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UN MANOTAZO

Desde ya que resultaba bastante arriesgado tirarme por encima de él para alcanzarla... Sabía que eso no era honesto, pero no tenía alternativas.
Empezaba a anochecer, todo giraba a una velocidad espantosa y apenas podía mantener mi sentido del equilibrio. Pero la decisión estaba tomada. Lo que pasara después... me tenía sin cuidado.
Estaba realmente nervioso... Miré bien a mi alrededor y calculé la distancia y el tiempo. Si lograba hacer todo con rapidez, el episodio se olvidaría en poco tiempo, y los rencores se perderían en el olvido.
Ella me miraba fijamente desde el auto rojo. Aún recuerdo su vestido a cuadritos, y sus ojos celestes.
Mientras se acercaba el momento, me di cuenta que aquélla sería mi última oportunidad: repentinamente había aparecido mi madre en aquel lugar, y eso me presionaba aún más. No quería que ella tuviera nada que ver con todo ese asunto.
Faltaban muy pocos segundos.
Me levanté, hice un poco de presión sobre mis rodillas, y cuando ya la tenía a la vista, me abalancé por encima de él, anticipándome a cualquier movimiento suyo.
La agarré con todas mis fuerzas.
Ya era mía, y nada podía hacer retroceder al tiempo...
Luego me sequé la transpiración de la frente, y ella sonrió. Bajó del auto rojo y se marchó alegremente: esa fue toda mi recompensa...
Después, claro, me acerqué a mamá, sin hablar. Por un momento pensé que nos enojaríamos, porque esas cosas en mí siempre le incomodaron..., pero sólo guiñó un ojo, y sonrió con picardía.
Finalmente me acerqué al viejo dueño, con lentitud..., casi como en un acto cotidiano, al tiempo que él hacía funcionar las máquinas para otra vuelta.
También sonrió, y extendió su mano hacia mí.
La vieja calesita de la plaza empezaba a girar nuevamente...

Y en un momento de gloria que nunca olvidaré, le devolví la sortija.
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