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La Academia del desencanto [Racing]




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Racing sufrió una nueva caída y el Cilindro entró en ebullición; Teo Gutiérrez se fue expulsado y en medio de los insultos de los hinchas, que hasta le hicieron pasar un momento tenso a Basile


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Del respetuoso y conmovedor minuto de silencio, con aplausos incluidos, por los cincuenta y un fallecidos el miércoles pasado en el trágico accidente en la estación de Once, a la encolerizada despedida de los jugadores de la Academia. Todo después de apenas 90 minutos de fútbol. Así le pasó el encuentro a Racing, que mordió la lona cuando quedaban escasos minutos para finalizar el encuentro con Banfield.

Un golpe de K.O. que dejó imágenes de dolor y sufrimiento entre los hinchas locales que colmaron el Cilindro. Lágrimas y cabezas gachas que, en tres fechas, dejan raquítico al conjunto de Avellaneda, con apenas una unidad y sin una identidad futbolística que le permita imaginar que saldrá del espiral negativo en que quedó inmerso.

Muy poco consiguió hasta ahora esa revolución que llegó en diciembre de la mano de Alfio Basile. Esos aires renovadores nunca lograron tomar vuelo. A las promesas de fútbol y goles se las llevó el viento. Y, hasta ayer, muy lejos de Avellaneda.

Parecía a salvo el Coco Basile. Blindado por ese amor e idolatría que le dispensan en el lugar que el mismo DT denominó como su propia casa, anoche vivió un momento de tensión. Un momento que seguro nunca imaginó. Al salir de la conferencia de prensa, en el playón, intentó calmar los ánimos de los hinchas que insultaban al plantel que subía al ómnibus al grito de "Esto es Racing".

Como un bumeran recibió el desplante y fue el entrenador quien redobló la apuesta. Devolvió, de manera desaconsejable, las palabras que le produjeron semejante desaire a un hombre de la casa y con espaldas anchas como para soportar tempestades.






Hasta allí, los dardos venenosos que salían de gargantas furiosas tenían como únicos destinatarios a los jugadores. Por caso, un plantel que quedó en el ojo de la tormenta y con poco margen de error.

Con el cotejo ya consumado y la daga de cabeza de Rodrigo López aún en el pecho herido, la bronca, sobre todo, apuntaba a Patricio Toranzo y a Teo Gutiérrez. El volante se señalaba los genitales como intentando mostrar su valentía y el colombiano se reía socarronamente.

Parece que no le alcanzó a Teo con la zonza expulsión que dejó a su equipo en igualdad numérica -ya había sido expulsado Bustamante, de Banfield-, pero muy lejos de quebrar el cerco al que lo indujo el Taladro. Cuesta entender al goleador al ver, una y otra vez, esa actitud. Sólo él sabe, quizá, qué intentó hacer.

Al colombiano ni el tanto que cosechó desde el punto penal lo dejó a salvo. Expulsado por tercera vez en el fútbol argentino (Néstor Pitana ya le había sacado la roja en el Apertura pasado ante Boca, en la Bombonera), acaso el delantero derrumbó por completo esa muralla afectiva que en un puñado de fechas lo subió al pedestal de ídolo. Ese cariño que ostentaba y del que se aprovechó, una y otra vez, para hacer de las suyas.

Ayer, tal vez, Teo, desganado y lejos del área a la hora de jugar, se topó con su primer gran cuestionamiento. No fueron sólo las voces aisladas de otras veces las que ayer reprobaron su actitud. También es cierto que no fue todo el estadio.

Pero el murmullo de otros partidos evidenció, por primera vez, el desencanto general. De la popular y de la platea. La desilusión marcó un quiebre que Teo podrá sobrellevar sólo a fuerza de goles, el arma con la que allá lejos encandiló a todos.

Reprobable una y otra actitud. La de los jugadores y la de los hinchas, claro. Puede tomarse como aceptable que el equipo salga de la cancha abucheado. La irritación ante una derrota lo contempla, pero los permisivos márgenes que sobrevuelan el fútbol de todos los días se volvieron a correr, por obra de la vieja intolerancia.








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