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Nunca deje de creer en la magia... [Capítulo II]

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Una vez dicho esto comenzemos.

Por si no vieron el primer capítulo:




CAPÍTULO II


OLVIDAR

De pronto deje de escuchar los ruidos y fue todo paz, no me ahogué, es más, respirar era innecesario

Sentí un inmenso amor que me rodeaba y me mantenía vivo, no sabía qué o quién era, solo lo sentía junto a mí

Era una mujer, ¿un hada?, ¿una ninfa?, ¿una princesa?, no lo sé, lo que si sabía era que algún día la iba a conocer, y así fui sintiendo que cada día, la espera se acortaba más y más.

Las cosas donde estaba no eran como en el Edén, no podía moverme, no podía ver ni escuchar, pero de todas maneras, no importaba mucho, tan solo con sentir a mi princesa cerca me llenaba de tranquilidad.

El lugar era estrecho, pero extrañamente no me sentía incómodo. Parecía estar rodeado de agua cálida, que me mantenía vivo. ¿Acaso seguía en el Jordán? No, imposible, el ambiente era totalmente diferente, me sentía tan lleno de vida. Por unos instantes llegué a considerar la idea de quedarme aquí por siempre, pero después recordé a mi princesa, tenía que conocerla.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que llegué acá, parecía que había pasado una eternidad, pero jamás me aburrí, siempre imaginando el rostro de mi princesa y como sería hablar con ella.

Había tantas preguntas que deseaba hacerle:

¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? ¿Donde están los otros caminantes? ¿Qué pasó con el Edén?

A veces quería gritar para saber si realmente ella sabía que yo estaba aquí.
Quería salir de aquí solo para poder conocerla, pero algo en mi interior me decía que aún no era la hora.

Así que deje de pensar y de repente, una tranquilidad me invadió, hice un esfuerzo por mantenerme despierto, pero no había nada que hacer, e inevitablemente me quedé dormido.


Desperté, cegado por una fuerte luz, e instintivamente cubrí mi rostro con mis manos.
Una vez mis ojos se acostumbraron, me puse de pie. No lo entendía, estaba en otro sitio.

¿Qué pasó con el lugar en el que estaba antes? ¿Qué paso con mi princesa?

Todo era blanco, y mi cuerpo se hallaba tapado con una túnica delgada y ligera.
Me encontraba descalzo, parado sobre una especie de alfombra. Con cada paso que daba, la alfombra se hundía ligeramente. Con unos cuantos pasos más, mi cuerpo se acostumbró al hundimiento de la alfombra.

Alcé la vista, y quede anonadado. La alfombra se extendía infinitamente hasta que se perdía de mi vista. Todo el lugar era plano, no había ni arboles, ni montañas, ni ríos.

¿Cómo llegué acá?

Estaba empezando a asustarme, pensando que nunca volvería a ver a mi princesa, pero de repente me di cuenta que no estaba solo. Incontables personas como yo estaban en el sitio, y cada vez había más. No venían de ningún lado, solo aparecían allí, inexplicablemente.

Todos parecían desconcertados, perdidos y asustados, tal como yo me sentí al despertar, excepto por un muchacho, que estaba sentado tranquilamente a unos cuantos pasos de donde me encontraba.

Tenía la mirada perdida en el vacío, y parecía el único en saber lo que estaba pasando acá.
Su larga cabellera oscura, que casi llegaba a sus hombros cubría ligeramente su rostro alargado y con una expresión amigable, de alguna manera, tranquilizadora.

Me acerqué sin hacer suido, tambaleándome sobre la alfombra que parecía flotar sobre la nada, y me senté a su lado, tratando de observar que es lo que captaba su atención.
El muchacho de alguna manera me resultaba un tanto familiar, pero por más que trate de hallar alguna conexión, no lo logré.

– ¿Sabes dónde estamos? – le pregunté.
– Créeme que si lo supiera, no estaría sentado aquí. – respondió tranquilamente.
– ¿Y cómo llegaste acá, te despertaste aquí simplemente igual que yo?
– Así es, igual que todos los que estamos aquí.
– ¿Y cómo sabes eso?
– Es uno de los privilegios de haber llegado primero. – dijo mirándome directamente a los ojos, dibujando una sonrisa un tanto burlona en su cara.

Esa mirada me hizo recordar, y me di cuenta de porque este tipo me resultaba tan familiar. El muchacho sentado a mi lado era el caminante que se había sumergido en el Jordán antes que yo lo hiciera. Sentí algo en el pecho, algo que nunca antes había experimentado, sentí miedo y curiosidad, y surgió una pregunta, la más importante de todas las preguntas que me había planteado.

¿Acaso todos los caminantes han pasado por lo mismo que yo?

En el fondo, sabía que era así. No podía ser una coincidencia que el muchacho que se había sumergido antes que él se encontrara allí. ¿Acaso todos tenemos el mismo destino?
Había tantas cosas que ignoraba. Pero estaba seguro que el muchacho sabía más, y sabía que él podía proporcionarme algunas respuestas, así que continué preguntando.

– ¿Y entre esos privilegios tuyos no está el saber por qué estamos aquí? – Le pregunté, intentando continuar la conversación anterior
– Bueno, de hecho sí. – respondió como si nada – Pero, ¿realmente quieres saberlo?
– ¡Sí! – le dije casi gritando, aunque eso no pareció molestarle en lo absoluto.
– Bueno, la razón por la que nos han traído aquí es para olvidar…
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