Hitos grondonistas







De más está comunicar que falleció Julio Humberto Grondona. En este breve (?) ensayo, repasamos las más importantes aristas de su extensísimo mandato.





Lo inesperado aconteció. No porque se tratase de un hombre de 82 años, si no que era Grondona. El todopderoso, el inmortal. Creyó ser tan importante que construyó un poder inédito alrededor suyo, pero falló en tener -como Julio César- a un lacayo que le recordase que tan sólo era un hombre al oido ante cada paso. Por eso es que el futuro se aventura tan abierto, porque era ÉL y sólo ÉL. Porque sus hijos eran los hijos de ÉL, porque sus lacayos eran sólo suyos. Todos lo sabían, todos lo callaban. El porvenir del fútbol local se encuentra frente a un momento histórico de cambio, porque es imposible que las cosas continúen tal cual están.

Porque no es lo mismo enfrentar a Julito, a Meiszner, Segura, Crespi o quien sea, sin el paraguas protector de El Padrino. Se generarán nuevos focos de poder y las disputas estarán a la orden del día. El miedo que infundía, que pacificaba, se esfumó de un día para el otro. Hay varias cosas que funcionaron mal en la historia del balompié de nuestro país, repasarlas es una buena forma de no volver a caer en los mismos viejos vicios de antaño.



Masiva aprehensión de la tabla del 3


Un sistema que se usó entre 1957 y 1961, Don Julio lo reimplementó en 1983. La interpretación popular que se le dio (y se le sigue dando) fue la de tratar de evitar el descenso de los clubes grandes a la segunda categoría del Fútbol Argentino. Pero Racing y -mucho tiempo después- River e Independiente, sumados a otros descensos de equipos históricos de la A (Estudiantes, Gimnasia, Huracán, Rosario Central, Atlanta, Ferro o Argentinos Juniors) terminaron de dar por tierra con dicha hipótesis. En definitiva, el sistema perverso que impera es el del sometimiento a lo acontecido de tres temporadas atrás con el destino del equipo.

En un mundo perfecto, funcionaría (?), con la interpretación más Partido Humanista que tengamos a mano: “Ojo con hacer la plancha si estamos salvados, porque nos podemos ir en la temporada que viene” es siempre el razonamiento de los hinchas y, casualmente, el diametralmente opuesto a los dirigentes. El sistema eleccionario de los clubes, sumado a los aprietes tácitos de enfrentar al viejo, sumado a la providencia del dividir por tres facilitó la llegada de los advenedizos usureros que vaciaron más de un club y, en otros casos, los gerenciamientos. Por lo general, salvo en un puñado de instituciones, en el resto están todos acostumbrados a recibir clubes desvastados. Cada uno tiene una historia con el suyo. El enunciamiento original, entonces, que esgrimía Grondona (“Los clubes se tienen que cuidar al futuro para no descender”) remite a aquella escena de Una Mente Brillante, cuando a John Nash le explicaban que una de sus teorías había servido para detener los monopolios. No señor, más bien todo lo contrario, pero el objetivo principal de la ley de juegos era esa.

Un conjunto de estrategias es un equilibrio de Nash si cada una representa la mejor respuesta a otras estrategias. Para que se entienda (?), reemplazamos Nash por Grondona y queda lo siguiente: “Si todos los jugadores están aplicando las estrategias en un equilibrio de Grondona, no tienen ningún incentivo para cambiar de conducta, pues su estrategia es la mejor que pueden aplicar dadas las estrategias de los demás”. El contexto era el la corrupción y por ello, el honestismo (?) eran los bichos raros a destacar. El miedo fue lo que sostuvo esa relación cuasi paternalista.



Nacional y Popular


En 1986, se decidió crear una segunda categoría que ayudara también, nuevamente con una lectura naïf, a los clubes del interior. Los 8 primeros de Primera B más 13 equipos del Torneo del Interior sumados a los dos descensos de Primera fueron los participantes. Ahora bien, el Nacional B ha sumado un tinte federal en el fútbol, puesto que se han incorporado equipos de otras provincias a una competición regular y con igualdad de condiciones a aquellas entidades que pertenecen al eurocentrismo (?) porteño.

Pero también ha sido el subterfugio de otros tantos piolas que en pos de un éxito deportivo aparente, se colaron para llevar a cabo atrocidades varias. El sistema del Nacional B permite que, por ejemplo, un equipo como San Martín de Tucumán viva de escalera en escalera u otros como Deportivo Español, Central Córdoba de Rosario sufran un tobogán irremontable. No necesariamente quiere decir que la reglamentación de la BN sea mala, lo que sí lo hace es la permeabilidad de las mismas. Porque casos de equipos que oficiaron (y ofician) de entidades fantasmas para el lavado de dinero, una vez que se corta el chorro, o desaparecen por completo (Mandiyú de Corrientes, que llegó a contratar a Maradona como DT, perdiendo su plaza inmediatamente después del descenso de 1995) o terminan siendo absorbidos por otros clubes (Tiro Federal con Rosario Central en la actualidad, Almagro y San Lorenzo -que inclusive llegaron a enfrentarse siendo el Tricolor filial Cuerva en Primera- por los inicios del milenio).

