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CONDENA DE TINTA

Le parecía absurdo tener que ponerse a garabatear esa historia únicamente como fruto de una orden inexplicable y tirana. Pero allí estaba, obedeciendo, en plena noche de luna, inclinado sobre su desvencijado escritorio de madera... (ese sabio e incondicional compañero de viajes por las rutas de la mente).
Poco a poco le fue dando forma a la trama, y blasfemando en voz baja por ser tan servil, sintió al menos por un instante el placer de tantos años, ése de ir dando a luz a un relato desde la nada, el de ir palpando la existencia a partir de una idea, la bella destrucción de la blancura del papel como fruto de una efímera inspiración, que terminaba siempre en trazos azules, en oportunos tachones, en referencias al pie de la página y en flechitas que salteaban renglones desechados.
Lentamente nacía el monstruo, como le gustaba llamarlo desde niño, y mostraba sus formas incipientes... Cada rasgo de la criatura era delineado con prolijidad y una cierta perversión, pensándose él, por momentos, creador omnipotente e ilimitado de la realidad, con la única atadura de su imaginación.
Lo veía formarse y definirse. Fugazmente recordó las historias de científicos dando a luz a sus invenciones, pero intentó evitar el paralelo en una necesidad de exclusividad absoluta, y siguió adelante con la historia.
Su anciana esposa dormía a pocos metros de él. La brisa del lago que entraba por la pequeña ventana acariciaba, junto con la luz de la luna, su piel arrugada y añosa. Era una noche apacible que transcurría silenciosamente mientras él seguía desgajando el relato.
Unos instantes después, la criatura estaba casi lista y sólo necesitaba el soplo de vida.
Se supo poderoso con la tinta apenas asomando en la pluma, y pensó que quizá era demasiado llegar hasta ese punto. Nadie puede saber después del fenómeno de la existencia, lo que el nuevo ser hará con sus horas,... pensaba en medio de la quietud de la noche.
Pero la tentación fue demasiada, y se reconoció más que nunca un hombre de carne y hueso, con pasiones y debilidades, con una historia mediocre de relatos que poco servirían a la literatura y con una vida que, sin dejar huellas notorias, se estaba esfumando sobre el epílogo de sus días.
Sintió una amargura dolorosa, pero entendió que la pendiente de sus ochenta y dos años lo hacía descender irreversiblemente hasta esa encrucijada, y que debía tomar una determinación.
Respiró profundamente. Apoyó con firmeza la pluma en el papel y decidió terminar la obra, en un momento de audacia que sin duda le quitaba algo de cobardía a tantos años inútiles. Se sintió por una vez protagonista de su propia historia, y suspiró aliviado.
Pero a medida que avanzaba sobre el último párrafo, entendió con una angustiosa certeza que desde ese mismo momento su propia creación no tendría piedad con él, y que el final lo condenaba a permanecer en aquella historia, la dolorosa y definitiva historia que cuenta cómo, en un ritual de luna, brisas y silencio, un viejo escritor obedece una orden inexplicable y tirana, inclinándose para comenzar a redactar, otra vez desde el principio, su último relato.

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