Romance de la Muerte de Juan Lavalle



ERNESTO SÁBATO
EDUARDO FALÚ








1964








1 - ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN GUERRERO

recitado:

Éste es el romance de la muerte de Juan Lavalle.
La historia de la larga retirada,
de un hombre atormentado
por el recuerdo y el infortunio.

Pido a los hombres y mujeres de mi patria
que lo escuchen con respeto.
Federales o Unitarios.
Por que es la historia de un soldado
que cometió graves errores,
pero que luchó con coraje en ciento cinco combates
por la libertad de este continente.

De un hombre,
que como tantos en nuestra tierra,
murió finalmente en la derrota y la tristeza.
Después de muchos años de exilio,
el dos de agosto de 1840
desembarcó en San Pedro,
para combatir contra don Juan Manuel de Rosas.


Extraña campaña aquella,
porque a medida que se adentraba en la provincia
un fantasma se agrandaba ante él:
el fantasma de Dorrego.

Once años atrás lo había fusilado
en los campos de Navarro,
pero el corazón de esas pampas solitarias
y queridas,
y añoradas en el destierro
que ahora volvía a sentir
bajo los cascos de su tordillo.

Once años atrás
y ahora veía como el recuerdo de Dorrego
perduraba en el corazón del paisanaje.

Y como ese recuerdo brotaba en coplas
que declaraban la culpa de Lavalle
y presagiaban su aciago fin.



2 - CIELO ENLUTADO
(cielito)
cantado:

Cielito y cielo enlutado
por la muerte de Dorrego.
Canten guitarras la pena
por un destino tan ciego.

El paso más doloroso,
que traspasó el corazón,
fue ver hincado a Dorrego
pidiéndole a Dios perdón,
fue ver hincado a Dorrego
pidiéndole a Dios perdón.
La tropa que iba a tirar
y ejecutar lo mandado,
todos a un tiempo lloraron
sin poderlo remediar.

Cielito y cielo enlutado
por el crimen de Lavalle.
Que Dios castigue su suerte
donde quiera que lo halle,
que Dios castigue su suerte
donde quiera que lo halle.
recitado:

El ánimo de Lavalle fue oscureciéndose,
ante el desconcierto de sus soldados,
que no comprendían por qué no atacaba Buenos Aires.
El general Lavalle cavilaba,
sombriamente oteaba el horizonte.
Sí, ahí estaban las curias de sus iglesias,
la ciudad por la que aquellos hombres habían venido.
Aquel Buenos Aires de sus largos sueños
estaba ahí, delante de sus ojos,
al alcance de sus caballadas.
Pero Juan Lavalle ya no cavilaba en Buenos aires,
ni en don Juan Manuel de Rosas,
si no en su antiguo compañero de armas,
el cielito, dolorosamente le recordaba.

Y así descendió hacia Navarro.
Y en aquellos campos
en que había sacrificado su camarada,
pasó una de las noches más angustiosas de su vida.


Luego,
cuando las primeras luces del amanecer,
entraron al cuarto,
donde Lavalle velaba pensativo,
el mismo cuarto,
en que once años atrás había firmado
la sentencia de muerte,
dio orden de montar.

Y marchando hacia el norte,
dio comienzo aquel loco peregrinaje
que durará casi dos años,
y que estará marcado por la derrota y la desgracia.

En Quebracho Herrado se inicia el desastre final,
y así lo dicen las coplas.



3 - QUEBRACHO HERRADO
(gato)
cantado:

I

El General Lavalle
y el correntino (bis)
en el Quebracho Herrado
fueron vencidos. (bis)

Fueron vencidos, sí,
¡qué mala suerte!

rumbiaba ya su estrella
hacia la muerte.
II

El General Lavalle
y el correntino (bis)
ya marchan derrotados
por los caminos. (bis)

Por los caminos, sí,
¡qué mala suerte!

para encontrar la calma
sólo en la muerte.
recitado:

Más tarde sufre la derrota de Famaillá.
Los restos destrozados de la Legión
se retiran hacia Salta
y allí
una nueva desdicha:
los Comandantes Hornos y Ocampo
le comunican que han resuelto
abandonarlo con sus hombres,
le dicen,
nada ya puede hacerse en la Legión,
sólo cabe unir sus fuerzas
al ejército del General Paz.

Y a los restos de la división correntina
se alejan al galope,
observados en silencio
por los ciento setenta hombres
que permanecen fieles a su jefe.

Y cuando Lavalle les dice
que a pesar de todo resistirán,
se mantienen callados, mirando hacia el suelo.

Marcharemos hacia Jujuy, agrega Lavalle.

Y aquellos soldados
que piensan que comete un mortal desatino, responden:
- Bien mi General -

Porque quién ha de ser capaz
de quitarle los últimos sueños al General niño.
Entonces, emprenden la marcha hacia Jujuy.



4 - MARCHA DE LOS DERROTADOS
recitado:

Marchan por el camino real,
no por senderos desconocidos,
por el camino real,
y ni siquiera son soldados ya;
son seres derrotados y sucios.

Algunos, muchos,
ya no saben tampoco por qué combaten.

Ciento setenta hombres y una mujer.
Porque también va al lado de Juan Lavalle,
Damasita Boedo,
aquella muchacha que en la ciudad de Salta
decidió unir su destino
al destino de esos derrotados.



5 - PONCHO CELESTE
(chacarera)
cantado:

I

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él.
Con ellos los caballeros
de aquella triste legión.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

La niña de Salta llora,
con su mano se santigua.
Dios y la Virgen María
guarden al hombre que ama.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

Venderán duro su muerte,
son gente de gran valor.
Lavalle sueña confiado,
ellos lo van a cuidar

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)



recitado:

Son ya quince horas de marcha,
el General va enfermo,
hace tres días que no duerme.

Agobiado y taciturno
se deja llevar por su tordillo
al espera de las noticias
que ha de traerle Lacasa.

Las noticias del ayudante Lacasa,
pobre General,
hay que velar su sueño,
hay que impedir que despierte del todo.
Hasta que llega aquél hombre
para decir lo que todos se imaginan.
Y desde lejos, silenciosos,
con cariñosa ironía,
con melancólico fatalismo,
siguen el absurdo diálogo,
el informe negro.

Todos los Unitarios de Jujuy han huido.
Las últimas palabras del doctor Bedoya,
antes de abandonar la ciudad,
las palabras que manda decir a Lavalle,
son para pedirle que huyan hacia Bolivia,
pronto, de cualquier manera.

