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Café

Ella pide café con crema.
Siempre igual. Con el sobrecito de azúcar, que seguramente dejará en el plato.
El olor al rimmel de los ojos le molesta. Sobre todo ahora, al anochecer, cuando todo parece más viejo y desgastado, cuando todo molesta.

- Ya le traigo, señora- contesta el mozo.
- Gracias.

Un sobretodo negro toca la puerta mojada del Café y él empuja para entrar. El viejo dueño lo observa desde la caja, y ojea para ver si queda alguna mesa vacía.

Sólo dos.
Una al fondo, demasiado lejos de ella. Otra, al lado.

- Whisky, por favor- murmura el hombre mientras pasa cerca del mostrador, señalando la mesa de la ventana.
- Ahora nomás...

Ella mira la nada, por entre las gotas del vidrio. Sus ojos se pierden en la calle mojada, sin mucho más que hacer.
Son muchos sus recuerdos. Demasiados para poder ordenarlos.
Prefiere mirar sin mirar, y deja que las imágenes de la memoria aparezcan solas, cuando quieran.
Ahora, por ejemplo, se detiene en aquella tarde gris en que lo vió por primera vez, cuando cada cosa era nueva para sus años nuevos.
Se le escapa una leve sonrisa. Jamás olvidará ese encuentro en la plaza del pueblo.
Jamás podrá olvidar nada.
" Un encuentro, y mi vida que cambia para siempre",- se resigna en silencio.
" Un encuentro. Tan azaroso y peligroso como un encuentro. Una puerta que se abre, en vez de no abrirse...es algo increíble..."- piensa con miedo.

El la observa, ya con el whisky entre los dedos
No piensa acercarse, porque su historia tampoco ha sido fácil.

La memoria insiste con un perfil rubio y largo que se ha ido para siempre, y que no puede soportar.

El dueño del bar parece verlo todo desde su lugar de privilegio.
Casi cree que los verá hablar en sólo unos minutos. Las demás mesas no existen ya para él. Sólo observa ese cuadro que tiene delante: un hombre a la izquierda, lleno de oscuridad y sombras, envuelto en su sobretodo; una mujer a la derecha, que se pierde en una mirada húmeda. Y el reloj de pared en el medio, como último testigo.

Los minutos pasan. Muy rápidamente para ella, por haberse perdido en sus pensamientos. Lentamente para él, que espera interminables ratos para verla cambiar de gesto y volver a recorrerla entera.

Finalmente, el hombre decide acercarse, después de un largo tiempo de dudas.
Empieza a correr su silla lentamente, pensando cada movimiento. Pero ve que se acerca el mozo, y decide sentarse otra vez. Ya no volverá a intentarlo, lo sabe desde adentro del alma.
Piensa que si el mozo se acercó a interrumpirlos, fue porque así tenía que ser.
Baja la mirada.
Su soledad es ya para él casi una compañera de viajes.
Deja unos billetes al lado del vaso y se va del bar, para siempre.

Ella sigue, entre la ventana y la lluvia, esperando casi con lágrimas por algún nuevo encuentro.


- Disculpe, señora...Con crema, me dijo?
- ...sí, por favor...
- Bueno...ahora le traigo.
- Gracias.
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