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Hooligans y rusos se enfrentan en las calles de Marsella



Pocos lugares tan desagradables como el Puerto Viejo de Marsella el día en que Inglaterra debuta frente a Rusia en la Eurocopa. Apenas se distinguen las baldosas entre los cristales de las botellas rotas, alcanzar la siguiente esquina supone quitarse de encima a decenas de tipos alcoholizados que repiten una y otra vez la misma canción. Y los policías, armados hasta los dientes, siempre dispuestos a soltar el gas lacrimógeno, pero de lo más descoordinados, ni siquiera son capaces de evitar que grupos de rusos pasen a milímetros de los hinchas británicos.



Los lanzamientos de sillas, mesas y cualquier otro objeto capaz de volar por los aires volvieron al centro de Marsella horas antes del inicio del partido (21.00 horas) entre Inglaterra y Rusia. No se tiene todavía constancia de parte oficial de heridos, aunque no era difícil reparar en cejas y cabezas sangrantes.Al menos, en este tercer día de incidentes no se dejaron ver los radicales marselleses por el avispero del Puerto Viejo. Los mismos que ayudaron a sembrar el pánico la noche del viernes.Stephen dice ser de Sheffield. Lleva la camiseta perforada en un costado. Huele a pólvora y sudor.

Después de correr como quizá nunca lo haya hecho en su vida, alcanza a refugiarse en el vestíbulo de un hotel. Motivos no le faltan. A escasos minutos de alcanzar las once de la noche, un grupo de jóvenes radicales, sin distintivos visibles, se las apañó para tomar un pequeño callejón del Puerto Viejo de Marsella desde donde pudieron atacar a sus anchas a hinchas ingleses que acababan de ver en las terrazas de los bares el Francia-Rumanía.El ataque de anoche no pudo estar mejor calculado.

La policía, que se había preocupado de bunkerizar los alrededores de los pubs irlandeses de la primera línea de mar donde se produjeron los altercados de la noche del jueves, descuidaron en cambio algunas de las pequeñas plazas desde donde los aficionados británicos daban buena cuenta de sus pintas y sus cánticos. Hasta que comenzaron a lloverles piedras, petardos y bengalas. Los hinchas ingleses, a los que la toxicidad del alcohol no les permitía moverse demasiado de su sitio, respondieron lanzando sus cervezas, sillas y mesas.

Y los pocos turistas que quedaban, aunque sólo fuera por una vez, optaron por abandonar rápidamente sus grabaciones con los teléfonos móviles para buscar un lugar seguro. Algo difícil en Marsella, ciudad famosa por sus altos índices de delincuencia, acostumbrada a los kalashnikov en los barrios del norte, y uno de los grandes agujeros negros del presidente Hollande.




El escenario no podía ser más dantesco, recordando a las imágenes vistas durante el Mundial de 1998, cuando 'hooligans' y tunecinos sembraron el terror en las calles de la histórica ciudad portuaria. Manchas de sangre, cientos de botellas de cerveza destrozadas por el suelo, policías desplazándose en tropel de un lado a otro sin saber muy bien dónde ir e incluso carteristas desvalijando entre la confusión. Y Stephen, con su boquete en la camiseta, con su olor a pólvora, preguntando si después de lo ocurrido los bares seguirían abiertos hasta tarde. La Eurocopa también era esto.
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