La vista gorda ante tantos cambios en el torneo de los clubes (5 modalidades diferentes) fue simplemente porque era un torneo dinámico en cuanto al tránsito de los clubes: 78 equipos diferentes festejaron un ascenso a Primera y 71 lamentaron un descenso al Argentino A o a la B Metro en apenas 28 años.



Torneos sin competencia


En 1985, un acuerdo entre Grondona y Carlos Ávila modificó para siempre la estructura general del fútbol: a través del contrato por 20 años que se firmó entre la AFA y la productora Torneos y Competencias, modificaciones más o menos, cualquier partido de todas las divisionales profesionales eran exclusivas de la misma. Durante 10 años, amasó una fortuna constituyéndose en uno de los monopolios más grandes en la historia del país.

Pasados esos 10 años, se comenzó a construir el emporio comunicacional de la AFA: la llegada de la TV por cable masiva a principios de los ’90 (negocio que usufructuaría un lustro después) le permitió al empresario paraguayo pergeñar un tendido de medios espectacular entre diarios, revistas, canales de televisión y estaciones de radio que eran “competencia” entre sí, aunque luego pasaran a buscar los cheques por la misma ventanilla. Aquellos que debían -deben- informar sobre lo que pasaba en AFA, eran empleados indirectos de JHG.

A cambio de eso, la protección absoluta del paraguas de El Padrino (mote que le simpatizaba) y para todos aquellos que osaban cuestionar la más mínima desprolijidad, le cabía el cerrojo mediático por tiempo indefinido. De memoria salen más de 10 casos de condendados al olvido en el metier comunicacional. Ergo: quedarse sin laburo. La crecida llegó al punto en el cual el Gobierno Nacional advirtió el potencial comunicacional de ofrecer el fútbol por televisión abierta para todo el país en formato de publicidad oficial.

Cuando se rompió el acuerdo original entre AFA y Torneos (que ya se había escindido en varias empresas subsidiarias), Grondona salió indemne. Todo pasaba, menos él. Tan difícil es imaginar el fútbol sin Grondona no sólo por el hecho de que muchos de nosotros no lo conocemos sin él, si no que la gran mayoría de los medios responden/ían a su figura todopoderosa, cuya más mínima interpelación agitaba el fantasma del lucro cesante por la cabeza de cualquiera.



Los Beverly Ricos


Ser parte de la corte de amanuenses de Don Julio tenía sus privilegios. En un sistema de premios por olvidar u omitir, el ferretero que llegó -en sus propias palabras- a vicepresidente del Mundo, encontró una fórmula incontrastable. Puzzo la escribió como “la oferta que no podrá rechazar”: ante una aparente dádiva del mandamás, la lealtad no se negociaba. Mucho menos la confrontación.

Es al pedo extenderse sobre aquellos que osaron objetar decisión alguna: todos terminaron, en el mejor de los casos, olvidados. El silencio y la obsecuencia tenía premios que apuntaban al instinto más humano de los pobres representantes de los aun más pobres clubes: viajes a todas partes del mundo, con hotel 5 estrellas y viático indefinido por cuanta competición oficial que la Selección jugara por el mundo. Entonces, en representación de AFA viajaban algunos pichis a destinos en donde “se pueden encontrar unas putas bárbaras de 19 años a 20 dólares” tal las palabras de un recordado ex – presidente de una entidad que hoy milita en la Primera C.

Ahora bien, los más pillos fueron los que se convirtieron en socios: Rotamund, World Eleven e Italcred son algunas de las entidades que muchos adláteres del pope inventaron a lo largo de estos 36 años de reinado para sobreexplotar el negocio. Los que analizaban la oferta son los mismos que las hacían. En pocas palabras: jugaban al Sims en la vida real. El afecto del capo en ese tipo de situaciones era extremo, tal la protección que ofrecía. La traición se pagaba con una soltada de mano.



Negocios a largo plazo


El pataleo de los clubes de Primera División a principios de la década de los ’90 (esto es, 5 años después de advertir que la plata que generaban era ínfima al lado de la que recibían) motivó a la AFA a una reestructuración que fue histórica: dos campeones por temporada. El nacimiento del Torneo Apertura y Clausura (con las sucesivas adaptaciones de Liguilla, Superfinal y Promociones) impulsó a tener el show de la definición 2 veces durante el año y durante mucho tiempo, le dio la espalda al calendario mundial. Sobre todo con aquellos equipos que tenían que esperar un año y medio para disputar una Libertadores a la que habían accedido campeonando.

