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Historia del Basquet Argentino

MUSICA PARA AMBIENTAR EL POST


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La Asociación Cristiana de Jóvenes

Hacia principios de siglo veinte algunas instituciones laico-religiosas llegaron a Buenos Aires con el objetivo de formar líderes juveniles destinados a difundir los principios cristianos y evangelizar a la población. Entre ellas, la Young Men’s Christian Association (YMCA) cumplió un papel fundamental en la introducción y difusión de muchos deportes de origen norteamericano. El básquetbol, el voley, el softbol, el béisbol, el fútbol de salón llegaron a la Argentina a través de la YMCA, la cual participó también en la creación de la mayoría de las federaciones deportivas del país.
La YMCA, más que un credo religioso, logró imponer un conjunto de prácticas y valores vinculados al deporte que tendrían mucha eficacia en la configuración del espacio y el lazo social. El caso del básquetbol es paradigmático en relación a dicho despliegue y permite trazar mucha de las coordenadas que definen dicha configuración.
Hacia 1912 se jugaban, en la sede de la YMCA, los primeros partidos de básquetbol en Buenos Aires. Allí se formaron varios equipos para intervenir en las competencias internas, los cuales irían luego a constituirse en equipos o clubes por fuera de la institución.
En 1921, bajo la iniciativa de varios militantes de la YMCA, se creó la Federación Argentina de Basket Ball, desde donde comenzó la difusión del deporte, no sólo en el ámbito de la Capital, sino también hacia el interior del país.
La YMCA apuntaba a reunir una elite de intelectuales, políticos, artistas, empresarios, etc., con el objetivo de difundir, a través de la entrada de los nuevos juegos, su misión evangelizadora. El deporte constituía la ocasión para promocionar, junto al mensaje tradicional de la iglesia sobre el espíritu, un nuevo estatuto sobre el cuerpo y una novedosa ideología vinculada a él.
Tras una larga noche que lo sumerge bajo las sombras del pecado, la sensibilidad moderna tomó al cuerpo como objeto de virtud, cuidado y placer. Los deportes modernos —el fútbol, el tenis, las carreras— nacidos en los reductos exclusivos de la burguesía inglesa del siglo dieciocho, se convirtieron en el símbolo de distinción de una clase que ascendía, en el umbral del capitalismo naciente, hasta lo más alto de la escala social.
El fair play fue la ideología que distinguió a aquellas exclusivas prácticas deportivas. La sana competencia, el juego limpio, el código caballeresco, el placer por el juego se distinguió de las prácticas incultas y salvajes del juego plebeyo, que la popularización de algunos deportes —el fútbol, entre ellos— comenzaron a generalizar.
En la Buenos Aires de principios de siglo veinte, al mismo tiempo que el fútbol comenzaba a profesionalizarse y popularizarse, se ofrecían a la elite porteña los nuevos juegos de importación. Estos, más que el signo de distinción de una clase , apuntaron —en tanto instrumentos de un misionariado excepcional— a la promoción y disciplinamiento de las capas medias y bajas que irrumpieron en el escenario urbano tras los primeros despliegues de la industrialización.
La YMCA supo instalar con eficacia la ideología del amateurismo. A través del básquetbol, principalmente (pero también de la natación, el atletismo, el voley, la gimnasia, etc.), se difundirán por toda la Argentina los valores del sportivismo y el deporte amateur.
Los basketbollers de la YMCA fundaron los primeros equipos, clubes y asociaciones en la capital, pero también llevaron el básquetbol al interior del país. Los nuevos practicantes secularizarían la competencia al mismo tiempo que el deporte progresaba, transformando el espacio y el lazo social.
En el proceso de su difusión, el básquetbol se encontró con otras configuraciones sociales que provenían de una genealogía diversa. Se trataba de la fundación de los clubes que, hacia la década del veinte, comenzaba a generalizarse y a poblar el espacio urbano.
El club proviene de la cultura asociativa que progresó hacia comienzos del siglo veinte, especialmente en los sectores populares vinculados a la inmigración. Allí fueron elaborados todo un conjunto de valores relacionados a la ayuda mutua, al trabajo, a la educación, al ocio de las clases trabajadoras y se crearon las instituciones que sostuvieron y promocionaron aquellas pretensiones de progreso y solidaridad.
Asociaciones deportivas, sociedades populares de la educación, de fomentos barriales, de protección de la infancia, etc. se multiplicaron luego del despliegue migratorio, y consiguen reformular el espacio social.
La fundación de clubes, de canchas de fútbol y de básquetbol, la ayuda a la escuela, al niño pobre, el dictado de cursos y conferencias y la realización de festivales, la construcción de viviendas fueron algunas de las actividades que se desarrollaron en el marco de un proceso de participación y creación.
El fenómeno asociativo no sólo permitió potenciar las iniciativas provenientes del Estado (educación, ayuda social, préstamos, etc.), sino también la invención o apropiación de las nuevas prácticas y espacios colectivos que surgían en distintos ámbitos de la geografía social.
Entre ellas se destacaba el fútbol, el cual durante las primeras décadas del siglo veinte comenzó a ser practicado masivamente por niños y jóvenes de 12 a 20 años. Introducido por los ingleses hacia el último cuarto del siglo veinte, jugado en las escuelas de ese origen y en algunas de la elite criolla, el fútbol será practicado, poco tiempo después, por hijos de inmigrantes, estudiantes, empleados, obreros y muchos niños pobres que habitaban los márgenes de la gran ciudad.
Agustina Prieto cuenta la historia de un muchacho pobre que jugaba al fútbol en el potrero y más tarde llegó a ser un ídolo popular. El relato evoca, además, la construcción del espacio urbano por parte de la clase obrera y destaca la cultura del trabajo y la vocación asociacionista que caracterizó a estos sectores populares, así como también aquellas prácticas vinculadas con el tiempo libre y sus formas habituales de diversión. El esfuerzo cotidiano en el trabajo; la vocación solidaria; la fuerte voluntad de ahorro, la educación de los hijos, la construcción de la vivienda son los elementos homogéneos de una cultura que encuentra en el deporte las vías para una nueva filiación.
La criollización y difusión de la práctica del fútbol fue el producto del fenómeno asociativo. Su crecimiento acompañó al desarrollo del espacio urbano, a la vez que articulaba, más que su geografía, los rasgos fundantes de una identidad local.
Un proceso similar ocurrió con respecto a la apropiación del básquetbol, aunque con focalización mayor en los sectores medios urbanos a excepción de algunos despliegues en el interior.
No obstante, tras sus primeros desarrollos ambos deportes seguirán caminos diversos. El fútbol conocerá muy pronto el profesionalismo mientras que el básquetbol seguirá por mucho tiempo el trazado de su impronta fundacional.

