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Una Historia de Planetas, Numeros y Dios



Antes de que inventáramos la civilización, nuestros antepasados vivían principalmente al aire libre, fuera, bajo el cielo. Antes de que ideáramos luces artificiales, polución atmosférica y formas modernas de ocio nocturno, nos dedicábamos a contemplar las estrellas. Había razones calendáricas prácticas que lo avalaban, desde luego, pero había algo más que eso. Todavía hoy, el más hastiado de los habitantes de la ciudad puede sentir alguna vez la tentación de descubrir, en una noche clara, un cielo salpicado de miles de estrellas fulgurantes.



Cuando me ocurre a mí, después de todos estos años, aún se me corta la respiración.

En toda cultura, el cielo y el impulso religioso se hallan entrelazados. Estoy tumbado en un prado y el cielo me rodea. Me siento subyugado por sus proporciones. Es tan vasto y está tan lejos que hace palpable mi insignificancia. Pero no me siento rechazado por él. Yo soy una parte del cielo, minúscula, claro está, pero todo es minúsculo comparado con esa abrumadora inmensidad.



Y cuando me concentro en las estrellas, los planetas y sus movimientos me asalta una irrefrenable sensación de organización, de mecanismo de relojería, de elegante precisión funcionando a una escala que, con independencia de lo alto a que apunten nuestras aspiraciones, nos hace pequeños y humildes.



La mayor parte de los grandes inventos en la historia de la Humanidad —desde los utensilios de piedra y la domesticación del fuego hasta el lenguaje escrito— fueron realizados por benefactores desconocidos. Nuestra memoria institucional en relación con eventos de un pasado lejano es débil. No sabemos el nombre de aquel antepasado que, por primera vez, comprendió que los planetas erandistintos de las estrellas. Ella o él vivió seguramente decenas o incluso centenas de miles de años atrás. Pero, finalmente, todo el mundo comprendió que cinco, no más, de esos puntos brillantes de luz que adornan el cielo nocturno rompen filas respecto a los demás durante un periodo de meses, moviéndose de forma extraña, casi como si estuvieran dotados de inteligencia.



Compartiendo el curioso movimiento aparente de esos planetas estaban el Sol y la Luna, sumando en total siete cuerpos itinerantes. Estos siete eran importantes para los antiguos, y les asignaron nombres de dioses, pero no de dioses antiguos cualesquiera, sino los nombres de los dioses principales, los jefes, los que dictan a los demás dioses (y a los mortales) lo que deben hacer.



A uno de los planetas, relumbrante y de lento movimiento, los babilonios lo bautizaron con el nombre de Marduk, los nórdicos con el de Odín, los griegos con el de Zeus y los romanos con el de Júpiter, en cada caso el rey de los dioses.



Al planeta pálido y de veloz movimiento que nunca se hallaba lejos del Sol los romanos lo llamaron Mercurio, el nombre del mensajero de los dioses; el más brillante de ellos recibió el nombre de Venus, la diosa del amor y la belleza; el de color rojo como la sangre fue Marte, como el dios de la guerra; y el más perezoso del grupo se llamó Saturno, en honor al dios del tiempo. Estas metáforas y alusiones eran lo mejor que podían hacer nuestros antepasados: no poseían más instrumento científico que sus propios ojos, se hallaban confinados en la Tierra y no tenían la menor idea de que también ésta es un planeta.



Hubo un momento en los últimos cuatro mil años en que esos siete cuerpos celestes se colocaron en línea. Poco antes del amanecer del 4 de marzo del año 1953 a. J.C. la Luna creciente brillaba en el horizonte. Venus, Mercurio, Marte, Saturno y Júpiter se hallaban alineados como perlas en un collar junto al gran cuadrado en la constelación Pegaso, cerca del lugar del cual emana en la actualidad la lluvia de meteoritos de las Perseidas. Incluso los observadores casuales del firmamento debieron de quedarse trasmudados por el acontecimiento. ¿Qué era? ¿Una comunión de los dioses? Según Kevin Pang, del JPL, dicho evento constituyó el punto de partida de los ciclos planetarios de los antiguos astrónomos chinos.