Qué hará Lavalle.
Todos lo saben, es inútil.
Nunca ha huido en su vida
y se disponen a seguirlo
hacia su último acto de locura.
Aquel jefe envejece por horas,
siente que la muerte se aproxima.
Aquel hombre de cuarenta y cuatro años
tiene ya algo en su manera de mirar,
en sus espaldas agobiadas,
en su fatiga,
que anuncia la muerte.

Los camaradas contemplan con desconsuelo
aquella ruina querida.



cantado:

II

Pensaba Juan Pedernera
mirando a su General:
Lavalle jefe valiente,
¿qué sueña tu corazón?

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

Sueña, Lavalle, tu sueño,
sueña mi buen General,
que nunca en tan mala hora
ha cabalgado un varón.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él.
Con ellos los caballeros
de aquella triste Legión.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)
recitado:

Piensa Félix Frías:
Cid Campeador de los ojos azules.
Piensa el Capitán de Elía,
tu antepasado luchó contra el moro.
En el escudo de tu estirpe
un brazo empuña una espada,
una espada que no se rinde.
Tampoco ahora se rendirá,
es un hecho.

Piensa el ayudante Lacasa:
ahí marcha hacia la muerte
el General Juan Galo de Lavalle,
descendiente de Pelayo y de Hernán Cortés.

Piensa el General Pedernera:
parece el harapiento fantasma
de aquel Lavalle de la independencia.
¡Cuantos años han pasado!

A Pedernera, ahora todo le parece un sueño.
Al menos,
en aquél tiempo sabían bien
por lo que combatían:
combatían por la libertad
de la patria grande.

Aquella misma Quebrada
había oído los ecos de canciones heroicas,
bajo los pliegues de una sóla bandera.



6 - LA ARTILLERA
(zamba)
cantado:

Somos los artilleros
que a la par del cañón
echan rodilla en tierra
los que a la guerra van con valor. (bis)

Es que ha sonado el clarín
allá voy a luchar
porque a nuestra bandera
mano extranjera la quiere arriar. (bis)
recitado:

Pero ahora,
ha corrido tanta sangre por los ríos de América,
ha habido tanta lucha entre hermanos;
ahí mismo, piensa Pedernera,
nos persigue Oribe.

No peleó junto a nosotros
en el ejército de los Andes.
El valeroso Dorrego,
no combatió junto al propio Lavalle
por la libertad de la tierra americana.

Contempla sombriamente los cerros gigantes
como preguntándoles el secreto
de la vida y de la muerte.

Y Damasita Boedo piensa:

- General, querría que inclinases
tu cabeza cansada sobre mí,
como en el pecho de tu madre.

El mundo nada puede contra un niño
que duerme sobre el pecho de su madre.
Mírame, dime que me quieres,
dime que me necesitas.-

Pero Juan Lavalle marcha reconcentrado
en las cavilaciones de un hombre
que se aproxima a la muerte.

¿No es hora de mirar el simple mundo exterior?
Ese mundo casi no existe.
Pronto será un sueño soñado.
Ahora avanzan los rostros
que han permanecido en el fondo de su alma,
guardados bajo siete llaves.

Y sobretodo
aquél rostro gastado
que alguna vez fue un hermoso jardín
y que ahora está cubierto de malezas,
casi seco.

María de los Dolores,
piensa,
y una melancólica sonrisa
se dibuja sobre su cara muerta,
al recordar la mujer lejana.

Como cuando al remover las cenizas
de un gran fuego extinguido,
se descubre el resto de una brasa
que nos da un último y modesto calorcito.

Por unos instantes rememora aquellos años,
cuando todavía eran unos chiquilines,
cuando los hijos aún no existían,
cuando la desdicha y el tiempo
y la calamidad,
todavía no habían cumplido su obra devastadora.

Damasita entrevé aquella melancólica sonrisa,
cree ver que sus labios se mueven,
siente algo así como restos de una canción
que surgen del remoto fondo de su alma.



7 - MARÍA DE LOS DOLORES
(estilo)
cantado:

Lara lalay la,
cuanto tiempo, cuanta pena,
Ay ya yay, María de los Dolores

Recuerdas el caminito
que recorríamos juntos
lara lalay la,
cuanto tiempo, cuanta pena,
Ay ya yay, María de los Dolores
recitado:

Y Damasita Boedo,
que ha oído aquellos fragmentos de una canción,
que le ha oído murmurar
aquel nombre lejano y querido,
mira ahora hacia adelante,
los ojos cubiertos de lágrimas.



Ya han llegado a los aledaños de Jujuy.
Lavalle ordena acampar.
Él con su escolta irá a la ciudad.
Está enfermo, se derrumba de fiebre,
quiere encontrar una casa donde pasar la noche.

Sus camaradas intentan disuadirlo,
pero es imposible.
Pareciera como si aquel hombre
se empeñase en provocar a la muerte.

Con cansado fatalismo
ven alejarse a su jefe;
luego tienden sus monturas
e intentan dormir.

En la Alta noche
Pedernera cree oír disparos
pero, acaso han sido imaginaciones suyas,
se vuelve sobre su montura,
trata de dormitar de nuevo,
pero no puede,
algo aciago parece adivinarse en las tinieblas,
visiones de sangre lo atormentan.

Termina por levantarse,
camina entre sus compañeros,
muchos son los inquietos,
quizás, más de uno siente como él.
Se llega hasta el sentinela,
sí, también él oyó disparos
o cree haberlos oído,
hacia allá, hacia la población.

Pedernera entonces se alarma,
despierta a sus camaradas.
Opina que deben ensillar y mantenerse alerta.

Así pasan un tiempo de angustiosa espera.

Hasta que oyen el galope de caballos que se acercan.
Son dos tiradores de la escolta
que llegan gritando:
¡Han muerto al General!

Por un momento
los hombres de la Legión quedan paralizados,
luego se lanzan hacia la ciudad.
Y la tierra desprendida por el furioso galope
se pega sobre aquellas caras endurecidas por la desdicha
y ahora mojadas por las lágrimas.

Encuentran el cuerpo cubierto de sangre.

Arrodillada junto a Lavalle
llora Damasita Boedo.

Un poco apartado,
el Sargento Sosa parece un hombre
que ha perdido a su único hijo.



8 - GUARDA MI LLANTO
(canción)
cantado:

Tu combate ha terminado
adiós General Lavalle
sean testigos de este duelo
las montañas de este valle.

Guarda mi llanto
oh corazón

Ay año cuarenta y uno
los pueblos se han desolado
por tanta cruenta batalla
muchas madres han llorado.

Guarda mi llanto
oh corazón

De las desgracias rodeado
provincias peregrinando
que estrella lo alumbraría
cerros y valles penando.

