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¿Puede observarse directamente la aceleración cósmica?



Uno de los mayores descubrimientos de la cosmología de los últimos años ha sido la constatación de que el universo se expande a una velocidad cada vez mayor. En su momento, el hallazgo supuso una gran sorpresa, ya que lo que cabría esperar es que la atracción gravitatoria entre galaxias enlenteciese progresivamente la velocidad a la que unas se alejan de otras. Y, aunque así parece haber sucedido durante gran parte de la historia cósmica, todo parece indicar que hace unos 5000 millones de años una misteriosa fuerza repulsiva tomó el control de la expansión del universo. El agente responsable de dicha expansión acelerada es por lo demás desconocido. Bautizado con el críptico nombre de «energía oscura», su naturaleza constituye uno de los mayores enigmas de la cosmología actual.

Los expertos llegaron a semejante conclusión en 1998. Aquel año, dos grandes grupos internacionales llevaron a cabo sendos muestreos de supernovas lejanas y observaron que algunas de ellas se encontraban entre un 10 y un 15 por ciento más lejos de lo que cabía esperar. En 2011, los investigadores Saul Perlmutter, Brian P. Schmidt y Adam G. Riess recibieron el premio Nobel de física por el hallazgo.

En un artículo publicado la semana pasada en Physical Review Letters, Hao-Ran Yu, de la Universidad Normal de Pekín, y otros dos colaboradores observan que, pese a todo, dicha prueba de la expansión acelerada es en realidad indirecta, ya que se basa en observar, en un mismo instante de tiempo, múltiples objetos situados a distancias diferentes. Para inferir la tasa de expansión cósmica a partir de esos datos es necesario dar por buena una familia de modelos cosmológicos y suponer una evolución acorde con las ecuaciones de Einstein.

Yu y sus colaboradores recuerdan en su artículo que la aceleración se define como el cambio de velocidad de un mismo objeto a lo largo del tiempo. Así pues, para obtener una medición directa —e independiente del modelo— de la aceleración cósmica, proponen monitorizar durante varios años las velocidades de recesión de ciertas nubes de hidrógeno intergaláctico. Según argumentan en su artículo, si a tal fin se dedicasen algunos de los sondeos de radioastronomía actualmente planeados, bastarían unos diez años de observaciones para obtener datos definitivos al respecto.
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