El acortamiento de los objetivos dictaminó el fin de los tan mentados proyectos a largo plazo y la nueva sangría de inyección económica para conseguir un campeonato. Contratos a 6 meses, aparición de intermediarios con dos mercados de pases por año, triangulaciones en los pases, representantes y técnicos socios, especulación de entrenadores. El objetivo de la competitividad se pudo apreciar, sin ser casualidad, al poco tiempo de esa burbuja que condecía con la de la convertibilidad en el país. El pico de competitividad en cuanto a nombres por parte de la Primera División se dio entre la mitad de esa década y la de ’00.

El mercado argentino era la gran vidriera para una Europa que venía a importar fuerte: 20 millones de dólares por Saviola, Samuel, Gago y Agüero, por ejemplo. El laissez faire de la esa regulación que nunca se venía, básicamente porque todos ganaban -y muchos de esos multiplicaban sus fortunas personales- comenzó a mostrar las fisuras que hoy evidencia y en unos años hubiera puesto en jaque la continuidad de un campeonato mínimamente normal. Argentina vendía directo a equipos de primer nivel, con cifras de primer nivel.

Esa reinversión se daba en el ámbito del mercado local en algunas operaciones históricas (como los 8 millones de dólares que pagó Boca a Racing por Marcelo Delgado en enero de 2000), pero la gran mayoría encontró con ese flujo de capitales el know how de ser plataforma para otras actividades: el de la política como la vedette. Los torneos cortos también introdujeron una segmentación arbitraria de la televisación y, apoyados por el bastión de todo que fue Fútbol de Primera, el ejercicio semiótico de que Boca, River y/o el equipo que peleara el torneo gozaba del 80% del tiempo en el que los partidos llegaban a los hogares los domingos a la noche. La inmediatez del libre mercado y el negocio de la primicia daba la noción de cierta injusticia ante los descensos por, quizás, una campaña espantosa de 3 años atrás. Asegurar dos décimos puestos se convirtió en un consuelto de tontos que persistió hasta el final de la última temporada.



Que se maten entre ellos


Más de 100 muertes se dieron en las canchas del fútbol local sin que cayera cargo alguno no sólo de JHG, también de algún dirigente de AFA. Y si no pasó eso fue porque una Asociación plenipotenciaria se mancaba justamente en el drama de los equipos chicos: Por Viamonte pasaba el bruto de las recaudaciones, de la estática, de la televisación, de los pases de los 22 jugadores que estaban en el campo, del contrato con la Asociación de Árbitros de los jueces allí presentes y hasta del grueso de los periodistas que allí estaban cubriendo el evento.

Sólo con los operativos de seguridad se hacían los pelotudos ¿Por qué? Porque si garantizar la seguridad era potestad de los clubes, los mismos serían los responsables de todo aquel incidente que se produjera en el evento deportivo. Los parches que se fueron inventando con el tiempo nunca corrieron de la mano con una justicia equitativa: quita de puntos, amonestaciones o clausura de estadios de acuerdo al club al que se le aplicaba. Fue entonces cuando se vendió la emoción en formato barra y los directivos de los clubes -cansados de pagar operativos por 1000 efectivos y que cayeran 300- optaron por destinar ese dinero al mercado de los barras.

En un principio la PyME se mantenía sólo con proporcionar entradas y micros para todos los partidos de visitante. La infiltración del ambiente político en carácter de “personal de seguridad” o punteros lisa y llanamente, fue haciendo crecer la creatividad de los muchachos a la hora de engrosar sus arcas hasta los innovadores tour de barras, la reventa o los trapitos. Cuando la justicia amenazó con meterse con AFA tras no poder velar por la seguridad de los trabajadores -los jugadores- (Adrián Barrionuevo de Comunicaciones golpeado, Carlos Ezcurra de San Martín de Mendoza baleado) dentro del contexto en el que SI la entidad madre debía garantizarla, se llegó a la conclusión que dejaba contentos a todos, menos a los hinchas/ socios que nada pretenden más que ver a su equipo salir a la cancha: todos los hogares contemplaron la batahola infernal en el partido de vuelta de la Promoción entre Chicago y Tigre y se dictaminó acabar con los visitantes en los clubes de ascenso. Medida que fue el fin de los enfrentamientos entre parcialidades para abrir la puerta de las internas entre barras “hinchas” del mismo equipo.