Guarda mi llanto
oh corazón



09 - LA ÚLTIMA RETIRADA
recitado:

Los federales no saben a quién han muerto en la noche,
hay que huir antes de que lo adviertan.
Oribe ha jurado mostrar la cabeza de Lavalle
en la Plaza de la Victoria,
infamada en la punta de una lanza.

Dice el General Pedernera:
Eso nunca ha de suceder, compañeros,
y responde la legión:
cantado:

¡Nunca, nunca, nunca!
recitado:

Se reúnen con el resto de la tropa
en los tapiales de Castañeda.
Algunos tiradores cubrirán la retaguardia
antes las fuerzas de Oribe,
que ya casi está sobre ellos.

Y entonces,
aquellos ciento setenta hombres
inician su marcha final hacia el exilio.



Hacia el norte galopan los hombres
que han jurado salvar la cabeza de su jefe.
Ciento setenta hombres y una mujer.

Setenta leguas hasta la frontera de Bolivia.

Muchos días de angustia
con el cadáver de un jefe querido.

Furiosamente galopan bajo el sol
de la Quebrada de Humahuaca
y ansiosamente vivaquean en las noches heladas
pendientes de los rumores del sur.



10 - TIERRA MILENARIA
recitado:

El río Grande serpentea
como mercurio brillante,
testigo callado de luchas y matanzas.

Ejércitos del Inca,
caravanas de cautivos,
columnas de Conquistadores,
caballerías patriotas.
Para arriba, para abajo.

Y luego noches de silencio mineral
en que vuelve a sentirse el solo murmullo del río Grande,
imponiéndose
lenta pero seguramente,
sobre los sangrientos pero tan transitorios
combates entre los hombres.

Los guerreros vivaquean en la noche helada,
y una voz,
la voz de Damasita,
canta su dolor.



11 - PALOMITA DEL VALLE
(vidalita)
cantado:

Palomita blanca
vidalita
que cruzas el valle

ve a decir a todos
vidalita
que ha muerto Lavalle. (bis)

Ve a decir al mundo
vidalita
que cambió mi suerte

Que murió mi alma
vidalita
al llegar su muerte. (bis)
Palomita blanca,
vidalita
vuélvete a tu nido

Y hallarás la sangre
vidalita
de mi pecho herido. (bis)



recitado:

Cuando amanece,
reinician la retirada hacia el norte.
Al lado del Sargento Sosa
cabalga el Alférez Celedonio Olmos.
Se unió a Lavalle a los diecisiete años
para luchar por esos ideales
que se escriben con mayúsculas.

Pero en ochocientas leguas de derrotas y deslealtades,
de disputas y traiciones,
su alma se ha marchitado.
Todo era tan nítido el comienzo,
¡Libertad o Muerte!.

Pero ahora el mundo es un caos
y aquellas mayúsculas como torres se han derrumbado
entre basurales y ratas.



12 - EL SUEÑO DE CELEDONIO OLMOS
(zamba)
cantado:

Pago decente sin luz
tu grave pena llorar
tus sueños no volverán, corazón,
tu infancia ya terminó. (bis)

La tierra de tu niñez
quedó para siempre atrás
sólo podés recordar, con dolor,
los años de su esplendor. (bis)

Polvo cubre su cuerpo
nadie escucha su oración,
sangre lleva su brazo
dentro de su alma, desolación.
los sueños no volverán, corazón,
tu infancia ya terminó.
recitado:

Y sin embargo, mira a su lado
al Sargento Sosa,
y en su rostro ceñudo y silencioso
lee aquella decisión,
insensata pero conmovedora:

¡No tendrán nunca la cabeza del General!

Para cumplirla,
esos hombres deshechos van a galopar desesperadamente
a lo largo de setenta leguas.

Podían dispersarse en la montaña,
huir en todas direcciones,
después de enterrar a Lavalle,
pero no,
no se detendrán hasta Bolivia,
no cejarán hasta que el cuerpo de su General
tenga descanso digno y sagrado.

Esta decisión se yergue como una fortaleza solitaria
entre aquellas derruidas torres
de su adolescencia.

Entre la ruinas,
Celedonio Olmos ha descubierto finalmente algo
por lo que todavía vale la pena sufrir
y morir.
Aquella comunión entre hombres,
aquel pacto entre derrotados.

Una sóla torre sí.
Pero refulgente e indestructible.



El sol pudre el cuerpo de Lavalle
ya van tres días de marcha
y en la retaguardia el implacable Oribe con sus lanzas.
Aún quedan treinta y cinco leguas,
y cuatro días de marcha
y el espantoso olor del General podrido.
Hasta que comprenden que es imposible seguir así.

El sol de la Quebrada hincha el cuerpo que hiede.
Pedernera manda hacer alto.

Resuelven descarnar el cadáver.

Descarnar al General, sí.
Pero ¿quién podrá hacerlo?
¿Quién querrá hacerlo?

Todos se miran en silencio,
hasta que el Coronel Alejandro Danel
se adelanta.
Colocan el cuerpo cerca de un arroyo,
Danel se arrodilla,
saca el cuchillo de monte.

A través de sus lágrimas,
contempla el cuerpo deforme de su jefe.

También lo contemplan, duros y pensativos,
los compañeros que forman un círculo.

Danel, lentamente,
hunde el cuchillo en la carne podrida.



13 - GUARDA MI LLANTO
(canción)
cantado:

Ay mi General Lavalle
tu carne vuelve a la tierra
las aguas la llevarán
ha terminado tu guerra.

Guarda mi llanto
oh corazón

Adiós General Lavalle
adiós General sin miedo
te servirán como escolta
cien guerreros que murieron.

Guarda mi llanto
oh corazón.

Al fin la muerte te halló
al fin pagaste tu mal
sus ojos no volverán
a ver la tierra que amó.

Guarda mi llanto
oh corazón



recitado:

El alma de Lavalle advierte las lágrimas de Danel
y le dice:

- Sufrís por mí,
pero deberías sufrir por los camaradas que quedan,
ahora yo no importo.

Lo que en mí se corrompía, lo estás arrancando
y las aguas lo llevarán muy lejos.

Con el tiempo se convertirá en tierra,
ayudará en una planta crecer,
puede que esté en la florcita de campo.
Ya ves que ésto no debería entristecerte, Alejandro.

Y además,
así sólo quedarán mis huesos,
lo único que en nosotros se parece a la eternidad.
Me conforta que también guarden mi corazón
y la cabeza.
La cabeza que esos doctores de Montevideo ridiculizaban,
quizás, porque me repugnó aliarme con extranjeros,
o porque esta larga retirada les pareció insensata.
Porque no ataqué a Buenos Aires.

