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¿Dos científicos o dos locos?




¿Dos científicos o dos locos?

Un día, allá por el año 1890, en la Academia de Ciencias de París, un famoso médico daba una conferencia llena de palabras griegas y vocablos latinos sobre las causas de la fiebre puerperal. De golpe, la conferencia fue interrumpida por una voz que bramó desde el fondo de la sala:





- ¡Lo que mata a las mujeres de fiebre puerperal no es nada de eso: sois vosotros, los médicos, que lleváis los microbios mortíferos de las mujeres enfermas a las sanas!

El ponente respondió:
- Es posible que tenga usted razón, pero me temo que no encuentre nunca ese microbio.
Intentó reanudar su ponencia, pero aquel hombre de cerca de 70 años ya caminaba cojeando de su pierna izquierda ligeramente paralizada hacia donde estaba el ponente. Agarró un trozo de tiza y gritó al enojado ponente y a la escandalizada Academia:

- ¿Dice usted que no encontraré el microbio? ¡Bien, hombre! ¡Pues lo he encontrado, y es una cosa así!
Y garrapateó una cadena de circulitos. La reunión se interrumpió.

Si os dijera esto sin contar nada más podríais pensar que ese anciano hombre era un loco, pero si os digo que era Louis Pasteur, ¿a que os estáis planteando cambiar de opinión?. Y es que Pasteur con 70 años era tan impulsivo, impetuoso y entusiasta como cuando tenía 25. Pero esta historia empieza unos 50 años antes.

En 1842 entre las pacientes del Hospital General de Viena, el 27% de las embarazadas murieron en agosto, el 20% en octubre y nada menos que 33% en el mes de diciembre. Los más famosos obstetras de la época habían aprendido a convivir con la detestable pero corriente fiebre puerperal.

En el Hospital General de Viena existían dos departamentos de obstetricia: el del doctor Klein y el del doctor Bartch. Klein, cuya clínica gozaba de muy mala fama, nombró a Ignaz Phillipp Semmelweis (1818-1865) profesor adjunto. Las mujeres tenían a Klein como un gafe y sólo las más pobres e ignorantes iban a dar a luz al “pabellón de la muerte”. Las otras se agolpaban en la consulta de Bartch o se quedaban en sus casas y en el último momento llamaban a una comadrona.

¿Por qué la mortalidad era tan diferente de un departamento a otro separados por un simple corredor? ¿Por qué también era más baja la mortalidad en las que se quedaban en casa? Las hipótesis de los médicos eran un montón de palabras sin sentido. Semmelweis empezó a pensar que entre los médicos y las parturientas había un vínculo pero, ¿cuál era y por qué?

Un día, mientras leía informes recibió una noticia: uno de sus colegas, el doctor Kolletscha, había muerto en pocas horas debido a una infección desconocida después de cortarse la mano durante una autopsia.

De golpe Semmelweis vio la relación. Antes de visitar y explorar a aquellas mujeres, los estudiantes seccionaban los cadáveres. Por lo tanto, era esa “materia cadavérica” la que transportaba la muerte (faltaban todavía 20 años para que Pasteur demostrara que las infecciones son causadas por microorganismos).

Se horrorizó solo de pensarlo: él también, como otros tantos, había visitado centenares de puérperas sin ni siquiera lavarse las manos. Ante todos estos datos, en 1846, el joven médico decidió instalar lavabos en todas las clínicas e impuso a los médicos a someterse a una desinfección con cloruro de cal, incluso a los que habían entrado en contacto con materias descompuestas.

Lavarse las manos cuidadosamente, impedir que la ropa esté en contacto con los cadáveres. Desinfectarse con mucho cuidado antes de explorar a las puérperas. Esto es lo que hay que hacer.

Fue llamado de todo: “lavabo”, “maníaco”, “orinal”, etc. Pero no hizo caso y la tasa de mortalidad bajó al 0,5%. Las “autoridades” no le dieron crédito. Preferían cualquier explicación antes de escuchar a Semmelweis. Con 30 años tuvo que soportar el odio de la comunidad médica, el ministro le revocó el cargo y fue expulsado de Viena. Más tarde llegó la guerra y sobrevivió a duras penas en la miseria.

En 1856 lo nombraron director de la maternidad de San Roque. Los obstetras se reían de él y para contrariarlo no seguían sus normas de desinfección. La tasa de mortalidad aumentó al 12%. Dubois, el más famoso obstetra de la época dijo:

Vea, puede ser que la teoría de Semmelweis tuviese algún principio bueno, pero, vamos, la minuciosa aplicación de su método es imposible. Imagínese que haya que someter a todo el personal a tal desinfección en nuestros hospitales públicos. ¿Cómo controlar a todo el personal de médicos, enfermeros y estudiantes? Se necesitaría ponerlos en cuarentena durante semanas enteras, renovar el equipo, desinfectar cada vez los instrumentos. Se paralizaría cualquier actividad hospitalaria…

La verdad, me cuesta discernir si este Dubois era un obstetra o un político. Una vez más se corrobora que el poder tolera la ciencia mientras se muestre respetuosa con él.

En 1858 la comisión de la Academia de Medicina de París rechazó la tesis de Semmelweis. Más tarde enfermó de Alzheimer. Veía enemigos en todas partes y se hundió en la demencia. Un día entró corriendo en la sala de autopsias donde estaban seccionando un cadáver. Enloquecido, fue a él y empezó a arrancar trozos de cadáver. Los que estaban alrededor no se atrevieron a pararlo y en un momento, hundiendo la mano en el cadáver, se cortó profundamente los dedos. Encerrado en un manicomio murió tres semanas después con todo tipo de enfermedades.

Según sus propias palabras: Una vez que se identificó la causa de la mayor mortalidad de la primera clínica como las partículas de cadáveres adheridas a las manos de los examinadores, fue fácil explicar el motivo por el cual las mujeres que dieron a la luz en la calle tenían una tasa notablemente más baja de mortalidad que las que lo hicieron en la clínica

¿Son estas las palabras de un loco? Años después Pasteur reconoció a Semmelweis el descubrimiento de la asepsia. Así pues, el comportamiento de este último en aquella conferencia no era el de un loco y Semmelweis, por supuesto, tampoco lo era.


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