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Relativismo



Existen ciertas corrientes de pensamiento que enseñan a no juzgar a otras culturas con los valores de la nuestra. Eso es fácil cuando se habla de tabúes alimenticios, cortes de pelo o formas de vestirse, pero qué hay de aquellas cosas que producen un terrible dolor en los que las padecen (sin importar que su cultura diga que están bien), la esclavitud, la violencia contra la mujeres (y contra las niñas), el silencio forzado de los preguntones y la sombra a la que se condena a los diferentes.



Todas esas cosas las condenamos en nuestra cultura, pero no era así hace 50, 100 o 200 años. Las condenamos ahora porque algunos se animaron a juzgar a nuestra cultura con valores que venían de su propia visión de la humanidad, ajena a la convenciones sociales y sensible al dolor ajeno.



Porque las personas sufren igual aunque su cultura diga que les hace lo correcto, lo bueno, lo mejor para ellas. Aún con el miedo que puede dar la libertad, nadie quiere ser esclavo, que tu vida y tu muerte dependan del capricho de otro. No poder tener sueños ni ilusiones ni nada, y tenerlos de todas formas, sabiendo que nunca llegarás a ellos, no por tus propias limitaciones, sino porque hay una cadena real o social que te ata como a un perro. Y hasta los perros que viven atados enloquecen.



Las niñas patalean y lloran, ante tantos dolores a las que se las someten alrededor del mundo, y su brillo se apaga, se convierte en oscuridad y sombra, que condena a otras inocentes a lo que ellas han sufrido. Sólo en pocos casos, hay mujeres que conservan la luz y se lanzan como leonas a defender a otras niñas del dolor y, generalmente, pagan duro el precio.



Los preguntones siguen preguntando, aunque se les diga lo malos que son una y otra vez, y se los llame estúpidos y agitadores, aún cuando, o especialmente cuando, sean los que piden la paz para todos y sean más brillantes que todos los que los condenan. No pueden evitar morir de pie, como eternos Sócrates, atrapados en un mismo destino.



¿Y qué hay de los que nacieron diferentes? Tantas cosas traemos todos de adentro, cosas que no podemos cambiar por mucho que queramos, y por las que desde niños se sufre, y en el clamor de masa de la adolescencia, se nos condena. Puede ser los gustos, la inteligencia, los deseos, las habilidades, o simplemente cierto brillo en la mirada.



Hay personas así, me las he cruzado, personas que tienen una luz adentro que encandece. Pero todos, sí todos, somos diferentes en algo, y a todos, en todas las culturas, se nos pide que no lo seamos, se nos pide que nos traicionemos a nosotros mismos y que no cambiemos nada, puesto que sólo con ser nosotros lo cambiamos todo.



¿Por qué luchamos contra el dogma en nuestra cultura y lo defendemos en otras? ¿A este acto lleno de hipocresía, cómo se llegó? Las mujeres, los niños, los preguntones, los diferentes, los condenados sólo por haber nacido, sufren en todos lados, y su dolor es el mismo siempre.


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