No saben que el recuerdo de Dorrego
comenzó a atormentarme desde que entramos en la provincia.
Yo era muy joven cuando lo fusilé,
y creí que hacía un servicio a la patria,
y aunque me dolió entrañablemente,
porque yo quería a Manuel,
porque siempre le tuve inclinación,
firmé aquella sentencia que tanta sangre
ha hecho correr en doce años.

Vos, Alejandro, estabas conmigo
y bien sabés cuanto me costó decidirlo.
También lo saben muchos de los camaradas
que ahora lloran por estos huesos.
Y también sabés Alejandro,
que fueron ellos,
los hombres de Cabeza,
los que me indujeron a cometer aquel crimen
con cartas insidiosas.

No vos Danel, ni LaMadrid,
ni ninguno de los que tenemos
nada más que un brazo para empuñar el sable
y un corazón
para ayudarnos a enfrentar la muerte.



Los huesos son envueltos en el poncho
que alguna vez fue celeste,
pero que ahora es apenas un trapo sucio.
Un trapo que no se sabe bien lo que representa.

Uno de esos símbolos de las pasiones humanas,
Celeste, Colorado,
que terminan por volver al colorín mortal de la tierra,
del color del destino último de los hombres,
Unitarios o Federales.

Ponen el corazón en un tachito con aguardiente,
y por un momento no se sabe a quién entregarlo.

El alma de Lavalle contempla
al más desamparado de sus fieles.
A alguien que permanece solo y un poco apartado,
y piensa:
Aparicio Sosa, que nunca necesitaste entender nada,
limitándote a serme fiel,
a creer sin razones en lo que hiciera.

Vos, que me cuidaste desde que yo era un cadete mocoso y arrogante.
Vos, callado Sargento Sosa,
el Negro Sosa,
el picado de viruelas Sosa.
El que me salvó en Cancha Rayada, poniendo su pecho.
El que nada, absolutamente nada posee,
fuera de su amor a este pobre General derrotado,
y a esta patria bárbara y desdichada.

Querría que pensasen en vos,
Aparicio Sosa.



14 - APARICIO SOSA
(tonada)
cantado:

Mi buen Aparicio Sosa
el del coraje callado,
el del coraje callado.

Yo sólo puedo dejarte
mi corazón destrozado,
mi corazón destrozado.
Ya casi nada comprendo
mi alma está oscurecida
comprendo sólo una cosa
mi corazón es la patria.

En tus manos lo confío,
mi suerte ha sido funesta,
bien ves Aparicio Sosa,
otra cosa no me resta.



recitado:

Alejandro Danel entrega el corazón al Sargento
y el alma de Lavalle se dice:

- Sí compañeros,
porque es como darlo a esta tierra
regada con la sangre de tantos hombres como él.

La tierra de esta Quebrada
por la que hace tanto tiempo,
tanto tiempo,
muchos hombres como Aparicio Sosa,
humildes y pobres,
sin pedir nada,
sin recibir nada,
ofrecieron su vida
únicamente por la libertad de esta tierra.




Ad by pricechop | Close
15 - LA ARTILLERA
(zamba)
cantado:

El Quinto ya va a partir
y el cañón va a tronar
al son de esta vieja zamba
los artilleros se van, se van. bis
recitado:

La tierra de esta Quebrada,
piensa Lavalle,
por la que hace tantos años,
tantos,
subió Manuel Belgrano,
frágil como una niña,
generalito improvisado,
con la sóla fuerza de su ánimo y su fervor,
dispuesto a enfrentar a tropas aguerridas
por una patria que aún no se sabía lo que era,
que todavía no sabemos lo que es.

¿Hasta donde se extiende?
¿A quién pertenece de verdad?
Si a Rosas, si a nosotros,
si a todos juntos,
pero que sin duda alguna
pertenece al Sargento Sosa.



recitado:

Ya deben recomenzar la marcha.
Se oyen demasiado cerca los disparos de retaguardia.
Pedernera manda montar.
Quedan aún treinta y cinco leguas.
Si tienen suerte,
en cuatro días más alcanzarán la frontera.

Y los fugitivos desaparecen en medio del polvo,
en la inmensidad de la Quebrada.
Furiosa y desesperadamente
galopan hacia Bolivia los hombres de la Legión,
seguidos de cerca por las lanzas de Oribe.

Y aquellos fugitivos piensan en los compañeros
que cubren la retirada,
y en los que han sido alcanzados
por los hombres de Oribe.
Lanceados y degollados.
Cuatro días aún, con sus cuatro noches,
en medio de aquellos cerros silenciosos,
por aquella Quebrada que tantos hombres
en armas ha visto pasar durante siglos,
hacia arriba, hacia abajo.

Sangres antiguas, en aquel polvo ancestral,
pisan los cascos que buscan la frontera.

Llevan un montón de huesos,
el corazón de un jefe,
una cabeza sagrada.

Hasta que en medio de la noche
atraviesan el límite de la patria
y pueden por fin derrumbarse en paz.
Una paz sin embargo,
tan desoladora como la que reina
en un mundo muerto,
en un territorio arrasado por la calamidad,
recorrido por lúgubres y hambrientos caranchos.

Y cuando a la mañana siguiente,
Pedernera da orden de reiniciar la marcha,
aquellos guerreros permanecen largo tiempo
mirando hacia el sur,
desde lo alto de sus caballos.

Mirando hacia la tierra que se conoce con el nombre
de Provincias Unidas del Sud.
Unidas del Sud...

Que dolorosamente irónicas suenan esas palabras.

Mirando hacia la región del mundo
en que esos hombres han nacido
y donde quedan sus hijos,
sus hermanos,
sus mujeres,
sus madres.

¿Para siempre?
Sí, probablemente para siempre.

Todos miran hacia el sur
también el Sargento Sosa
con aquel tachito
apretado contra su pecho.
Hasta que el General Pedernera comprende que ya basta,
y da la orden de marcha
y todos tiran de sus riendas
y vuelven sus cabalgaduras hacia el norte.
Ya se alejan lentamente en medio del polvo
en la soledad mineral
en aquella desolada región planetaria.

Y pronto no se distinguirán,
polvo en el polvo.



recitado:

Ya nada queda en la Quebrada
de aquellos restos de la Legión.
El eco de sus caballadas se ha apagado.
La tierra que desprendieron
en su furioso galope, ha vuelto a su seno,
lenta pero inexorablemente.

La carne de Lavalle ha sido arrastrada
hacia abajo, por las aguas de un río,
para convertirse en tierra,
acaso en árbol o en flor.

Sólo permanece el recuerdo brumoso
y cada día más apagado de aquella Legión fantasma.
Un viejo indio me ha contado
que en ciertas noches de luna
se aparece el fantasma del General.

Se oyen primero las espuelas
y luego un misterioso y sordo relincho.

