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Roma y sus legiones: De Legión de Hoplitica a Manipular






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La reforma hoplítica
Los acontecimientos, que hicieron que Roma ampliara su territorio –sobre todo durante la república arcaica-, tuvieron que conllevar un continuado aumento del ejército, en especial en los momentos en que hubo dos o más frentes abiertos, y había que dividir las fuerzas. Y este aumento no solo puede ser entendido como cuantitativo, sino también cualitativo. Dicho de otra forma, que los soldados tuvieran capacidad para costearse un armamento mejor.
Poco a poco fue surgiendo un mayor grupo de ciudadanos propietarios, que debemos enlazarlo con los propios acontecimientos políticos: la lucha patricio-plebeya. Este nuevo cuerpo de ciudadanos conformó una infantería que superó a la caballería y que se convirtió en el cuerpo principal. En este sentido, se entiende la división social que realiza Servio Tulio, de la que nos habla Dionisio de Halicarnaso (II, 16) y Livio (I, 42-43). Dejo a este último que nos cuente como fue esta división censitaria: “Formaban la primera clase aquellos que poseían un censo de cien mil ases o mayor: dividíase ésta en ochenta centurias, cuarenta de jóvenes (iuniores -17 a 40 años) y cuarenta de hombres maduros (seniores, más de 40); éstos quedaban encargados de la custodia de la ciudad y aquéllos de hacer la guerra en el exterior. Dióseles por armas defensivas casco, escudo, botines y coraza, todo de cobre, y por armas ofensivas, lanza y espada. A esta primera clase añadió dos centurias de obreros, que servían sin llevar armas y cuyo trabajo consistía en preparar las máquinas de guerra. A la segunda clase pertenecían aquéllos cuyo censo era inferior a cien mil ases hasta setenta y cinco mil, componiéndose de veinte centurias de ciudadanos jóvenes y viejos. Las armas eran iguales a los de la primera clase, pero el escudo más largo y no llevaban coraza. Para la tercera clase se exigía un censo de cincuenta mil ases: el número de centurias, la división de edades, exceptuando los botines, eran los mismos que en la segunda. El censo de la cuarta clase era de veinticinco mil ases, y el número de centurias igual al de la anterior; pero las armas eran diferentes, consistiendo en lanza y dardo. La quinta clase era más numerosa, componiéndose de treinta centurias: estaba armada con hondas y piedras, y comprendía los accensi, los que tocaban los cuernos y bocinas, divididos en tres centurias. El censo de esta clase era de once mil ases, y el resto de la gente pobre, cuyo censo no alcanzaba a tanto, quedó reunido en una sola centuria, exenta del servicio militar. Después de organizar y equipar así la infantería, formó doce centurias de caballería entre los principales de la ciudad: de las tres que organizó Rómulo, formo seis, dejándoles los nombres que habían recibido cuando fueron organizadas…”
Esta división social ni estuvo realizada por Servio Tulio –conllevaría una reforma hoplítica antes que en la propia Grecia- ni pudo realizarse de la noche a la mañana. De la manera en que la conocemos en época clásica –que es la forma en que los dos autores nos la presentan- debió aparecer hacia la época decenviral –más o menos hacia el siglo V- como consecuencia de un largo proceso. La superación de ese ejercito gentilicio suponía que ahora éste estaba compuesto por ciudadanos libres y con derechos similares –no debemos perder nunca de vista la evolución política- que luchaban para defender a su propia civitas.
En cualquier caso, debemos de olvidarnos de unas legiones uniformadas. Si cada uno se costeaba su armamento, éste, aunque parecido, era diverso. Y de igual manera, el ejército no fue, hasta época de Mario, un ejército profesional.
Mientras Roma no salió de Italia, las maniobras militares comenzaban al inicio de la primavera, y acababan al final del verano, así que el magistrado de turno realizaba la leva o dilectus de ciudadanos adsidui –aquellos que podían ser reclutados- cada año, quienes abandonaban sus tareas cotidianas del campo, para volver a ellas, unos cuantos meses después, cuando las legiones eran disueltas. Dicho de otra manera, no existía un ejército permanente.
¿Cuántas legiones se reclutaban anualmente? Se ha dicho que el número de legiones aumentaron de dos a cuatro cuando se inició la República, dando a cada uno de los dos cónsules dos legiones (Livio VII, 8; Polivio VI, 20), a lo que luego se añadiría cada una de las legiones que se asignaban a los pretores. Y en cuanto al número de soldados reclutados, debemos de suponer que cada centuria aportaba cien hombres, algo que sería así en origen, pero su número fue aumentando conforme pasara el tiempo, siendo el Senado quien decidía el número de legiones y de soldados que cada uno de los magistrados podía reclutar anualmente. Así, durante la segunda Guerra Púnica, y concretamente en el año 211 a.C. hubo hasta veintisiete legiones según Le Bohec. Y el número de legiones y de hombres movilizados no disminuyó en los años siguientes, pues sendas guerras –en Macedonia, Iliria, Grecia, la Galia Cisalpina y la Península Ibérica- hizo que entre ocho y diez legiones estuvieran movilizadas. Y varios autores nos dicen que en momentos de gran necesidad, incluso los proletarii, que en teoría estaba exentos de prestar servicio, fueron reclutados (Livio I 43; Gelio X 28; XVI 10, 11).
¿Y la organización táctica? La introducción de la legión hoplita supuso dejar el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, para integrarse en una formación conocida como falange –y que era la formación griega típica-, en la que cada individuo debía mantenerse en una posición concreta dentro del grupo, defendiendo con su escudo al compañero que se encontraba en la parte derecha. En origen, la táctica sería una única fila de hombres, surgiendo más adelante un mayor número de filas, y ordenándose en cuerpos que tomaron el nombre también de centurias -que fueron cambiando de número según cada periodo de la historia romana-. Dentro de esa evolución se encuentra la reforma táctica que realizó M. Furio Camilo, en su dictadura del 396 a.C. durante la cual se enfrentó con la ciudad etrusca de Veii (Varrón, LL, 89, Pol, VI.21). La legión quedaba dividida en cuatro tipos de soldados: los hastati que se ponían en primera línea, y los príncipes, en la segunda de combate, siendo los primeros más jóvenes que los segundos. La tercera línea era formada por los triarii, de mayor edad, y con mucha más experiencia. Un cuarto grupo eran los velites, que era una infantería ligera para exploración y escaramuzas. A estos se le suman los jinetes, que en general dejaron de tener importancia en el grueso del ejército romano, siendo utilizados cuerpos de jinetes provenientes de otras ciudades itálicas las cuales dominaba Roma, y que conformaban cuerpos auxiliares.
 