El básquetbol en la ciudad de Buenos Aires



Los primeros clubes de básquetbol que se crearon en Buenos Aires surgieron de las escisiones que se producen en la YMCA desde la década del veinte. En 1921, un grupo de alumnos de P. Phillips fundó Olimpia , el cual sería el primer campeón de la Federación Argentina, creada algunos años después. En 1933, otro grupo de jugadores de la Asociación Cristiana fundó El Tala, también protagonista importante de aquella etapa fundacional.
Varios clubes tradicionales de fútbol (Independiente, Boca, River, Platense, San Lorenzo, Racing) participaron, asimismo, de los primeros ensayos, y compitieron luego en los torneos que organizaría la Federación Argentina.
Algunos equipos eran verdaderos team de potrero, como Estrella, que venía del Parque Avellaneda, o el Sportivo Social Club —cuya cancha había sido construida por sus jugadores—, el cual llegó en 1938 y 1939 a ser campeón de la Federación.
Otros equipos salían de los clubes de la elite porteña, como Gimnasia y Esgrima, la Asociación Natio de Buenos Aires, Universitarios o el Hindú Club.
Hacia la década del treinta el básquetbol se había difundido por todo Buenos Aires. La competencia aumentaba y se diversificaba, mientras el público entusiasmado con el nuevo deporte establecía, en relación al equipo favorito, sus lazos de identidad.
Algunos medios de comunicación participaron en la difusión, entre ellos el diario el Mundo y, especialmente, la revista El Gráfico. Esta publicación —referente obligatorio de una historia del deporte argentino— no sólo contribuyó en la creación de una narrativa y una mitología del básquetbol sino también organizaba campeonatos para promocionar el juego.
En agosto de 1929, en la YMCA, se creó la Confederación Argentina de Basket Ball, con la participación de delegados de la Capital, Córdoba, Santa Fe, La Rioja, Federación del Norte y Bahía Blanca.
La Federación Argentina, imbuida del espíritu misionero que había sido introducido por los militantes de la YMCA, orientaba la difusión del básquetbol, tanto en Buenos Aires como en el interior.