Después aparece Lavalle
en un caballo blanco como la nieve.
Lleva un gran sable de caballería
y un alto morleón de Granadero.

Pobre indio...
Si el General era ya un mísero paisano
con un chambergo de paja sucia
y un poncho que había olvidado
su color simbólico.

Si aquél desventurado
no vestía ya ni uniforme de Granadero,
ni alto morleón,
ni nada.
Si era un desdichado rotoso entre desdichados.

Pero,
así ve el viejo indio el General
y así me lo contó.

También me dijo que es como un sueño,
es apenas un instante
en que aquél guerrero resplandece en la noche.

Luego desaparece entre las sombras,
cruzando el río, hacia allá,
hacia los cerros del poniente.



16 - GUARDA MI LLANTO
(canción)
cantado:

Tu combate ha terminado
adiós General Lavalle
sean testigos de este duelo
las montañas de este valle.

Guarda mi llanto
oh corazón

Adiós General Lavalle
adiós General sin miedo
te servirán como escolta
cien guerreros que murieron.

Guarda mi llanto
oh corazón



17 - ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN GUERRERO
recitado:

Ésta es la historia de un caballero
valiente y desgraciado;
La historia de la larga retirada
de un hombre atormentado por el recuerdo
y el infortunio.

El romance del fin y muerte
del General Juan Galo de Lavalle,
descendiente de Pelayo
y Hernán Cortés,
el soldado quién San Martín llamó
el primer espada del Ejército Libertador.

Peleó en ciento cinco combates
por la libertad de este continente
y murió en la miseria y el desconcierto.

1 - ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN GUERRERO
recitado:

Éste es el romance de la muerte de Juan Lavalle.
Pido a los hombres y mujeres de mi patria
que lo escuchen con respeto.
Federales o Unitarios.
Por que es la historia de un hombre
que cometió graves errores,
pero que luchó con coraje en ciento cinco combates
por la libertad de este continente.

La historia de un hombre,
que como tantos en nuestra tierra,
murió finalmente en la derrota y la tristeza.
El dos de agosto de 1840
desembarcó en San Pedro,
para combatir contra don Juan Manuel de Rosas.
Extraña campaña aquella,
porque a medida que se adentraba en la provincia
un fantasma se agrandaba ante él:
el fantasma de Dorrego.
Once años atrás lo había fusilado
en los campos de Navarro,
y ahora veía como su recuerdo perduraba
en el corazón del paisanaje.



2 - CIELO ENLUTADO
(cielito)
recitado:

Cantaba el pueblo así:
cantado:
Cielito y cielo enlutado
por la muerte de Dorrego.
Canten guitarras la pena
por un destino tan ciego.

El paso más doloroso,
que traspasó el corazón,
fue ver hincado a Dorrego
pidiéndole a Dios perdón,
fue ver hincado a Dorrego
pidiéndole a Dios perdón.
La tropa que iba a tirar
y ejecutar lo mandado,
todos a un tiempo lloraron
sin poderlo remediar.

Cielito y cielo enlutado
por el crimen de Lavalle.
Que Dios castigue su suerte
donde quiera que lo halle,
que Dios castigue su suerte
donde quiera que lo halle.
recitado:

El ánimo de Lavalle fue oscureciéndose.
Ante el desconcierto de sus hombres,
que no comprendían por qué no atacaban Buenos Aires,
Lavalle descendió hacia Navarro.
Y en aquellos campos en que había sacrificado
a su antiguo compañero de armas,
pasó una de las noches más angustiosas de su vida.

Luego, al amanecer,
comenzó la retirada hacia el norte;
aquél absurdo peregrinaje
que durará casi dos años,
y que estará marcado por derrotas y desgracias.

En Quebracho Herrado inicia el desastre final,
que cantan las coplas.



3 - QUEBRACHO HERRADO
(gato)
cantado:

I

El General Lavalle
y el correntino (bis)
en el Quebracho Herrado
fueron vencidos. (bis)

Fueron vencidos, sí,
¡qué mala suerte!

rumbiaba ya su estrella
hacia la muerte.

II

El General Lavalle
y el correntino (bis)
ya marchan derrotados
por los caminos. (bis)

Por los caminos, sí,
¡qué mala suerte!

para encontrar la calma
sólo en la muerte.
recitado:

Luego sufre la derrota de Famaillá.
Los restos destrozados de su legión
se retiran hacia Salta
y allí un nuevo contraste:
Hornos y Ocampo le comunican
que lo abandonan con sus fuerzas
que cruzarán el Chaco
para unirse al General Paz.

Los restos de la división correntina
se alejan al galope,
observados en silencio
por los ciento setenta hombres
que permanecen fieles a su jefe.

Y cuando Lavalle les dice
que a pesar de todo resistirán,
se mantienen callados, mirando hacia el suelo.
Marcharemos hasta Jujuy, agrega Lavalle.

Y aquellos soldados que saben
que eso es un mortal desatino, responden:
- Bien mi General -
Porque quién ha de ser capaz
de quitarle los últimos sueños
al General niño.
Entonces, emprende la marcha hacia Jujuy.



4 - MARCHA DE LOS DERROTADOS
recitado:

Marchan por el Camino Real,
no por senderos desconocidos,
por el camino real,
ni siquiera son soldados ya;
son seres derrotados y sucios.

Algunos, muchos,
ya no saben tampoco por qué combaten.

Ciento setenta hombres y una mujer.
Porque también va, al lado de Lavalle,
Damasita Boedo,
aquella muchacha que en la ciudad de Salta
decidió unir su destino
al destino de esos derrotados.



5 - PONCHO CELESTE
(chacarera)
cantado:

I

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él.
Con ellos los caballeros
de aquella triste legión.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

La niña de Salta llora,
con su mano se santigua.
Dios y la virgen María
guarden al hombre que ama.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

Venderán duro su muerte,
son gente de gran valor.
Lavalle sueña confiado,
ellos lo van a cuidar

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)
recitado:

Son ya quince horas de marcha,
el General va enfermo,
hace tres días que no duerme.

Agobiado y taciturno
se deja llevar por su tordillo
al espera de las noticias
que ha de traerle Lacasa.

Las noticias del ayudante Lacasa,
pobre General,
hay que velar su sueño,
hay que impedir que despierte del todo.
Hasta aquí llega aquél hombre
reventando caballos,
para decir lo que todos ya imaginan.
Y desde lejos, silenciosos,
con cariñosa ironía,
con melancólico fatalismo,
siguen el absurdo diálogo
el informe negro.

