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En las mojadas mucho más





Miles de banderitas rojas y blancas adornaron la popu. También hubo muchas de Argentina. Singing in the rain...

Más de 60.000 hinchas se bancaron el diluvio y armaron una fiesta que incluyó un doble recibimiento. Orion y Chávez, los más apuntados en la contra...


En las buenas, en las malas y en las mojadas mucho más, sí. Ir a la cancha de River ayer, a cualquier tribuna que no fuera techada, implicaba volver a casa con una mini pelopincho dentro de cada zapatilla. La remera, el lompa, la campera, todo se tranformaría en plomo, ochocientos mil kilos cada prenda. Los documentos se iban a mojar -más trámites para la semana, filas, salas de espera-, los billetes se iban a deshacer, con lo que cuesta ganarse el mango, el celular se iba a romper y ya estaba fuera de garantía. Ir a la cancha de River ayer implicaba enfermarse, y justo que se había vencido la obra social. O, en realidad, habrá sucedido que ya estaban todos enfermos desde antes: sesenta y dos mil tipos ahí, combatiendo solos con una bolsa de consorcio hecha piloto por obra de algún sastre improvisado, contra esa lluvia. “Lluvia”. Lluvia es un eufemismo para no decir que el clima era un quilombo. Pero ahí estaban, firmes, ahí están, banderitas de River y de Argentina en la popu, globos salchicha rojos y blancos por todos lados, papelitos que competían con las gotas: ¿cayeron más papelitos o agua? Parejo, mi viejo, parejo. Ahí los tenías, organizando incluso -por si no alcanzaba con el primero- un recibimiento bis para el segundo tiempo con cintas riverplatenses.

Ahí estaban los hinchas de River, riéndose de Chávez por ciertas versiones que ya lo estigmatizaron y por sus botines rosas que tampoco lo ayudaban demasiado. Ahí estaban, agarrándose la cabeza al unísono con el gol del pibe Magallán y el penal de Mora, que de tan cerca de las nubes que pasó casi hace dejar de llover. Ahí estaban, puteando en arameo a Orion cada vez que el arquero de Boca se clavaba el snorkel y las patas de rana para hacer buceo en la pile que era el campo de juego. Ahí estaban todos, ahora insultando a Vigliano porque su reloj iba más rápido que bomba de tiempo en una de Indiana Jones y el reloj de Boca pasaba al ritmo de una tortuga renga. Antes y después, aliento, singing in the rain, algún único pedido a Dios y algún grito pelado, de desahogo, seco -lo único seco de la tarde- de gol.




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