1944- Santa Fe sigue siendo el rey en Catamarca. Epoca de Raúl Calvo y Tomás Vío. 7 títulos en 10 ediciones.




1985- El momento esperado. Con 16 equipos, comienza la primera edición de la Liga Nacional.




El Campeonato Argentino

El amateurismo y la ética asociativa estuvieron presentes en la fundación del básquetbol en Argentina. Un tercer elemento contribuirá a impulsar un desarrollo que en poco tiempo alcanzará su mayor expansión.
Se trata de la promoción de un espacio competitivo nacional que comenzó a tomar forma muy rápidamente, luego de los primeros pasos y las primeras fundaciones.
En 1928, la Federación Argentina organizó en la ciudad de Buenos Aires el primer Campeonato Argentino de Básquetbol, inaugurando una competencia que progresará y se convertirá más tarde en símbolo del deporte amateur.
Para entonces, el básquetbol había sido llevado a Córdoba, Rosario, algunas ciudades del norte bonaerense y algunas provincias del noroeste por militantes de la YMCA. También se practicaba en Bahía Blanca donde, según algunos testimonios, era conocido desde 1910.
Las primeras dos ediciones del Campeonato Argentino fueron organizadas por la Federación Argentina y se jugaron en la cancha de polvo de ladrillo de la YMCA. En 1929, mientras se celebraba la segunda edición fue creada la Confederación Argentina de Basket Ball, tras la iniciativa de la Asociación Cristiana y la aprobación de dirigentes porteños, cordobeses, santafesinos, riojanos, bahienses y del norte bonaerense.
Luego de cuatro ediciones en la Capital, el campeonato argentino se realizará sucesivamente en Córdoba, Mendoza, Rosario, Tucumán, San Juan, Salta y Jujuy. Cuando en 1939 se realiza en Bahía Blanca ya había sido bautizado como “el más argentino de los campeonatos”, y quince delegaciones participaban de aquella edición.
En el espíritu que animó a los primeros dirigentes, existía una voluntad de ampliar la geografía del básquetbol. Sin duda, aquella voluntad coincidía con otras utopías fundacionales —la escuela pública en primer lugar— que pretendían integrar a la heterogénea población de nuestro país en una genealogía nacional.
El campeonato de Bahía Blanca da cuenta de aquella expansión, como también de todo un conjunto de mitos, rituales, significaciones diversas que se fueron elaborando en relación al básquetbol e impregnarán fuertemente el imaginario del deporte.
En febrero de 1939 se realizó, en la plaza de Bahía Blanca, la ceremonia inaugural del XI Campeonato Argentino. Luego de los discursos del intendente de la ciudad y de un periodista, se plantó una tipa tucumana y se cubrieron sus raíces con tierra que había sido traída por cada una de las delegaciones participantes. El intendente de la ciudad destacaba la notable convocatoria, y saludaba a las delegaciones provinciales, las cuales:


“dibujaban con la presencia de su juventud generosa e idealista el verdadero mapa de la República y otorgaban a Bahía Blanca el insigne honor de recibirla bajo su cielo diáfano y azul, y de estrecharla con el afecto que proviene de su tradicional espíritu hospitalario y confraternal” (BOURNAUD, 1972)

Hacia fines de la década del treinta y principio de la del cuarenta, el Campeonato Argentino gozaba de prestigio y popularidad. Cuando en el partido final del X Campeonato, jugado en Jujuy, se encontraron Santiago del Estero y Santa Fe —éste último había ganado los dos últimos realizados en Salta y San Juan— el público local acudió masivamente al estadio para alentar al equipo santiagueño.
La magnitud del encuentro puede ser apreciada en el testimonio del árbitro que dirigió aquella final:


“Me impresionó un poco la responsabilidad que asumía, pese a que ya llevaba ocho años actuando como árbitro en la Asociación Bahiense. Pero más me impresionó el espectáculo que significaba un estadio rebosante de público y el clima que se vivía en las tribunas. Se podía admitir el aserto de que todo Jujuy se había colocado en el escenario de la final, tanto que no funcionaron los cinematógrafos y se suspendieron bailes y reuniones sociales anunciadas para esa noche.” (BOURNAUD, 1972)

Veamos otros indicadores de la importancia que iba adquiriendo el básquetbol. En ocasión del Campeonato Argentino de Bahía Blanca se inauguró un estadio con capacidad para 5.000 personas, que fue colmado cuando Capital y Santa Fe disputaron la final.
La cobertura periodística que tuvo dicho campeonato, la cual alcanzó a ocho diarios (La Nación; La Razón; El Mundo; La Gaceta, de Tucumán; La Capital y La Tribuna, de Rosario; La Voz del Interior, de Córdoba y Los Andes, de Mendoza) y tres revistas, fue la mayor que desplegó la prensa local y nacional hasta entonces.
El Campeonato Argentino funcionó en esta etapa pionera como un eficaz instrumento de propagación y difusión, pero también cumplió un papel determinante en la promoción de una geografía del básquetbol que se constituía y progresaba en nuestro país.
Quizás, la expresión mejor lograda de aquella construcción pueda rastrearse en algunos episodios míticos extraídos del historial del campeonato. Ente ellos, sobresale aquel protagonizado en Bahía Blanca, a propósito de la final del Campeonato Argentino de 1957.
Según la crónica, un clima de fiesta y alegría popular había acompañado la realización del torneo. Cada club de Bahía había elegido su reina; los diarios, revistas y emisoras de radio creaban un clima de exaltación; el periodista del diario El Mundo, de Buenos Aires, Salustiano González (considerado el ideólogo y principal difusor del Campeonato Argentino) se había instalado en la ciudad dos meses antes del comienzo de la competencia para colaborar en la organización.
Cuando el 17 de febrero, el basquetbolista bahiense Héctor Bournaud hizo su entrada en el estadio de Estudiantes, llevando la llama del básquetbol, “el espectáculo era imponente”. Más de cinco mil personas presenciaron la ceremonia inaugural, donde quinientos deportistas “que simbolizaban la unidad nacional entonaron al unísono las estrofas inmortales del himno patrio”. (BOURNAUD, 1972, 92).
El increíble episodio ocurrió durante la jornada final del campeonato que se disputó entre el equipo local y el seleccionado mendocino. Aquella noche “una marea humana” había llegado hasta el estadio para alentar al equipo local y cerca de mil aficionados debieron forzar los portones de acceso para no perderse la gran final. Pese a que el público llegaba hasta el mismo rectángulo que delimita el campo de juego, el partido se desarrolló dentro de un clima —pasional sin dudas— pero sin salirse de lo normal.
Tras una ventaja inicial conseguida por los mendocinos, el equipo bonaerense, que tenía mayoría de jugadores bahienses, logró la victoria final. Es entonces cuando el estadio estalla y, en medio de la fiesta, entre jugadores en andas y el grito de “campeón”, ocurrió algo inesperado:

“…los jugadores mendocinos tuvieron entonces un gesto casi insólito, pero que llenó de alegría y de satisfacción a cuantos entienden al deporte como un elemento positivo de acercamiento y confraternidad. Agrupándose en el centro de la cancha comenzaron a cantar. Primero en medio del bullicio general. El público que no salía de su asombro, fue haciendo silencio. Las dos últimas estrofas de la simpática canción se hicieron voz emocionada en medio de un silencio casi religioso. Y cuando con el “¡Duro Mendoza… Duro Bahía!” se puso término a la canción, el estadio volvió a estallar en una ovación sin precedentes.”(BOURNAUD, 1972: 94)
Fiesta, victoria, ritual, fair play, regionalismos, nacionalismo se entrecruzan en un escenario que articula al deporte con una voluntad de progreso e integración.
Un clima de celebración había surgido en torno al “Argentino”. Los mitos, las leyendas, los personajes, las noches inolvidables se anudaban fuertemente al juego, en un despliegue virtuoso de folclore y básquetbol.
Quizá el “Argentino” jugado en Santiago del Estero en 1965, que enfrentó en la final a los santiagueños de Chazarreta con el ilustre trío bahiense (Fruet, Cabrera y De Lizaso) de provincia de Buenos Aires, haya dado alguno de los momentos más emocionantes y pasionales de su rico historial.
Aquella noche, veinte mil personas acudieron al Parque Aguirre a presenciar el gran encuentro. En una cancha levantada sobre el río Dulce y con los clarines en la tribuna entonando la “Zamba de Vargas”, Santiago derrotaba al bicampeón Provincia de Buenos Aires por un punto, en tiempo suplementario, y desataba el delirio local.
El modelo asociativo, amateur y regionalista que dibujaba el básquetbol logró crear significaciones fundamentales anudadas al deporte e instituir un imaginario eficaz en la constitución de identidades locales. El Campeonato Argentino ocupó un lugar privilegiada en aquella construcción y desplegó más que una competencia exitosa los rasgos fundante para una novedosa identidad.