Todos los Unitarios de Jujuy han huido.
Las últimas palabras del doctor Bedoya,
antes de abandonar la ciudad,
las palabras que manda decir a Lavalle,
son para pedirle que huyan hacia Bolivia,
pronto, de cualquier manera.

Qué hará Lavalle.
Todos lo saben, es inútil.
Nunca ha huido en su vida
y se disponen a seguirlo
hacia su último acto de locura.
Aquel jefe envejece por horas,
siente que la muerte se aproxima.
Aquel hombre de cuarenta y cuatro años
tiene ya algo en su manera de mirar,
en sus espaldas,
en su fatiga,
que anuncia la muerte.

Los camaradas contemplan con desconsuelo
aquella ruina querida.
cantado:

II

Pensaba Juan Pedernera
mirando a su General:
Lavalle jefe valiente,
¿qué sueña tu corazón?

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

Sueña, Lavalle, tu sueño,
sueña mi buen General,
que nunca en tan mala hora
ha cabalgado un varón.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él.
Con ellos los caballeros
de aquella triste Legión.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!
(bis)
recitado:

Piensa Pedernera
ahí marcha hacia la muerte
el General Juan Galo de Lavalle.
Parece el harapiento fantasma
de aquel Lavalle de la independencia.

¡Cuantos años han pasado!
A Pedernera, ahora todo le parece un sueño.
Al menos, en aquél tiempo sabían bien
por lo que combatían:
combatían por la libertad
de la patria grande.

Aquella misma Quebrada
oyó los ecos de canciones heroicas,
bajo los pliegues de una sóla bandera.



6 - LA CUARTELERA
(zamba tradicional)
cantado:

Somos los artilleros
que a la par del cañón
echan rodilla en tierra
los que a la guerra van con valor. (bis)

Es que ha sonado el clarín
allá voy a luchar
porque a nuestra bandera
mano extranjera la quiere arriar. (bis)
recitado:

Pero ahora,
ha corrido tanta sangre por los ríos de América,
ha habido tanta lucha entre hermanos;
ahí mismo, piensa Pedernera,
nos persigue Oribe.
No peleó junto a nosotros
en el ejército de los Andes,
el valeroso Dorrego,
no combatió junto al propio Lavalle
por la libertad de la tierra americana.

Contempla sombriamente los cerros gigantes
como preguntándoles
el secreto de la vida y de la muerte.

Y Damasita Boedo piensa:
- General, querría que inclinases
tu cabeza cansada sobre mi pecho,
como en tu madre;
El mundo nada puede contra un niño
que duerme en el regazo de su madre.
General,
mírame, dime que me quieres,
dime que me necesitas.-

Pero Juan Lavalle marcha reconcentrado
en las cavilaciones de un hombre
que se aproxima a la muerte.
¿No es hora de mirar el simple mundo exterior?
Ese mundo casi no existe.
Pronto será un sueño soñado.
Ahora avanzan los rostros
que han permanecido en el fondo de su alma,
guardados bajo siete llaves.

Y sobretodo aquél rostro gastado
que alguna vez fue un hermoso jardín
y que ahora está cubierto de malezas,
casi seco.
María de los Dolores, piensa.
Una melancólica sonrisa
se dibuja sobre su cara muerta,
al recordar la mujer lejana.

Como cuando al remover las cenizas
de un gran fuego extinguido,
se descubre el resto de una brasa
que nos da un último y modesto calorcito.

Por unos instantes rememora aquellos años,
cuando eran todavía unos chiquilines,
cuando la desdicha y el tiempo
no habían cumplido aún su obra devastadora.

Desde el oscuro fondo de su alma,
surgen los restos de una canción.



7 - MARÍA DE LOS DOLORES
(estilo)
cantado:

Mmh mmh
Lay larayla
Ay ya yay, María de los Dolores

Recuerdas el caminito
que recorríamos juntos
lara lalay la,
cuanto tiempo, cuanta pena,
Ay ya yay, María de los Dolores
recitado:

Y Damasita Boedo,
que lo observa con angustiosa tensión,
que lo oye murmurar aquél nombre remoto y querido,
mira ahora hacia adelante,
los ojos cubiertos de lágrimas.



Ya han llegado a los aledaños de Jujuy.
Lavalle ordena acampar.
Él con una escolta irá a la ciudad.
Está enfermo, se derrumba de fiebre,
debe encontrar una casa donde pasar la noche.

Sus camaradas intentan disuadirlo,
pero es imposible.
Pareciera como si aquel hombre
se empeñase en provocar a la muerte.

Con cansado fatalismo
ven alejarse a su jefe;
luego se tienden sobre sus monturas
e intentan dormir.



8 - PALOMITA DEL VALLE
recitado:

En la Alta noche Pedernera cree oir disparos
pero acaso han sido imaginaciones suyas,
se vuelve sobre su montura,
trata de dormitar de nuevo
pero no puede,
algo aciago parece adivinar en las tinieblas,
visiones de sangre lo atormentan.
Termina por levantarse,
camina entre sus compañeros,
quizás más de uno siente lo mismo.
Se llega hasta el sentinela,
sí, también él oyó disparos.
Pedernera entonces se alarma,
despierta a sus camaradas.
Opina que deben ensillar y mantenerse alerta.
Así pasan un tiempo de angustiosa espera.

Hasta que oyen el galope de caballos que se acercan.
Son dos tiradores de la escolta
que llegan gritando:
¡Han muerto al General!

Por un momento los hombres de la Legión
quedan paralizados,
luego, se lanzan hacia la ciudad.
Y la tierra desprendida por el furioso galope
se pega sobre aquellas caras
endurecidas por la desdicha
y ahora cubiertas por las lágrimas.

Encuentran el cuerpo bañado en sangre.

Arrodillada junto a Lavalle
llora Damasita Boedo.
Un poco apartado,
el Sargento Sosa parece un hombre
que ha perdido a su hijo.



9 - GUARDA MI LLANTO
(canción)
cantado:

Tu combate ha terminado
adiós General Lavalle
sean testigos de este duelo
las montañas de este valle.

Guarda mi llanto
oh corazón

Ay año cuarenta y uno
los pueblos se han desolado
por tanta cruenta batalla
muchas madres han llorado.

Guarda mi llanto
oh corazón

De las desgracias rodeado
provincias peregrinando
que estrella lo alumbraría
cerros y valles penando.

Guarda mi llanto
oh corazón



10 - ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN GUERRERO
recitado:

Los federales no saben a quién han matado en la noche,
es evidente, hay que huir antes de que lo adviertan.
Oribe ha jurado mostrar la cabeza de Lavalle
en la Plaza de la Victoria,
infamada en la punta de una lanza.

