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El último cerebro

Muy cerca de donde nació desaparecía y moría gente todos los días, era el rudo invierno del 78, para ser precisos, una tarde antes del momento cumbre del fútbol argentino y de paso de la cruel Dictadura Militar de aquel país. Menos de 24 horas después de dar su primer grito mezclado con llanto, el inocuo pueblo y los despiadados tiranos celebraban los goles de Kempes y Bertoni que le dieron al equipo de Menotti la tan ansiada Copa FIFA. En la humilde casa de los Riquelme, la felicidad era doble y Cacho, el padre, un ferviente fanático del fútbol aseguraba que su pequeño Juan Román, le había traído suerte a su Selección.

Juan Román creció viendo a su madre María embarazada, ya que él fue el primero de 11 hermanos. Se escapaba del catecismo para jugar futbol, detestaba el estudio y necesitaba decírselo a su familia. Apenas culminó la primaria, el chico de 12 años, con el desparpajo e inconsciencia característico de esa edad, advirtió en el hogar que dejaría la educación para dedicarse de lleno al futbol, desatando todo un conflicto en la casa, porque María se opuso tajantemente mientras que Cacho estaba feliz por la postura de su hijo al que le exigió constantemente la excelencia en el arte de la pelota. "Para mi viejo nunca juego bien. Siempre me critica. Siempre lo ha hecho, desde que tenía ocho años me gritaba y yo jugaba cuarenta minutos llorando", le dijo al Diario Olé.

Los fines de semana Cacho y sus amigos practicaban futbol por dinero en la periferia de Buenos Aires, ahí siempre los acompañaba Juan Román, que una vez cumplió los 13 años formó parte de la alineación titular del equipo. Sin embargo había varios problemas; los partidos eran de eliminación directa, generalmente en zonas mucho más peligrosas que San Fernando, donde nació, además no había límite de edad y el noventa por ciento de los encuentros terminaban en batallas campales. Es decir, una invitación al patíbulo.

Esquivando guadañas, vidrios, ladrillos, piedras, puños, lo que viniera, se fue curtiendo las piernas, fortaleciendo el alma y encontrando una capacidad de improvisación inigualable, por eso, años después llegó a decir: "si jugué por dinero en esas canchas y salí vivo, a mí qué me iba preocupar enfrentarme al Real Madrid o al Palmeiras, me daba risa".
A los 16 se hacía dos horas en tren y camión para llegar hasta Flores, lugar donde entrenaban las inferiores de Argentinos Juniors; de a poco se ganó un lugar en el equipo juvenil y el runrún generado por sus actuaciones llamó la atención del barrio, entre ellos del mueblero de la esquina que asistía a todos los partidos del equipo que buscaba emular a Los Cebollitas de Maradona.

Ese señor de apellido Bilardo, era nada más y nada menos que el hermano de Carlos Salvador, técnico Campeón del mundo en el 86 y que por 1996, era responsable máximo de Boca Juniors, un cuadro que vivía horas complicadas. Le recomendó a su hermano que viera a ese equipo y de pronto el Doctor le pidió al club de la Ribera que comprara en paquete a seis futbolistas del Bicho de la Paternal, entre ellos estaba Riquelme, un mediocampista de excelente técnica que meses atrás había rechazado fichar por River porque en su familia todos eran de Boca. "Antes de hacer cualquier cosa, pedí permiso, pero sabía que si agarraba River, nunca más me dejarían entrar en mi casa", soltó en entrevista para TyC Sports.

Sigiloso, discreto, esquivo, un chico más bien tímido, que espantaba a los rivales por la facilidad para encarar, fue por eso que poco tiempo después de pasar a Boca, Bilardo lo hizo debutar y nunca más salió. La gente de La Bombonera se enamoró de un futbolista genéticamente opuesto a lo que solía desarrollar de manera histórica el club. Si bien es cierto muchos idílicos jugaron con esa camiseta, a lo que el pueblo xeneize siempre le dio prioridad fue al esfuerzo, al empuje, al sudor, al músculo, vaya, "al huevo, huevo", como grita la grada.

Pero Riquelme tenía duende y hacía recordar a Brindisi, Maradona, Márcico y Latorre. Usaba el ocho, pero la camiseta 10 talla large lo miraba de reojo.
Mágicamente la varita de Riquelme se apoderó no sólo del futbol argentino sino del sudamericano y se convirtió en ídolo intocable. Rechazó una oferta del Parma, aduciendo que no podía permitir que Boca se llevara casi nueve millones de dólares por su pase, mientras él ganaba miserablemente 1500 pesos al mes.
Así como aquella tarde cuando todavía no tenía bigote que afeitarse y encaró a sus padres advirtiendo que dejaría la escuela por soñar, así iba por los pasillos de la institución deportiva demostrando su fuerte carácter disfrazado de noble oveja.
Como el día que le marcó a River y catapultó el festejo a lo ‘Topo Gigio' extendiendo sus manos a un costado de las orejas frente al palco presidencial de Mauricio Macri, ante el clamor de un coliseo exultante con pulgares abajo:"Fue una celebración para mi hija, le encanta Topo Gigio", eludió con jiribilla un cuestionamiento a una protesta abierta ante el máximo dirigente que lo maltrataba públicamente, aún siendo ya la máxima figura del equipo que ganó todo y más allá.