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La capital del básquetbol


La primera fundación

Según el diario La Nueva Provincia, fue en 1910 cuando se jugó el primer partido de básquetbol en Bahía Blanca, en ocasión de los festejos del centenario de la Revolución de Mayo.

“Año 1910, mes de mayo, en un día cercano al 25, como el que corre. Una importante flota de buques deja caer sus anclas en la salobre ría de Bahía Blanca, pero sus tripulantes vienen en son de paz, de unirse a una importante celebración para la Argentina… y, de paso, practicar deporte en las horas libres, como se verá.
Las naves South Dakota, Tennessee (insignia), Montana, Chester y Maans (transporte) provenientes de los Estados, Unidos bajo el mando del almirante Stanton y la Ikoma, de Japón, cuyo comandante era I. Shoji, tras haber fondeado en Montevideo dejaron atrás Buenos Aires y echaron amarras en el entonces llamado Puerto Militar.” (OTAOLA, 2001)

Un grupo de marinos de aquella flota visitó la iglesia metodista de Belgrano y Dorrego, e improvisaron allí una cancha de básquetbol y otra de béisbol. Si la referencia es correcta, en aquella oportunidad se habría jugado el primer partido de básquetbol en la Argentina.
Otras fuentes consignan la existencia de un club llamado Cosmos, ubicado detrás del templo anglicano en Gorriti y Almafuerte, donde se jugaba básquetbol, pocos años después de la visita de los norteamericanos (BOURNAUD, 1972:12).
La genealogía del básquetbol en Bahía Blanca muestra algunas características divergentes de aquellas que irradiaban desde Buenos Aires, la cual apuntaba, como vimos, a la formación de líderes, especialmente, entre las capas medias y altas de la población.
Unos años después de aquel mítico encuentro entre marinos norteamericanos, el juego en Bahía aparecerá vinculado a los empleados ferroviarios de origen británico, que se habían radicado en la ciudad. El Bahía Blanca Pacific Railway Atletic Club, el Cosmos Club, el Australianos (formado por empleados de Agar Cross) figuraban, junto al núcleo de jugadores del templo Metodista, entre los clubes pioneros del básquetbol local.
Hacia 1916, el centro de las actividades lo constituía el Pacific Atletic Club, donde se realizaban torneos internos y encuentros amistosos con Porteños (un club de fútbol), Australianos y Belgrano (metodistas).
El 16 de mayo de 1917 se creó la Liga Bahiense de Basket Ball, cuyo primer y único presidente fue el británico Roberto L. Clegg. Un mes después de aquella fundación comenzó el torneo de la Liga con la participación de siete equipos.
Cuatro de aquellos equipos agrupaban a empleados y obreros del ferrocarril y empresas subsidiarias del mismo (Vías y Obras, Tráfico y Telégrafo, Tracción y Talleres, y Aguas Corrientes-Luz y Fuerza). Completaban el grupo Australianos, Porteños y Belgrano.
La trayectoria del Ingeniero Clegg, jefe del Departamento Vías y Obras del ferrocarril Pacífico, es paradigmática en cuanto a la participación de los primeros grupos e instituciones que introdujeron el básquetbol en nuestro país.
Sigamos el relato de Abel Bournaud sobre el desarrollo y epílogo de aquel primer intento de institucionalización del básquetbol bahiense:

