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El sueño roto de Aimar

Hace unos años, Televisión Española y la productora Gestmusic sacaron de su laboratorio un nuevo producto innovador, un programa en el cual un grupo de jóvenes promesas ingresaban durante tres meses en una Academia de canto, para formarse como artistas. Los tres ganadores, Rosa, David Bisbal y David Bustamante, ganaron fama, admiración y fortuna, y tres carreras discográficas en solitario. De los tres, el público eligió a Rosa para representar a España en el Festival de Eurovisión. Rosa de España no ganó el concurso, pero gracias a la primera generación de talentos, el concurso OT se convirtió en un fenómeno sociológico y en un programa que reventó las audiencias de la televisión. Cruzando el charco, la televisión argentina decidió hacer bueno el fenómeno OT, y no dudó en explotar la fórmula para construir un reality dedicado al mundo del fútbol. El programa se llamó 'Camino a la gloria' y participaron unos doce mil muchachos, que soñaban con jugar algún día en Primera división. Soñaban con llegar a ser, algún día, Maradona. Soñaban con alcanzar, algún día, el sueño del pibe. Ese sueño que inmortalizó el Potro Rodrigo en la canción 'La mano de Dios', y cuyas primeras estrofas venían a inmortalizar el deseo utópico de todo niño argentino.

"…En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir a la humilde expresión. Enfrentar la adversidad con afán de ganarse a cada paso la vida. En un potrero forjó una zurda inmortal con experiencia sedienta ambición de llegar. De cebollita soñaba jugar un Mundial y consagrarse en Primera, tal vez jugando pudiera a su familia ayudar…"

Doce mil chavales acudieron al Campo Argentino de Polo con el sueño de alcanzar la gloria de Maradona y hacer realidad la chance de jugar en Primera. para participar en las pruebas de selección. Como en la famosa película de 'Los Inmortales', al final, sólo podría quedar uno. Los concursantes tenían edades comprendidas entre 14 y 19 años, y el único ganador del reality tendría, como premio, una cantidad importante de dinero y la posibilidad de probar en las categorías inferiores del Real Madrid. La criba arrancó evaluando el juego aéreo, después el manejo de la pelota, y por último, la habilidad en el uno contra uno. De los 12.000 que se presentaron, unos 2.500 pasaron el primer corte. En la siguiente fase, continuaron 400 y después, el grupo de elegidos se redujo hasta quedarse en sólo 19 participantes. La elección del ganador llegó después de una votación muy reñida, pero al final, el triunfo fue para un pibe de pueblo, de Agustín Roca, de apenas mil habitantes. El chico respondía al nombre de Aimar Centeno, tenía porte de futbolista, un juego aéreo correcto y una técnica bastante depurada. Su posición natural, volante creativo. Un niño al que sus padres llamaron así en homenaje a los Centeno, una saga de hermanos que se lucieron en Rosario Central en los setenta, y al también argentino Pablito Aimar, que por aquellos entonces triunfaba en el fútbol español. Después de ganar, el pibe del pequeño pueblo de Junín no pudo reprimir su emoción en una alocución en prime time en la televisión de Argentina:

- No sé ni cómo he ganado, pero esto es para mi viejo, Roberto Centeno, que me lleva desde los 3 años a todas las canchas en que me tocó jugar. Me dijeron -explicaba Aimar con voz entrecortada- que la final del concurso la vieron en una pantalla gigante, en la plaza, y no lo podían creer. Ya ganaste, ya ganaste, me decían. Y no me puedo ni imaginar lo que será ahora, porque me espera el club más grande, el Real Madrid".

