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Discépolo en tiempos de Riquelme

Discépolo en tiempos de Riquelme




Autor:
Marcelo Gantman


El mundo de porquería que vaticinaba para estos días Enrique Santos Discépolo en su tango Cambalache le trajo al menos una sorpresa: el hincha de fútbol finalmente fue tenido en cuenta. Ese lugar que reclamaba Discépolo desde la película "El Hincha" frente a la convicción de que el mundo del fútbol también era un ámbito de runflas con conveniencias y jugadores y dirigentes desalmados sin amor por la camiseta. La película puede gozar de cierto candor a la distancia y una inocencia de época, pero su mensaje era claro: el hincha de fútbol debía ganarse un espacio. Recibir algo a cambio de esa entrega total. Discépolo mismo era ese hincha. El del pañuelito con cuatro nudos en la cabeza, desvivido por su club y postergando hasta el infinito el casamiento con su novia."Primero son los colores del club, después los macaneos amorosos", decía el protagonista. Parece que eso sí en esos tiempos estaba bien visto.

El hincha ahora es todo. Siguiendo el deseo discepoliano el fanático del fútbol ocupa el centro de la escena y el reflector se posa en él. Llevó un tiempo, pero finalmente así lo entendieron los grandes medios, los gerentes de marketing, los conductores de programas deportivos, los consultores y asesores, los productores de TV que montan las previas, los editores de suplementos, los publicistas y creativos y especialmente, los hinchas mismos. Tardamos en entenderlo pero al final del partido, con el silbato del árbitro ya sonando, nos dimos cuenta de que el que siempre está, el que no se va con la comisión directiva, el que no es transferido a Europa y el que no pertenece a un grupo empresario, es el hincha. Sabemos que hay barras que no mueven su humanidad si no hay un "billete" de por medio, pero no es el caso que nos ocupa.

Hoy estamos con el hincha que es señalado por Juan Román Riquelme. No tanto por ese chico en sí, más bien por lo que simboliza. El fanático de palco y el de la bandeja alta siempre soñaron con que el jugador los señale, pero las circunstancias fueron embromadas. Al fin y al cabo, los jugadores de fútbol rara vez no señalan a alguien luego de un gol. Pero esta vez el señalamiento fue una marca y por las dudas la guardia pretoriana le saltó encima.

Quién estuvo mal y quién estuvo bien, si es posible que alguien haya estado bien, queda en el debate de opiniones que despierta el fútbol en cada una de sus facetas. El fútbol puede ser algo trivial o importante de acuerdo a quien lo mira y a lo que se busca. ¿Un fiscal metido en un hecho de gritos y genitales en un estadio con los problemas que tiene el país? Para varios semejante nadería no merece la intromisión de la justicia. Para otros, todo lo que pasa en el fútbol es grave y desmesurado como para que la justicia y los gobiernos no metan sus narices. Todo depende de lo que se opine ese día.

El plateísta que se cree un piola bárbaro es una celebridad y sin haber hecho nada. De ser nadie a alguien en un estadio basta con un plano de TV. Pamela Anderson fue descubierta así y miren que carrera hizo. Este hincha de fama fácil tal vez insultó, se tomó sus partes bajas y por eso Riquelme lo enfrentó. Para muchos eso es nada. El fútbol tiene muchas de esas nadas que son parte de su paisaje, estado natural de los ánimos exasperados porque para eso está el fútbol y no para otra cosa. El fanático que altera la ecuación y que es relevante como entrevistado no hace otra cosa que jugar tal como es el juego ahora. Compra abono, pide pin, destapa y sigue participando y grita contra los propios desde la atribución que le ha dado su condición de hincha. Boca encuentra los cuestionamientos en su casa y los números demuestren que al equipo de Carlos Ischia le ha ido mejor afuera que adentro: 5-1-3 de local y 6-1-1 de visitante.

Nos asusta pensar que el fútbol, con Discépolo o sin él, en el 506 y en el 2000 también, siempre fue de esa manera. Según estudios del geógrafo inglés John Bale, abocado a determinar como fueron conformándose las geografías de los campos deportivos, ya en 1863 el fútbol fue determinando sus parámetros de espacios. Es decir, su cancha. Pero no fue hasta 1882 que el fútbol tuvo su primera raya de cal. Y no tanto porque fuera imprescindible reglamentar el juego en un campo específico sino por otra necesidad: el fútbol se jugaba con límites imprecisos y la gente estaba adentro de la cancha. Había que marcar el lugar para que la gente viera el juego sin entrometerse en las acciones de los futbolistas amateurs. . Pero es sumamente interesante darnos cuenta de que el fútbol fue un deporte que nació con la gente adentro de la cancha. La evolución del juego, su crecimiento como fenómeno de masas y la consagración como espectáculo mediático, fueron creando nuevos ámbitos para vivirlo y seguirlo. Y de algún modo la tele volvió a meter al hincha adentro de la cancha. Como actor indispensable del espectáculo. Como individuo que va camino al estadio y promete resultados desde la mezcla del miedo y la ansiedad yambién como multitud una vez adentro.

No hay futbolistas sin que haya gente viéndolos y no puede haber público si no hay futbolistas. No puede haber fútbol sin cualquiera de los dos. Pero todos hemos entendido, lo que no significa que se comparta enteramente, que es el público el dueño de la pelota. Hay una tendencia de algunos clubes, también extendida al rugby, para que los nombres de los hinchas puedan figurar en las camisetas de los equipos mediante aportes económicos y hasta sin ellos. La fiesta popular que genera el fútbol se alimenta de todos los actores. Pero de pronto la experiencia del hincha es la que vale. Es el nuevo protagonista que tiene algo para contar. Esta es su era.

"¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones a las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada?"..."¿Que sería del fútbol sin el hincha?...El hincha es todo en la vida...", se preguntaba El Ñato, en la película de 1951, mientras Diana Maggi soñaba con casarse.

Discépolo no esperaba que este mundo de porquería, lodos y manoseos cumpliera su deseo menos pensado.


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