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Perfeccionando interfaz no invasiva entre cerebros humanos

Perfeccionando una interfaz no invasiva entre cerebros humanos




Darby Losey, a la izquierda, y Jose Ceballos, situados en dos edificios diferentes del campus tal como lo estuvieron durante una de las demostraciones de la interfaz entre cerebros humanos. El emisor, a la izquierda, piensa con fuerza en la acción de disparar el cañón hacia varios puntos en el transcurso del videojuego. La señal es enviada vía internet hasta el cerebro del receptor, a la derecha, cuya mano, de repente, como impulsada por un tic nervioso, se mueve “sola”, golpeando el panel táctil para disparar el cañón. (Foto: Mary Levin, Universidad de Washington en Seattle)


Algunas veces, las palabras solo complican las cosas. ¿Qué pasaría si nuestros cerebros pudiesen comunicarse directamente entre ellos, evitando la necesidad del lenguaje, como se ha mostrado a veces en historias de ciencia-ficción? Unos investigadores de la Universidad de Washington en la ciudad estadounidense de Seattle han reproducido con éxito una conexión directa cerebro a cerebro entre pares de personas en el marco de un estudio científico de perfeccionamiento de tan singular interfaz y exploración de algunas de sus posibilidades, que ya probaron en una memorable demostración inicial hace un año, sobre la cual escribimos un artículo (http://noticiasdelaciencia.com/not/8368/). Aquel fue el primer uso en seres humanos de una interfaz de esta envergadura entre cerebros.

En el nuevo estudio, que implicó a seis personas, los investigadores pudieron transmitir las señales del cerebro de una persona a través de internet, y usar dichas señales para controlar los movimientos de la mano de otra persona una fracción de segundo después de ser enviadas.

El nuevo estudio ha logrado que la interfaz pase de la mera demostración inicial de que funciona a algo que está más cerca de convertirse en un dispositivo para usos prácticos. Al probar la interfaz cerebral con otras personas, se ha confirmado asimismo que puede funcionar bien con otros individuos además de con el receptor y el emisor pioneros, Andrea Stocco y Rajesh Rao respectivamente.

Ambos, y otros científicos, combinaron en la nueva investigación dos clases de instrumentos no invasivos, y ajustaron con precisión un software para conectar dos cerebros humanos en tiempo real. El proceso es bastante simple. Un participante es conectado a una máquina de electroencefalografía que lee la actividad cerebral y envía pulsos eléctricos a través de la Web a un segundo participante, el cual lleva un gorro de natación con una bobina de estimulación magnética transcraneal situada cerca de la parte del cerebro que controla los movimientos de las manos.

Usando este sistema, una persona puede enviar una orden para mover la mano de otra pensando simplemente en la ejecución de dicho movimiento.

El nuevo estudio se hizo sobre tres pares de participantes. Cada pareja incluía a un emisor y un receptor con diferentes papeles y limitaciones. Se sentaron en edificios separados en el campus, a unos 800 metros de distancia (media milla), y no podían interactuar entre ellos de ninguna forma, excepto por la conexión entre sus cerebros.

Cada emisor estaba ante un videojuego en el que él o ella tenían que defender una ciudad disparando un cañón e interceptando cohetes lanzados por una nave pirata. Pero dado que los emisores no podían interactuar físicamente con el videojuego, la única forma que tenían para poder defender la ciudad era pensar en la ejecución del movimiento necesario de su mano para disparar el cañón en el momento preciso.

Al otro lado del campus, cada receptor estaba sentado en una sala oscura y llevando auriculares, sin posibilidad de ver el videojuego, con la mano derecha colocada sobre el único panel táctil que podía realmente disparar el cañón. Si la interfaz cerebro-cerebro era estable y permitía una correcta comunicación, la mano del receptor se movería, como espoleada por un tic nervioso, apretando el panel táctil y disparando el cañón que se mostraba en la pantalla del ordenador del emisor, en el otro extremo del campus.

Los investigadores encontraron que la precisión variaba entre las parejas, yendo del 25 al 83 por ciento. Los errores se debían sobre todo a que el emisor no conseguía ejecutar de forma precisa el pensamiento que enviaba la orden de “fuego”. Los investigadores pudieron también cuantificar la cantidad exacta de información que se transmitía entre los dos cerebros.
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