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Djokovic, el N1 que creció entre bombas



En las remotas montañas de Kopaonik, corazón rural de Serbia, un niño de seis años ve como Pete Sampras se corona por primera vez en Wimbledon, la catedral del tenis. "Algún día yo haré lo mismo", dice en voz alta sin apartar la mirada del televisor. Veintiuna primaveras después, Novak Djokovic rememora una vez más ese momento, el preciso instante en que decidió ser tenista profesional.

Cualquiera podría haber tomado la ocurrencia del pequeño Nole como un disparate, pero la realidad indica que dos décadas más tarde, el hijo mayor de Srdjan y Dijana ha demostrado que la determinación es parte de su esencia.

A principios de este mes, y en una de las mejores finales del All England que se recuerdan, el de Belgrado besó su segunda Copa Dorada tras imponerse al siete veces campeón Roger Federer en cinco maravillosos sets. Con la victoria recuperó además el trono del circuito mundial, el número uno, otro de los objetivos que se marcó siendo un crío, desbancando de la primera posición a Rafael Nadal. Espiritual y romántico, de una personalidad arrolladora para lo bueno y para lo malo, el ganador de siete grandes camina ahora por la parte próspera de sus vicisitudes. En lo deportivo y en lo privado, pues días después de ganar Wimbledon, se casó con su novia de siempre, Jelena Ristic, quien además espera el primer hijo de la pareja para finales de octubre.


Todo en la vida de Novak ha ido en contra de lo adverso, en un ejercicio constante de cambio. Tener tan claro su futuro cuando el contexto le negaba cualquier opción y sin embargo encontrar poco a poco las piezas de un puzzle irrepetible le han convertido en un tipo tenaz y brillante.

En el resort de esquí donde sus papás tenían el negocio se construyeron tres canchas de tenis. Allí Nole encontró la primera pieza, la que hizo posible el puzzle completo: Jelena Gencic, que invitó a un curioso espectador de sus clases, atento al otro lado de la valla, a probar el juego. "Tenía cinco años y medio. Vi su talento enseguida. Les dije a sus padres: este niño es de oro y será el mejor jugador del mundo. Ellos no podían creerlo, estaban en shock", explicaba en 2012 la mentora de Djokovic. La entrenadora enseñó las bases del tenis a un disciplinado y aplicado alumno que no soportaba perder, pero que siempre pedía que le repitiesen las instrucciones para no olvidarlas. Gencic le inculcó valores que iban mucho más allá del simple golpeo a la bola. "Quería que hablase como mínimo dos idiomas, me daba a leer libros que no nos enseñaban en la escuela y me ponía clásica para calmarme", recuerda.

Las pistas donde Jelena encontró a la pequeña estrella en formación quedaron completamente destruidas en 1999, cuando la OTAN bombardeó objetivos estratégicos en Serbia. La familia Djokovic ya se había mudado a Belgrado por aquel entonces, aunque allí los bombardeos también eran constantes. "Durante setenta y ocho noches seguidas, mi familia y yo nos escondimos en el refugio antiaéreo de mi tía. Nos pasábamos la noche entera oyendo las detonaciones, y cuando los aviones volaban bajo, se oía un ruido espantoso como si el cielo fuera a partirse en dos", confesaba el número uno en el libro Secreto de un ganador. En medio de la guerra de una Yugoslavia ya desintegrada, la única vía de escape a tanta barbarie era el tenis. Por las mañanas, después de horas en vela, Nole se encontraba en algún lugar de la ciudad con Gencic. Esta solía buscar lugares que ya habían sido atacados, asumiendo que no volverían a disparar misiles dos veces seguidas. Entrenaban sin red, pendientes del cielo, evitando el club local de Partizan, situado al lado de una base militar. El esfuerzo y dedicación que puso la maestra dejó al alumno una huella infinita. "Prácticamente todo lo que sé en pista me lo enseñó ella", reconoció Djokovic hace poco más de un año después de conocer la noticia del fallecimiento de su segunda madre, a la que también dedicó su segundo Wimbledon.

La guerra forjó aún más el carácter luchador de un Nole que ha alcanzado los sueños de los que tanto había fantaseado con Gencic, dotándole de una extrema habilidad de adaptación al cambio. Ahora el serbio es una bestia en pista, con una energía animal y un instinto asombroso, aunque en sus primeros años, romper el duopolio Federer-Nadal se antojaba imposible.

Hace cuatro años, ya instalado en la élite, era incapaz de mantener el pulso constante al suizo o el mallorquín. Tenía partidos de matrícula y en la siguiente ronda se ahogaba en un mar de dudas. O simple y literalmente, se ahogaba. En enero del 2010, cuando cayó en Australia con Jo-Wilfred Tsonga después de sufrir un golpe de calor, un nutricionista que había visto por televisión el partido quiso contactar con el derrotado. El problema de Novak no estaba en su férrea disciplina, ni en su meticulosa preparación. Su problema era que no se alimentaba como su cuerpo le pedía. Igor Cetojevic, también serbio, comprobó que las insuficiencias respiratorias de aquel jugador estaban provocadas por algún tipo de intolerancia. Así fue como el ahora rey del tenis supo que el gluten y ciertos azúcares debían salir de su menú y así fue como en pequeños ajustes a su dieta le llevaron a un 2011 en el que sumó 43 victorias consecutivas, tres Grand Slams de cuatro posibles y un récord que sigue en los libros de historia de este deporte.

Con todo, Novak es un hombre de claroscuros. Capaz de hacer imitaciones de Sharapova o Nadal pero también de serrar todas sus raquetas al perder la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres. Capaz de aplaudir un golpe ganador de un rival, pero también de permitir a su padre críticas llenas de veneno a los dos grandes rivales de su hijo. Capaz de sentarse a charlar con un recogepelotas en medio de un partido pero también de soltar improperios en su idioma al público de Madrid.

En la búsqueda constante de equilibrio consigo mismo, Djokovic ha encontrado en su esposa Jelena Ristic el contrapeso perfecto. Se conocieron en el instituto, donde la joven, un año mayor que él, era una brillante alumna en busca de una beca para estudiar en el extranjero. Él ya peleaba por hacerse un hueco en el ranking y ella consiguió una plaza en la prestigiosa Universidad de Bocconi en Milán, donde se licenció con honores en Empresariales. Presidenta de la fundación de su marido, Jelena ha aportado la imprescindible estabilidad que un jugador del nivel de Nole necesita. Apura los días de desconexión el serbio, que regresará a las pistas con dos retos. Mantener el número uno y estrenar la paternidad.

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