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Por qué El Señor de los Anillos es la mejor obra literaria del s. XX

¿Por qué muchos consideran que El Señor de los anillos es la mejor obra literaria del siglo XX?

El Señor de los Anillos es una obra con una sólida base cristiana como el propio autor admitió a pesar de que, en ocasiones, se pase de puntillas por esta circunstancia. De hecho, así ocurrió en la reciente película biográfica que se hizo sobre Tolkien. Tristemente, es un matiz en el que no se incide y es evidente que este hecho marcaría su vida en lo sucesivo.

Hay multitud de alusiones a la fe católica extraídas de sus experiencias vitales y ese proceso de conversión que vivió desde los ocho años. Con toda seguridad, el reflejo de su madre y su conversión años antes de su repentina muerte supusieron un fuerte espaldarazo en las convicciones de un niño cuyas inquietudes y desarrollo académico y personal iban a estar marcados por esa trágica pérdida y las consecuencias sobrevenidas. Mabel, de hecho, sufrió mucho por una decisión que le creó tantos disgustos y pérdidas en su entorno familiar.

Volviendo a su obra, por ejemplo, podemos hablar de una fecha: el 25 de marzo. Ese día, por ejemplo, los capitanes del Oeste derrotan a Sauron y destruyen el Anillo Único según el calendario de La Comarca.

La elección de esta fecha no es casual al coincidir con la Anunciación y la Encarnación del Señor en el calendario de la Iglesia Católica. Y la destrucción de ese anillo simboliza el fin del pecado, de ese mal que, portado por Frodo, recorre su particular crucifixión como Cristo había hecho con su cruz.

Además de Frodo, Gandalf es la figura de Jesucristo en su muerte, resurrección y transfiguración. El mago resurrecto se convierte en guía de esos valientes amigos en el camino hacia la victoria del hombre contra el mal que les asola.

Un último ejemplo: Aragorn. Es una tercera representación de Cristo, es el rey auténtico y genuino, capaz de descender a la tierra de los muertos y ejercer su poder sobre ellos al mismo tiempo que les libera de su maldición aprovechando su servicio en la lucha contra Sauron. Como es sabido, Cristo baja a los infiernos tras ser crucificado para liberar las almas de los muertos. Los paralelismos, pues, son evidentes.

El Señor de los Anillos es una apuesta por diversos valores que, desgraciadamente, hoy están en vías de extinción en culturas como la nuestra, la occidental. Sus protagonistas hacen alarde de compañerismo, camaradería, esfuerzo, trabajo en equipo y, sobre todo, fe y esperanza. Independientemente de ese evidente propósito cristiano, las percepciones están orientadas desde diversos ángulos. Todo ello, a gusto del consumidor final, llámese lector o espectador.

Hay episodios en los que muestran su contrariedad hacia las dificultades a las que, en situaciones tan adversas, parecen estar destinados, pero siempre hay una salida o un intento para contrarrestar y vencer el pesimismo que los duros e inesperados trances brindan a los protagonistas de un viaje, de una aventura, con un destino final, pero sin GPS, sin el patrón o rumbo determinado que les pueda dar garantías suficientes para sobreponerse a la tan prolongada incertidumbre.

El desaliento tampoco forma parte de su jerga y es importante reseñarlo en una sociedad tan frágil de moral y con alergia a la lucha por causas que nos afecten de manera general o comunitaria. Hoy, de manera lamentable, imperan individualismo y materialismo, aspectos que, por supuesto, se diluyen como un azucarillo en la grandeza de la obra de Tolkien, en ese sentimiento de servir para servir, como demuestran los amigos de Frodo embarcados en una experiencia imprevista e inenarrable para una mente cerrada, encasillada y sujeta a las directrices e imposiciones.

Por todo ello, es una invitación no exenta de rebeldía ante nuestra cotidianidad, al hecho de seguir pujando por lo que es de justicia, aunque, en ello, tu vida e ideales corran peligro.

Hay un más allá, una oportunidad para la salvación; no sólo la personal, sino la del resto de la humanidad, una serie de pruebas para demostrar fortalezas y prescindir de las debilidades que nos atormentan y que, con gestos como los de los protagonistas, invitan a mostrar valentía, arrojo y acometividad ante cualquier obstáculo que pueda aparecer en ese tortuoso camino que, con paso firme y decidido, hemos de recorrer a diario.