Con su triunfo en 'Camino a la Gloria', el pequeño Aimar hacía realidad su gran día y cumplía algo que nunca había ni imaginado. Había abrazado la fama en su país y le esperaba una gran aventura, el Real Madrid.Pero todo cambió para Centeno en la capital de España. Lo que debía ser su gran oportunidad, la culminación de su fulgurante carrera, acabó por convertirse en su gran pesadilla. El chico llegó a Madrid con la mirada limpia, con su fútbol intacto y con su melenita rubia por los hombros - a modo de repetición mimética del corte de pelo de Fernando Redondo-, deseoso de triunfar en la Casa Blanca. Pero su debut no pudo ser peor. El primer día deshizo el petate, abandonó el hotel y se marchó a entrenar. Su práctica duró cinco minutos. El tiempo exacto en el que Aimar logró centrar dos o tres balones al corazón del área, antes de lesionarse. El argentino golpeó mal la pelota y acabó por sufrir un pinchazo en la pierna, por lo que su debut en la cantera blanca arrojó un mal balance. Primer día, primera lesión. Después de aquello, el Real Madrid tampoco perdió demasiado tiempo en echar un vistazo a las condiciones del chaval. Se había lesionado, el club sólo estaba obligado a mantener a Aimar durante un plazo de tiempo, y nadie estuvo dispuesto a hacer un esfuerzo para integrar al muchacho en la disciplina de la cantera. Fueron días muy duros para Aimar, que incluso llegó a declarar en el diario ABC que ni siquiera había llegado a poder ponerse la camiseta del Real Madrid.

- No, nadie me la ha dado. Si me regala una -le confesaba al periodista- me la pongo ahora mismo.

Y se la regalaron, pero fue una de las pocas atenciones que tuvieron con él. Después de superar su pinchazo en la pierna en la primera práctica, y una vez superado el ruido mediático que provocó su llegada a Concha Espina como ganador de 'Camino a la gloria', el nombre de Aimar Centeno cayó en el olvido. Había demasiada vorágine en el primer equipo, los técnicos estaban demasiado apurados en pulir la cantera y nadie apostó por dar continuidad a un chico que había sido elegido por delante de doce mil rivales. Así que, cuando el contrato entre el Canal 13 y el Real Madrid expiró, Centeno hizo las maletas y volvió a su país. En la maleta se llevó una camiseta blanca que le regalaron, un par de autógrafos del presidente, unos obsequios personales de Emilio Butragueño y una gran carga de frustración. No le habían dado tiempo para triunfar. Le habían exhibido como una futura estrella y le habían tratado como a un desecho de tienta. Principalmente, porque la monstruosidad y las urgencias de un club tan grande como el Madrid suelen ejercer como trituradoras de nombres, de ilusiones, de sueños, de carreras futbolísticas. En el Madrid, un club repleto de trofeos e historia, lo único que falta es tiempo. Y mucho menos, tiempo para formar a un chico que había salido de un concurso de televisión.



Aimar Centeno cogió un taxi, marchó en dirección Barajas y se bajó en la terminal de salidas de vuelos internacionales. Allí, antes de coger el avión, se percató de la cruda realidad. Sentado en un banco, esperando para embarcar, se dio cuenta de que no había ni rastro de ese rosario de avezados periodistas, micrófonos y cámaras de televisión que le agobiaron a su llegada al Madrid. Después se quejó en silencio de aquellos que le habían privado de tirar una pared con Zidane y de compartir vestuario con Roberto Carlos, levantó la cabeza, agarró la maleta, dijo que no tenía nada que declarar y volvió a cruzar el charco.

Después del desastre en España, Aimar Centeno volvió a Argentina con más pena que gloria. Llegó a probar en River Plate a pesar de ser hincha confeso de Boca Juniors, pero en el club de Núñez nunca llegó a cuajar ni a convencer a los técnicos. Después de no pasar el corte de River, Centeno recibió la llamada de Rosario Central para jugar en quinta y sexta división, pero diferentes problemas volvieron a dar con Aimar fuera de los terrenos de juego. Las últimas noticias conocidas sobre el paradero de Centeno, el ganador de Camino a la gloria, cuentan que se ha visto obligado a regresar a su pueblo natal, y que de vez en cuando, suele jugar en la Liga local de Venado Tuerto.

El pibe Centeno estuvo a un paso de lograr la vida que todos sus compañeros jugaron a imaginarse, pero acabó apuñalado por la fama y por los extraños designios del fútbol. Aimar, el niño prodigio que fue noticia en el Real Madrid durante un par de días, aquel argentino que alcanzó el cielo, ha vuelto a poner los pies en la tierra. Vive junto a su padre y sus hermanos, juega de vez en cuando al fútbol y cuando está a solas, de noche, se tortura pensando en qué habría sido de su vida si hubiera podido, como Maradona, haber jugado en Primera. La historia de Aimar Centeno fue una promesa rota. Otro sueño roto. Acaso una ilusión.






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