Eso nunca ha de suceder, compañeros,
dice el General Pedernera,
y responde la legión:
cantado:

¡Nunca, nunca, nunca!
recitado:

Se reúnen con el resto de la tropa
en los tapiales de Castañeda;
algunos tiradores cubrirán la retaguardia
antes las fuerzas de Oribe.

Entonces inicia la marcha final hacia el exilio.



11 - LA ÚLTIMA RETIRADA
(marcha)
recitado:

Hacia el norte galopan los hombres
que han jurado salvar la cabeza de su jefe.
Ciento setenta hombres y una mujer.

Setenta leguas hasta la frontera.

Muchos días de angustia
con el cadáver de un hombre querido.

Hasta que llega la noche helada.



12 - TIERRA MILENARIA
(aire de yaraví)


recitado:

Los soldados vivaquean
pendientes de los rumores del sur.
El río Grande serpentea
como mercurio brillante,
testigo callado de luchas y matanzas.
Cuantas veces ha visto pasar hombres en guerra.
Ejércitos del Inca,
columnas de Conquistadores,
caballerías patriotas.

Luego las noches silenciosas
en que vuelve a sentirse el murmullo del río,
imponiéndose lenta pero seguramente,
sobre los sangrientos,
pero tan transitorios combates entre los hombres.
En la noche se oye la voz de Damasita Boedo:



13 - PALOMITA DEL VALLE
cantado:

Palomita blanca
vidalitay
que cruzas el valle

ve a decir a todos
vidalitay
que ha muerto Lavalle. (bis)

Palomita blanca,
vidalitay
vuélvete a tu nido

y hallarás la sangre
vidalitay
de mi pecho herido. (bis)


recitado:

Cuando amanece,
reinician la retirada hacia el norte.
Al lado del Sargento Sosa
cabalga el Alférez Olmos.
Siguió a Lavalle a los diecisiete años
para luchar por esas palabras
que se escriben con mayúsculas.

Pero en ochocientas leguas de derrotas y deslealtades
su alma se ha marchitado.
Todo era tan nítido al comienzo,
¡Libertad o Muerte!,
pero ahora el mundo es un caos
y aquellas mayúsculas como torres se han derrumbado
entre basurales y ratas.


14 - EL SUEÑO DE CELEDONIO OLMOS
(zamba)
cantado:

Pago decente sin luz
tu grave pena llorar
tus sueños no volverán, corazón,
tu infancia ya terminó. (bis)

La tierra de tu niñez
quedó para siempre atrás
sólo podés recordar, corazón,
los años de tu esplendor. (bis)

Polvo cubre tu cuerpo
nadie escucha tu oración,
sangre lleva tu brazo
dentro de tu alma, desolación.
tus sueños no volverán, corazón,
tu infancia ya terminó.
recitado:

Y sin embargo, mira a su lado
al Sargento Sosa,
y en su rostro ceñudo y silencioso
lee aquella decisión loca,
pero purísima:
¡No tendrán nunca la cabeza!

Para cumplirla,
esos hombres van a galopar desesperadamente
a lo largo de setenta leguas.

Podían dispersarse en la sierra,
huir desordenadamente,
abandonar el cadáver,
pero no,
no se detendrán hasta Bolivia,
hasta que el cuerpo de su General
tenga descanso digno y sagrado.

Esa decisión se yergue como una fortaleza
entre aquellas derruidas torres
de su adolescencia.

Entre la ruinas,
Celedonio Olmos descubre finalmente algo
por lo que todavía vale la pena sufrir
y morir.
Aquella comunión entre hombres,
aquel pacto viril entre derrotados.

Una sóla torre sí.
Pero refulgente e indestructible.



El sol pudre el cuerpo de Lavalle
ya van tres días de marcha
y todavía quedan treinta y cinco leguas.

La retaguardia, el implacable Oribe con sus lanzas
y el espantoso olor del General podrido.

Hasta que comprenden que es imposible seguir así.

El cuerpo se deshace.
Resuelven descarnar el cadáver.

Descarnar al General, sí.
Pero ¿quién podrá hacerlo?
¿Quién querrá hacerlo?

El Coronel Alejandro Danel lo hará.
Colocan el cuerpo a la orilla de un arroyo,
Danel se arrodilla,
saca el cuchillo de monte.

A través de sus lágrimas
contempla el cuerpo deforme de su jefe.

También lo contemplan, duros y pensativos,
los hombres que forman un círculo.

Danel, lentamente,
hunde el cuchillo en la carne podrida.



15 - GUARDA MI LLANTO
(vidalita)
cantado:

De las desgracias rodeado
provincias peregrinando
que estrella lo alumbraría
cerros y valles penando.

Guarda mi llanto
oh corazón

ay mi General Lavalle
tu carne vuelve a la tierra
las aguas la llevarán
ha terminado tu guerra

guarda mi llanto
oh corazón

Adiós General Lavalle
adiós General sin miedo
te servirán como escolta
cien guerreros que murieron.

Guarda mi llanto
oh corazón.



16 - CIELO ENLUTADO
(cielito)
recitado:

El alma de Lavalle advierte las lágrimas de Danel
y le dice:
- Sufrís por mí, Alejandro,
pero deberías sufrir por los camaradas que quedan;
ahora yo no importo.

Lo que en mí se corrompía, lo estás arrancando
y las aguas lo llevarán lejos.
Con el tiempo se convertirá en tierra,
ayudará a una planta crecer,
puede que esté en la flor de campo.
Ya ves que ésto no debería entristecerte.

Y además,
así sólo quedarán mis huesos,
lo único que en nosotros se parece a la eternidad.
Me conforta que también guarden mi corazón
y la cabeza.
Esa cabeza que esos doctores ridiculizaban,
quizás porque me repugnó aliarme con extranjeros,
o porque no ataqué a Buenos Aires.
No saben que el recuerdo de Dorrego
comenzó a atormentarme desde que entramos en la provincia.
Yo era muy joven cuando lo fusilé,
y creí que hacía un servicio a la patria,
y aunque me dolió entrañablemente,
porque yo quería mucho a Manuel,
porque siempre le tuve inclinación,
firmé aquella sentencia que tanta sangre
ha hecho correr en estos doce años.

Vos Danel estabas conmigo
y sabés bien cuanto me costó hacerlo.
También lo saben muchos de los camaradas
que ahora lloran por estos huesos.
Y también sabés que fueron ellos,
los hombres de Cabeza,
los que me indujeron a cometer aquel crimen
con cartas insidiosas.

No vos Danel, ni LaMadrid,
ni ninguno de los que tenemos nada más que un brazo
para empuñar el sable
y un corazón para ayudarnos a enfrentar la muerte.