Los clubes pequeños dejaron de protestar por la inequidad de reparto (3 votos en comité ejecutivo para más de 500 equipos) en pos de que la cantidad de policías en el operativo concluiría finalmente. La vista gorda de la aplicación de la ley también otorgó esa impunidad para finalizar partidos o invadir el campo.
Quizás sea reduccionista el enfoque, pero tras aquel revocamiento del naïf Juez Perrota, nadie más osó en sugerirlo: el hombre que prohibió las banderas grandes tuvo como primera iniciativa la de sugerir que en Viamonte se hicieran cargo de los operativos mediante un convenio con las policías provinciales. Los que organizaban no querían saber nada con cuidar y tomaron el lugar de juez, sancionando con dispar criterio -valga la reiteración- según en qué contexto en el que hubieran acaecido los hechos.



El equipo de todos, la coherencia de nadie


Grondona encontró una Selección Nacional que había sido reestructurada con el proyecto de César Luis Menotti en 1973. Esto es: los procesos de 4 años, con el foco en la formación del futbolista y en la competitividad del equipo, echando mano a los recursos que dictaba el grado de cooperación de los clubes. Como dividir los procesos en Mundiales fue una idea que rápidamente adoptaron casi todas las otras Federaciones de Fútbol, su principal actividad constó en la de ser el que decidiera el rumbo a tomar en esos 4 años. Mientras tanto, fortalecía su rol en FIFA exportando el modelo de favores a cambio de silencio que convenía a los dueños de la pelota.

No es un dato menor que en el momento de su asunción, era el presidente de la Federación campeona del Mundo tanto en mayores como en juveniles, entonces ese éxito deportivo le infringía seriedad al “proyecto”. Sostuvo a todos los técnicos que tuvo bajo su cargo, sin importar que se haya cambiado de rumbo radicalmente en todas las sucesiones (sin tamizar lo bueno y lo malo de un proceso), sólo para tener razón. Porque le daba poder, y el poder es algo que no se puede comprar sólo con dinero. Comenzaron entonces las sugerencias a los técnicos, para chapear con su relativo conocimiento futbolístico.

El monopolio del miedo que generó alrededor suyo encontró orejas más abiertas que otras, pero gracias a esa enorme construcción que más arriba fue desarrollada, todas las eliminaciones y sinsabores del Seleccionado recaían en cualquiera: Menotti, Bilardo, Codesal, Basile, Ortega, Islas o Bielsa. El todopoderoso JHG estaba ahí y nadie cuestionaba si era saludable o no sostener una coherencia, o si lo hacían se llevaba a cabo pour la gallerie. Él estaba muy ocupado transitando el camino para ser el que manejara la movida financiera de un organismo que tenía más naciones afiliadas que la ONU, con el viejo procedimiento del toma y daca a cambio del bien más preciado: el silencio. El silencio de quitar a Maradona del Mundial ’94 sin contraprueba y con un antidóping que se realizó sin controles de seguridad básicos fue el mismo que adoptó la FIFA en ocasión de Julio Cruz apareciendo cortado en el vestuario del Hernando Siles de La Paz.



Antes del fin


En sus últimos años de vida, Don Julio comenzó a dar cuenta del paso del tiempo. Los enfrentamientos ya le molestaban, no pasaban de largo y se sentía mal por la persecución de aquellos que ganaban espacios reducidos al lado de los que lo alababan.

Un enamorado del poder descubrió con el FPT que el poder político le sentaba mejor en su afán omnipotente. Abrió el juego a una federalización que le salió como le puede llegar a salir a un hombre en sus 80 años y desgastado de pasar la mitad de su vida en un cargo esencial en la vida de un país (y su ulterior proyección al Mundo). Con un fútbol para todos ya consolidado, comenzó a jugarse la Copa Argentina. Un torneo que de no estar pésimamente organizado sería apasionante, porque emparenta a los más poderosos con los que menos tienen.

Después de algunos resultados poco convenientes y en algunos casos hasta saca técnicos, este año se optó por llegar a la menor probabilidad de sorpresa posible. La federalización, las plaquetas recibidas en cuanta provincia pisaba para presenciar un partido, la constante sobada de lomo lo llevó a pensar que el cochambroso fútbol local debería ampliar la corriente de divisas a las autoridades provinciales y/o municipales. Tras haber quedado en ridículo con el proyecto de un torneo de 40 equipos, este año optó por un cambio más racional (?): 30 equipos. Federalizar el fútbol era la consigna, aggiornándose luego de haber cerrado las afiliaciones a AFA y de haberle dado vía libre al Consejo Federal para inventar cualquier excusa de equipo.

El drama del descenso de su Independiente lo llevó a pensar en que hasta ahí había llegado la igualdad de oportunidades y, en lo que era su última gran movida como presidente, quería irse como aquel que le abrió las puertas a todas las provincias para que tener un equipo en la A no sea tan difícil.
¿La organización? Un asco, pero qué importa. Una vez muerto, le deja éste muerto a los que sean quienes lo sucedan.