científicas con el contexto histórico y cultural en el que son descubiertas, ¿en qué lugar quedan entonces, las teorías científicas actualmente vigentes? Si recurrimos a la historia y a la cultura para justificar las teorías, las teorías de hoy pueden resultar equivocadas aunque puedan estar justificadas desde un punto de vista histórico/cultural. Si se pretende llevar a cabo un estudio de la ciencia desde el plano del descubrimiento, no está tan claro que podamos cortar tan tajantemente factores propiamente epistemológicos y factores sociológicos. No podemos separar el contexto histórico de la ciencia, del contexto de la sociedad en el que tiene lugar, así como tampoco la filosofía. Es más, tampoco tenemos ninguna base para afirmar que esta relación entre desarrollo científico/filosófico y contexto histórico se produzca en una sola dirección: no solo son los factores políticos los que pueden influir de manera negativa a la ciencia, impidiéndole que se desarrolle como una actividad científica neutral e independiente. También deberíamos ser capaces de estudiar esta relación social para cualquier tipo de teoría científica, independientemente de que la consideremos acertada o no, y es lo que el naturalista debe aceptar, pues «los estudios en la sociología, la economía y la política del conocimiento podrían también llamarse “epistemología naturalizada”». Pero, aceptando esto ¿Hasta qué punto los factores sociales/históricos pueden determinar el proceder de la actividad científica? Un naturalista comprometido ¿Debe incorporar estas otras áreas (históricas, sociológicas, políticas) dentro de su concepción de ‘natural’?
Pues he aquí uno de los conflictos que implica el compromiso con el naturalismo, pues si este se desarrolla independientemente de dichos factores ¿Dónde queda entonces la realidad de cómo son las cosas?
Si se quiere llevar a cabo un estudio científico en tanto naturalistas, habrá que asumir la cuestión del relativismo histórico, ya que la alternativa pasa por basarse en una reconstrucción racional de la historia, incluyendo términos como verdad, progreso, etc.
La idea es que el giro naturalista también tiene que ver con los problemas entre la realidad y lo que éstos consideran parte natural de lo real (y al delimitar un contenido específico de “natural”, dejan afuera algunos aspectos de la realidad); deben hacerlo teniendo en cuenta el cambio científico y la historia de la ciencia pero sin renunciar a los términos de racionalidad.
Como bien lo expresa Stroud en su texto “El encanto del naturalismo”: « El punto es que las conclusiones de la epistemología naturalizada pueden ser extraídas sólo con el estudio de lo que realmente le sucede a los seres humanos. »
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