Los huesos son envueltos en el poncho
que alguna vez fue celeste,
pero que ahora es apenas un trapo sucio.
Un trapo que no se sabe bien lo que representa,
uno de esos símbolos de las pasiones humanas,
Celeste, Colorado,
que terminan por volver al colorín mortal de la tierra,
el color del destino último de los hombres,
Unitarios o Federales.

El corazón es puesto en un tachito con aguardiente,
y por un momento no se sabe a quién entregarlo.
El alma de Lavalle contempla a más desamparado de sus fieles.
A alguien que permanece solo y un poco apartado,
y piensa:
Aparicio Sosa, que nunca necesitaste entender nada,
limitándote a serme fiel,
a creer sin razones en lo que yo hiciera o dijese.
Vos, que me cuidaste desde que yo era un cadete mocoso y arrogante.
Vos, callado Sargento Sosa,
el Negro Sosa,
el picado de viruelas Sosa.
El que me salvó en Cancha Rayada, poniendo su pecho.
El que nada tiene, fuera de su amor
a este pobre General derrotado,
y a esta patria bárbara y desdichada.

Querría que pensasen en vos,
Aparicio Sosa.



17 - APARICIO SOSA
(tonada)
cantado:

Mi buen Aparicio Sosa
el del coraje callado,
el del coraje callado.

Yo sólo puedo dejarte
mi corazón destrozado,
mi corazón destrozado.
recitado:

Alejandro Danel entrega el corazón al Sargento
y el alma de Lavalle piensa:

- Sí compañeros,
porque es como darlo a esta tierra
regada con la sangre de tantos hombres como él.
Esta Quebrada por la que ya hace tanto tiempo,
tanto tiempo,
subió Manuel Belgrano,
frágil como una niña,
generalito improvisado,
con la sóla fuerza de su ánimo y su fervor,
dispuesto a enfrentar a tropas aguerridas
por una patria que aún no se sabía lo que era,
que todavía hoy no sabemos lo que es.

¿Hasta donde se extiende?
¿A quién pertenece de verdad?
Si a Rosas, si a nosotros,
si a todos juntos,
pero que, sin duda alguna,
pertenece al Sargento Sosa -
cantado:

Ya casi nada comprendo
mi alma está oscurecida
comprendo sólo una cosa
mi corazón es la patria.

En tus manos lo confío,
mi suerte ha sido funesta,
bien ves Aparicio Sosa,
otra cosa no me resta.



recitado:

Ya deben recomenzar la marcha
se oyen demasiado cerca los disparos de retaguardia.
Quedan aún treinta y cinco leguas,
si tienen suerte,
en cuatro días alcanzarán la frontera.

Y los fugitivos desaparecen en medio del polvo
en la inmensidad de la Quebrada.
Furiosos y desesperadamente
galopan hacia Bolivia los hombres de la Legión,
seguidos por las lanzas de Oribe.

Y aquellos fugitivos piensan
cuantos y quienes de los que cubren la huída
han sido alcanzados,
cuantos han sido lanceados o degollados,
y quienes.
Cuatro días aún, con sus cuatro noches
en medio de aquellos cerros silenciosos,
por aquella Quebrada que tantos hombres
en armas ha visto pasar durante siglos,
para arriba, para abajo.

Sangres antiguas, en aquel polvo ancestral,
pisan los cascos que buscan la frontera.

Llevan un montón de huesos,
el corazón de un jefe,
una cabeza sagrada.

Hasta que en medio de la noche
atraviesan el límite de la patria
y pueden por fin derrumbarse en paz.
Una paz sin embargo,
tan desoladora como la que reina
en un mundo muerto,
en un territorio arrasado por la calamidad,
recorrido por lúgubres y hambrientos caranchos.

Y cuando la mañana Pedernera da orden de marcha
aquellos guerreros permanecen largo tiempo
mirando hacia el sur,
desde lo alto de sus caballos.

Mirando hacia la tierra que se conoce con el nombre
de Provincias Unidas del Sur.
Unidas del Sur...

Que dolorosamente irónicas suenan esas palabras.

Mirando hacia la región del mundo
en que esos hombres han nacido
y donde quedan solos
sus hijos,
sus hermanos,
sus mujeres,
sus madres.

¿Para siempre?
Sí, probablemente para siempre.

Todos miran hacia el sur
también el Sargento Sosa
con aquel tachito apretado contra su pecho.

Hasta que Pedernera comprende que ya basta,
y da la orden de marcha
y todos tiran de sus riendas
y vuelven sus cabalgaduras hacia el norte.

Ya se alejan lentamente en medio del polvo
y la soledad mineral
en aquella desolada región planetaria.

Y pronto no se distinguirán,
polvo en el polvo.



Ya nada queda en la Quebrada
de aquellos restos de la Legión.
El eco de sus caballadas se ha apagado.
La tierra que desprendieron
en su furioso galope, ha vuelto a su seno,
lenta pero inexorablemente.

La carne de Lavalle ha sido arrastrada
hacia el sur por las aguas de un río,
para convertirse en tierra,
acaso en árbol o en flor.

Sólo permanece el recuerdo brumoso
y cada día más apagado de aquella Legión fantasma.



18 - TIERRA MILENARIA
recitado:

Un viejo indio me ha contao
que en ciertas noches de luna
se aparece el fantasma del General.

Se oyen primero las espuelas
y luego un misterioso y sordo relincho.
Después aparece Lavalle
montado en un caballo blanco como la nieve.
Lleva un gran sable
y un alto morleón de granadero.

Pobre indio...
Si el General era ya un mísero paisano
con un chambergo de paja sucia
y un poncho que había olvidado
su color simbólico.

Si aquél desventurado no vestía ya
ni uniforme de granadero,
ni alto morleón,
ni nada.

Pero así ve el viejo indio el General
y así me lo contó.

También me dijo que es como un sueño,
es apenas un instante
en que aquél guerrero resplandece en la noche.

Luego desaparece entre las sombras,
cruzando el río, hacia allá,
hacia los cerros del poniente.



17 - ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN GUERRERO
recitado:

Ésta es la historia de un caballero
valiente y desgraciado;
La historia del fin y muerte
del general Juan Galo de Lavalle,
descendiente de Hernán Cortés,
el soldado quién San Martín llamó
el primer espada del Ejército Libertador.

El guerrero, que poniendo la mano
sobre la empuñadura de su sable,
silenció a Bolívar,
peleó en ciento cinco combates
por la libertad de este continente
y murió en la miseria y el desconcierto.
cantado:

Dorrego es su corazón
volvió con él a morir
el suelo nuestro quisiera
los dos con misma pasión

Nuestra tierra recogió
sus cuerpos juntos en paz
allí volví hermanados
en la misma grandeza de recuerdo y amor.