No ha habido otra ocasión en los últimos cuatro mil años (ni la habrá en los próximos) en que la danza de los planetas alrededor del Sol los conjugue de este modo, vistos desde la Tierra. Pero el 5 de mayo del año 2000 los siete fueron visibles en la misma parte del cielo, si bien algunos al amanecer y otros durante el crepúsculo, y unas diez veces más separados que en esa mañana de invierno del año 1953 a. J.C. Aun así, ésa será probablemente una noche idónea para celebrar una fiesta.



Cuando llegó el momento de diseñar la semana —un lapso de tiempo que, a diferencia del día, el mes y el año, no tiene una significación astronómica intrínseca— le fueron asignados siete días, cada uno de ellos bautizado con el nombre de una de esas anómalas luces del cielo nocturno, Los remanentes de dicha convención son hoy evidentes. En inglés, Saturday (sábado) es el día de
Saturno. Sunday (domingo) y Mo(o)nday (lunes) quedan suficientemente claros.




Los días restantes reciben los nombres de los dioses de los pueblos sajones y teutónicos invasores de la Britania céltico-romana: Wednesday (miércoles), por ejemplo, corresponde al día de Odín (o Wodin), lo cual quedaría más claro si lo pronunciáramos como se escribe, Wedn's Day; Thursday (jueves) es el día de Thor; Friday (viernes) es el día de Freya, diosa del amor. En el último día de la semana se conservó la tradición romana, pero el resto adoptó la germánica.



En todas las lenguas neolatinas, como el francés, castellano e italiano, la conexión es aún más obvia, ya que todas ellas derivan del latín, donde los nombres de los días de la semana (en orden, empezando por el domingo) derivan del Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno. El día del Sol se convirtió en el día del Señor, en latín dominus.

[...]

Esta agrupación de siete dioses, siete días y siete mundos —el Sol, la Luna y los cinco planetas itinerantes— se introdujo de forma generalizada en la percepción de la gente. El número siete empezó a adquirir connotaciones sobrenaturales. Había siete «cielos», las esferas transparentes centradas en la Tierra que, se suponía, inducían el movimiento de esos mundos.



El más exterior, el séptimo cielo, era donde se suponía que residían las estrellas «fijas». Están también los siete días de la Creación (si incluimos el día en que Dios descansó), los siete orificios de la cabeza, las siete virtudes, los siete pecados capitales, los siete demonios maléficos del mito sumerio, las siete vocales del alfabeto griego (cada una asociada a un dios planetario), los siete gobernadores del destino en la tradición hermética, los siete grandes libros del maniqueísmo, los siete sacramentos, los siete sabios de la Antigua Grecia y los siete «cuerpos» de la alquimia (oro, plata, hierro, mercurio, plomo, estaño y cobre; el oro asociado con el Sol, la plata con la Luna, el hierro con Marte, etc.).



El séptimo hijo de un séptimo hijo está dotado de poderes sobrenaturales. El siete es un número de la «suerte». En el Apocalipsis del Nuevo Testamento se abren siete sellos que lacran un rollo de papiro, se tocan siete trompetas, se llenan siete copas. San Agustín argumenta confusamente en favor de la importancia mística del siete alegando que el tres «es el primer número impar» (¿y qué pasa con el uno?) y el «cuatro es el primer número par» (¿y qué pasa con el dos?), y «con ambos... se compone el siete». Etcétera, etcétera. En nuestros días persisten estas asociaciones.

[...]

Cuando se reivindicaba la existencia de nuevos mundos a fines del siglo XVIII, la fuerza de esta clase de argumentos numerológicos había disminuido notablemente. Aun así, el anuncio en 1781 del descubrimiento de un nuevo planeta a través del telescopio fue acogido con auténtica sorpresa. Comparativamente, el hallazgo de nuevas lunas ya no impresionaba demasiado, en especial después de las primeras seis u ocho. Pero que hubiera nuevos planetas por descubrir y que el ser humano hubiera creado un medio para hacerlo se consideró del todo asombroso. Si todavía queda un planeta desconocido, puede haber muchos más, tanto en este sistema solar como en otros. ¿Quién puede aventurar lo que se puede llegar a encontrar si hay multitud de nuevos mundos ocultos en la oscuridad?



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