La legión manipular
Hacia finales del siglo IV a.C., se introdujo el manipulo en la legión, el cual estaba formada cada uno por dos centurias. El manipulo se convirtió en la principal unidad táctica, y suponía una invención romana, frente a la influencia de la falange griega. De esta manera, se dejaba a un lado la táctica de falange helénica, de tal forma que, en vez de amplias filas de legionarios, ahora centurias y manípulos se podían organizar de acurdo a las circunstancias de la batalla y del terreno, siendo más flexible que la falange. La guerra contra Pirro (280-275) puso de manifiesto la mayor capacidad de la legión romana para adaptarse a un territorio montañoso, frente a la típica falange griega, demasiado rígida, quedando desecha cuando no existía una llanura en donde poder desplegarse y avanzar con comodidad.
Dejemos que de nuevo sea Tito Livio quien nos explique el funcionamiento del ejército manipular: “Los romanos se servían antes de los escudos; y después del establecimiento del sueldo, la rodela reemplazo al escudo; antes también se formaban en falanges como los macedonios; después formaron sus tropas por manípulos, dividiéndoselos en varias compañías (ordines), cada una con sesenta soldados, dos centuriones y un vexiliario. Dispuestos en batalla, ocupaban la primera fila los hastati, formando quince manípulos, separados entre sí por corto intervalo; el manípulo tenía veinte hombres de tropas ligeras y el resto armado con rodelas; los ligeros sólo llevaban lanza y dardo. Esta línea de batalla la formaba la flor de la juventud más aguerrida. Después venían los hombres de edad más robusta, divididos en igual número de manípulos, llamados príncipes, llevando todos escudo largo y distinguiéndose por la belleza de sus armas. Estos treinta manípulos los formaba un solo cuerpo y se llamaban antepilani porque bajo las enseñas formaban delante de los otros quince cuerpos. Cada cuerpo de éstos estaba dividido en tres partes, llamándose cada una de ellas primipila; tenía tres banderas y cada una de ellas reunía cientos ochenta y seis hombres. Bajo la primera bandera marchaban los triarii, veteranos de valor probado; bajo la segunda los rorarii, de menos edad y cuyas hazañas no eran tan numerosas, y bajo la tercera, los accensi, cuerpo que inspiraba poca confianza, por cuya razón se dejaba en las últimas filas. Formado el ejército en este orden, los hastati iniciaban el combate; si éstos no podían desordenar al enemigo, retirábanse paso a paso en medio de los hastati que se abrían para recibirlos; entonces hacían frente los príncipes, y seguían los hastati; los triarii quedaban inmóviles bajo sus banderas, doblada la pierna izquierda, apoyado el escudo en el hombro, fija en el suelo la lanza, con la punta hacia arriba, y en esta posición presentándose como ejército resguardado por una empalizada. Si los príncipes no triunfaban tampoco en el ataque, retrocedían de frente poco a poco hacia los triarii, y de ahí el conocido proverbio: esto toca a los triarii, que se dicen en los grandes peligros. Levántanse entonces los triarii, abren sus filas para recibir a los príncipes y a los hastatis y las cierran enseguida como para cortar el paso, y formando de esta manera una sola masa y compacta, que constituía la última esperanza, caían sobre el enemigo; este momento era terriblemente para él, porque cuando creía no tener más enemigos que perseguir, veían surgir de pronto un ejército nuevo y considerablemente aumentado. Casi siempre se levantaban cuatro legiones de cinco mil infantes y trescientos jinetes cada una. Añadiéndose al igual número de tropas suministradas por los latinos” (Livio VIII, 8)

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