“La mayoría de los partidos eran controlados por el ingeniero Clegg y Jorge Moore, el caballeresco deportista que era figura destacada en diversas manifestaciones y que llegó más tarde a ejercer la presidencia del club Pacífico.
El torneo se desarrolló con real entusiasmo (muy pocas veces el equipo ganador superaba los 20 puntos), y cuando el certamen arribaba a su término, compartían el primer puesto los equipos de Australianos y Vías y Obras, a los que correspondía enfrentarse en la última fecha del programa. Entre los jugadores de ambos conjuntos se había creado una marcada rivalidad, acentuada por la forma en que entonces se jugaba, con permanentes contactos cuerpo a cuerpo y sin la limitación que hoy imponen las faltas personales. Transcurría el segundo tiempo y ganaba Australianos por 15 puntos a 12, cuando se suscitó una incidencia a raiz de un fallo del árbitro. Australianos no acató la decisión del juez. “Entendíamos que el fallo no era equitativo”, nos decía muchos años después el señor Arturo Draper, uno de los integrantes de Australianos, que falleció hace algunos años y con el cual pudimos recomponer muchas de las jornadas iniciales del baloncesto bahiense.
Lo cierto es que el partido quedó trunco, la incidencia nunca llegó a ser considerada por el consejo de la Liga, que dejó prácticamente de funcionar y el torneo se malogró. El señor Clegg, indignado por la intemperancia de los jugadores, retiró el trofeo y el básquetbol desapareció de la programación deportiva local en donde brillaban otras manifestaciones con mayor arraigo, como fútbol, criquet, atletismo y ciclismo.”

El retiro de Clegg, quien “llevaba en su sangre ese espíritu deportivo que había heredado de sus mayores” , junto a las circunstancias del mismo, aporta luz sobre el desencuentro que se produjo en la Argentina entre los introductores del básquetbol y sus primeros practicantes.
Un destino similar tuvo la Young Men’s Christian Association quien se retiró de las competencias al poco tiempo de introducir el básquetbol en Buenos Aires y en gran parte de la Argentina. La pasión, el exceso, la indisciplina y la rebeldía de los basketboller criollos desencantaba al fino espíritu que ingresaba desde Massachusetts o desde los exclusivos reductos del sportivismo inglés.



Generacion Dorada

El 28 de agosto el equipo argentino de baloncesto masculino ganó la medalla de oro olímpica en lo que constituye uno de los éxitos deportivos más importantes de la historia del deporte en Argentina. Ese mismo día, algunas horas antes, la selección de fútbol masculino también había obtenido la medalla de oro, luego de 52 años sin que Argentina lograra ganar una.

Las competiciones olímpicas de básquet han sido dominadas con amplitud por los Estados Unidos, país que antes de los Juegos de Atenas se había impuesto en doce de las catorce ediciones que había disputado. Sólo un país había logrado desplazar a los norteamericanos de la medalla de oro: la Unión Soviética en dos oportunidades (1972 y 1988). Fuera de ello, Yugoslavia ganó también la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, cuando EE. UU. no participó debido al boicot político que ese país y otros realizaron en aquella oportunidad.

Argentina, por su parte, sólo había participado en tres competiciones olímpicas de baloncesto, antes de Atenas: en 1948 (15º), 1952 (4º) y 1996 (9º).19 Pese a ello el equipo argentino llegaba como uno de los varios candidatos a obtener una medalla, teniendo en cuenta su excelente desempeño en el Campeonato Mundial de baloncesto de 2002, donde había sido subcampeón, perdiendo en tiempo extra contra Yugoslavia, luego de una polémica jugada final que pudo darle el título a los argentinos.

El sistema de competencia dividió a los doce países participantes en dos grupos, en los que clasificarían los cuatro primeros a una etapa de eliminación directa, en la que el equipo clasificado en primer lugar debía jugar con el último clasificado de la otra zona, mientras que el segundo clasificado debía enfrentar al tercero de la otra zona, hasta llegar a la final.

El seleccionado argentino de básquetbol estuvo integrado por Juan Ignacio Sánchez, Emanuel Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni, Rubén Wolkowyski, Alejandro Montecchia, Gabriel Fernández, Hugo Sconochini, Fabricio Oberto, Carlos Delfino, Walter Herrmann, Leonardo Gutierrez. El director técnico fue Rubén Magnano


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