Riquelme, un hombre extraño y enigmático, un témpano emocional que a su vez desbordaba todo tipo de pasiones por donde se paraba. Un hombre que declaraba con los dientes apretados y los labios casi inmóviles como si se tratara del mejor ventrílocuo.
Un personaje de léxico básico que exponía al ritmo de su juego, pausado, pensativo e impávido, estilo macerado con los años que encontró el punto justo para decir nada y decirlo todo con un solo guiño, una escueta sonrisa o un simple "eso lo decís vos", como solía responder cuando alguien trataba de interpretar su mensaje, su jeroglífico.

La actuación contra el Madrid en la Copa Intercontinental terminó de convencer a un Barcelona necesitado de recuperar protagonismo. Lo veían como la nueva versión de Maradona, pero en su faceta bondadosa. Diez minutos después de su presentación como culé, de miles de fotos y parpadeos cómplices con Van Gaal, fue el mismo entrenador quien lo mandó llamar a su oficina. "Tenía miles de videos de mis partidos sobre el escritorio y me dijo ‘mire, usted con la pelota es el mejor jugador del mundo, pero sin la pelota nosotros jugaremos con diez', así que me mandó a jugar por derecha donde tocaba tres pelotas por partido. Un día me metí atrás del contención, organicé desde el centro y le di dos pases de gol a Kluivert, todo felices en la prensa y en la tribuna. Al otro día en el entrenamiento vino y me recriminó ‘es usted un desordenado e indisciplinado, yo no le pedí que jugara ahí', a partir de ese momento fue terminando mi historia en el Barça, pero por lo menos fue directo conmigo y eso es algo que yo valoro mucho", contó para América TV.


El Villarreal fue su Boca español, no ganó lo que estaba acostumbrado, pero desbordó alegría con su fútbol y transformó al submarino amarillo en tercero de la Liga y semifinalista de la Champions, cuando penosamente falló un penalti ante el Arsenal. "Ese es uno de los momentos más tristes de mi carrera, me criticaron mucho, demasiado, pero igual no maté a nadie, simplemente erré un penal".
Y es que desde el otro lado del amor, Juan Román invariablemente tuvo instalados severos críticos que aseguraban que Argentina no ganaba nada por la lentitud de sus desplazamientos en el campo, por su indolente rostro ante cualquier situación y su falta de personalidad; sus detractores le gritaban "pecho frío" y se desgañitaban comentando que todo lo astuto que era con los pies lo destrozaba con la lengua.
Él solo respondía: "Zidane desde hace diez años es el mejor jugador del mundo y nunca se ríe".


Dicho sea de paso, tuvo el privilegio de quedarse con la última camiseta de Zizou como jugador de club profesional. "Me llamó el miércoles previo y me dijo que le gustaría tener mi camiseta, para mí fue un honor. La tarde del juego lo sacaron cinco minutos antes para que lo ovacionaran, al termino del partido me esperó para cumplir su palabra, fue un momento muy lindo", declaró para La Nación.

Porque Riquelme piensa mucho y tiene perfectamente claras sus convicciones, aunque no a todos les guste. "Tengo camisetas de un montón de equipos, menos la de River, nunca tendría una de ellos".
Ya que el sentimiento xeneize es tan fuerte que varias veces mencionó que no jugaría en el cuadro millonario ni borracho, sin embargo siempre reconoció a su más grande rival "el día que le hice un caño (túnel) de espalda a Yepes, la gente me ovacionó, pero al que había que aplaudir era al propio Yepes que me siguió y no me metió una patada, sino que se barrió limpiamente para sacar la pelota del campo".

Jugó un Mundial teniendo calidad para tres pero él mismo renunció a la selección porque no resistió ver a su madre en el hospital debido a las crisis nerviosas que le generaban las críticas hacia su hijo. "No hay selección ni nada por encima de mi madre, ha sido una decisión muy fácil de tomar".


La veneración de la llamada "mitad más uno" lo tiene como deidad principal incluso por encima de Maradona y a pesar de sus diferencias internas con otros elementos históricos de su generación como Palermo, Barros Schellotto o Abbondanzieri, distanciamientos que marcaron una constante en los últimos años de su obra. "Yo vengo a jugar al futbol y no a hacer amigos; igual me encanta que cuando las cosas no van bien se la agarren conmigo, porque así mis compañeros viven tranquilos. Podemos no ser amigos afuera de la cancha y si quieres no hablarnos, pero dentro cuando dan el silbatazo eres mi hermano".
Rechazó ofertas del Atlético de Madrid a pesar de que Bianchi le pidió que fuera. Le dijo que no a Ferguson que lo fue visitar para que jugara con el United. Le fue esquivo al triple de sueldo que le pusieron en la mesa el Flamengo, Paranaense y Palmeiras. No lo sedujo el proyecto de David Beckham en Florida, no le interesó jugar en Paraguay con Cerro Porteño y nunca quiso participar en otro equipo en la Primera de Argentina porque juró jamás enfrentar a Boca.


Regresó a Argentinos Juniors al máximo escenario y decidió terminar no sólo con su carrera sino también con su especie, la del clásico 10, esos del enganche milenario y la gambeta larga hacia adelante. Esos titiriteros que manejan magistralmente los hilos, pero con su compás, con su tiempo, con su espacio. Decidió irse aquel niño que soñaba ser Maradona y que hoy es un padre que ve a su hijo queriendo ser Messi. Se fue aquel que declaró ser más feliz dando un pase que metiendo un gol.


Por que se dirán mil cosas sobre este sabio del balón, pero la única realidad es que él solo deseaba jugar detrás de una bola como lo acotó para el portal de FIFA: "La pelota me lo ha dado todo. Así como las muñecas son lo más lindo para las nenas, para mí la pelota ha sido el juguete más hermoso que pudo existir. El que la inventó es un verdadero ídolo, el más grande de todos"

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